PODCAST | Redes de cuidados: donde el Estado no llega, las mujeres sostienen

Las redes de cuidados en Centroamérica se sostienen en ausencia del Estado. En Ocotepeque, Honduras, Reina sostiene una guardería que se ha vuelto el segundo hogar de muchos niños y niñas. Del otro lado de la frontera con Guatemala, en San José La Arada, Chiquimula, Maritza, Luisiria y Reina levantaron un comedor comunitario que también se transformó en un espacio para cuidar y acompañar a las viudas del pueblo. Son historias que muestran cómo, en lugares donde el Estado no llega, el trabajo de cuidados recae en mujeres y que, aunque invisible muchas veces, es indispensable para la vida comunitaria.

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Explora aquí el especial completo «El trabajo invisible»


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Lee la transcripción del episodio aquí:

Narración:  Escuchas el sonido de la guardería  «MEHKOO», en Ocotepeque, Honduras. Un  martes a las cinco de la tarde. La mayoría de niñas y niños, que tienen entre cinco a ocho años juegan y corren tras una pelota. A veces se les escapa un grito o una carcajada que termina contagiando a los demás. 

En otro rincón, las niñas más grandes estudian matemáticas y geografía. Por las tardes, esta guardería también se convierte en un espacio de tutorías y cuidado para niños hasta los 11 años y niñas hasta los 13. 

Ya casi es hora de que regresen a sus casas. Alguien toca la puerta de metal. Una trabajadora abre con una sonrisa y anuncia que ya llegaron por dos  niñas, que corren al encuentro de su papá. Se despiden y salen por la puerta.

En medio de todo ese movimiento, una mujer observa la escena recostada en un sillón. Está embarazada y debe guardar reposo, pero aun así sostiene en brazos a un bebé al que le da un biberón. Al mismo tiempo ayuda a tres niñas a resolver sus tareas. Su jornada aún no termina. 

Reina Hernández: Mi nombre es Reina Hernández, tengo 31 años, soy maestra de educación primaria y educación bilingüe y vivo acá en Ocotepeque, Honduras.

Narración: La guardería en la que Reina trabaja comienza su horario de atención a primera hora, pero la jornada inicia mucho antes para ella. 

Reina Hernández: Mi día largo. Comenzamos allá por las 4:30 de la mañana, pues a esa hora me levanto a preparar desayuno, almuerzo para llevar. A la guardería me voy para las 6 de la mañana. Entonces, tengo que llegar, hacer desayuno para los niños de la guardería, luego prepararlos. Cuando ellos llegan a las 7 nos quedamos con los niños más chiquititos Luego, bueno, estoy en la guardería de las 6 de la mañana hasta las 7 de la noche prácticamente. 

Narración: El centro se convierte en un segundo hogar para muchos niños y niñas. Aquí pasan más horas que en sus propias casas, mientras sus madres y padres trabajan.

La guardería «MEHKOO» tiene un costo para las familias. Varía según los servicios que requieran, por ejemplo: traslado de la casa a la guardería, tutorías después de clases, terapia del habla, entre otros

Un servicio básico de cuidados para niños de 0 a 3 años —solo cuidado y alimentación— va desde los 4,500 lempiras al mes. Unos 170 dólares. 

No es un servicio público porque en Honduras, igual que en la mayoría de países de Centroamérica, no existe aún una red nacional de guarderías. 

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Aun así, en los últimos años ha habido algunos avances, muy concretos. En 2024, el gobierno hondureño inauguró el Centro de Cuidado Infantil «Graciela Amaya» para hijos de funcionarias y funcionarios de la Secretaría de Finanzas, con capacidad para 30 niños. Ese mismo año abrió el Centro de Cuidado Infantil Policial «Iris Xiomara Castro Sarmiento», dirigido a hijos de personal de seguridad. 

En Tegucigalpa, la capital, la alcaldía gestiona 17 Centros de Cuidado Infantil municipales, que están distribuidos en mercados como La Isla o Zonal Belén, y en colonias como Villa Nueva o Nueva Jerusalén. Atienden gratuitamente a niños de tres a cinco años y en cada centro reciben a unos 60 niños a diario. Fuera de la capital la oferta estatal es limitada.  La UNESCO asegura que en Honduras la atención de 0 a 5 años suele recaer en iniciativas privadas o comunitarias. 

Al otro lado de la frontera, en Guatemala, la situación no es mucho mejor. La Secretaría de Bienestar Social regula los Centros de Cuidado Infantil Diario, pero la cobertura es escasa y depende más de la iniciativa privada o comunitaria. En enero de 2025 se presentó en el Congreso una iniciativa de ley para crear una red nacional de guarderías, aunque la propuesta aún está en discusión. 

El Salvador cuenta con una ley que creó un sistema nacional de cuidados. Esa ley obliga al Estado y a las municipalidades a instalar y mantener gratuitamente centros de atención a la primera infancia. Sin embargo, hasta el 13 de marzo de 2025, ninguna de las 32 alcaldías autorizadas había instalado alguno de esos centros. Esto evidencia que, aunque la ley existe, aún no se ha concretado en una red que funcione.

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Narración: Reina lleva encargándose de cuidar y enseñar a niños desde hace  años. Cuando empezó a trabajar, con 18 años, daba clases en un colegio privado. Además también la contrataban para tutorías puntuales, por dos o tres horas, aunque ese tiempo solía duplicarse. 

Reina Hernández: Luego me decían: «No, no importa el costo adicional». Para los papás es un poco difícil salir del trabajo, llevar a sus niños a las actividades extracurriculares, luego devolverlos a la casa y volver a salir del trabajo… Algunos  no tenían realmente con quién dejarlos en la casa. Entonces es ahí donde viene la necesidad de un lugar permanente donde se les pueda cuidar y brindar también las actividades extracurriculares al mismo tiempo.

Narración: Reina habla de “papás”, aunque la realidad es que suelen ser las mujeres, las mamás, las que tienen que hacer malabares entre su jornada de trabajo y el cuidado de sus hijos. Y esto es algo que pasa a nivel global.

Reina Hernández: Mire, yo recibo a los bebés a partir de los 2 meses de edad. He hecho excepciones en algunos casos que las mamás deben regresar al trabajo antes de los 2 meses. El bebito más pequeño que está en este momento tiene 10 meses.Por lo pronto su mamá lo recoge a las 12 del mediodía y me lo regresa a la 1:15  porque ella toma su hora de lactancia en ese tiempo.

Narración: Cuando una madre no puede dedicarse totalmente a cuidar de sus hijos porque tiene un empleo o debe asumir otras obligaciones, se encuentra con dos alternativas: pagar a una persona o a una guardería como en la que trabaja Reina, que como vimos, tiene un costo; o la opción más asequible: apoyarse en una vecina, una abuela, una tía…

Reina Hernández: Lo que yo he podido observar y aprender durante el tiempo es que la mayor parte de las personas que necesitan apoyo con sus hijos son las madres solteras.  A veces cuando son matrimonios,  las abuelitas, las tías, quien sea, les cuida a sus hijos.

Narración: Este trabajo, gratuito, suele menospreciarse. De hecho, no se suele considerar como un trabajo.  

En 2010, el Banco Interamericano de Desarrollo hizo un cálculo de cuánto costaban, en promedio, los programas de cuidado infantil. A nivel latinoamericano estimó que el valor era de unos 1,240 dólares por niño.

Pero, cuando las abuelas, las tías o las vecinas cuidan, lo hacen sin recibir un pago aunque implique tiempo, energía y responsabilidad. 

Este es uno de los problemas del  cuidado infantil: si se paga, parece caro; si no se paga, se vuelve invisible

Reina lo sabe bien: ni el pago que recibe por cuidar en la guardería, ni el salario que ella le paga a otras cuidadoras, puede compensar lo que significa criar y educar una persona.

Reina Hernandez: Mire, realmente yo creo que no hay un pago que sea alto para cuidar y formar a una persona. Porque realmente se están formando todos esos niños, algunos desde su edad muy muy temprana.

Entonces, creo que ni el pago que los padres de familia le puedan dar a la guardería, compensaría ni tampoco el pago que yo le pueda dar a mis colaboradoras, compensaría todo el trabajo que ella realiza.

Narración: Reina se queda casi sola en la guardería. Son las seis y media de la tarde. Aún no puede irse porque no han recogido a dos niñas pequeñas, una de ellas casi al borde del llanto porque quiere ir a casa. Trata de tranquilizarla. Le dice que no pasa nada, que ya llegará su papá. 

Hace más de doce horas que Reina está en el centro.

Reina Hernandez: Mi esposo es consciente que mi vida es 70% para la guardería y un 30% para el resto de mi familia. Ahorita nosotros vamos a tener a nuestro primer bebé, voy a tener la ventaja que voy a poder criar a mi bebé en el trabajo.

Narración: En la guardería de Reina pasa algo interesante: las propias familias han creado una comunidad para ayudar en los cuidados de los niños y niñas. 

Reina Hernandez: En el tema de la salud, hemos tenido clientes que son hijos de las enfermeras del centro de salud, por ejemplo, o bien son hijos de algunos médicos de la ciudad. Entonces, de esa manera hemos ido contactando con padres de familia y se ha ido formando una red, al final, una red de profesionales alrededor que nos apoya por medio de los mismos niños.

Narración: Ante la ausencia del Estado, las familias han inventado soluciones para apoyarse. Las madres que son enfermeras dan servicios gratuitos. Otras son nutricionistas y han hecho dietas especiales a algunos niños. Hay padres que han involucrado a sus colegas para prestar servicios de atención psicológica accesibles. Es una red frágil, porque depende de la permanencia de sus miembros para seguir con esos servicios, pero que también es vital para la comunidad. 

Y no es el único ejemplo de una iniciativa así.

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Narración: A poco más de 40 kilómetros de Ocotepeque, del otro lado de la frontera entre Honduras y Guatemala, se encuentra San José La Arada. Este municipio  del departamento de Chiquimula tiene un clima árido, como buena parte del oriente de Guatemala. Es un pueblo pequeño, con alrededor de 9 mil habitantes. Al lado del riachuelo que atraviesa el municipio, en una calle adoquinada, hay una casa blanca de tres niveles, con un portón metálico del mismo color. 

Allí, un grupo de mujeres levantaron un comedor comunitario infantil para intentar reducir la desnutrición.

Narración: La hora del almuerzo ya pasó. El comedor está en silencio. Las mesas y sillas apiladas en un rincón, para que por la mañana, a la hora del desayuno puedan volver a colocarlas en su lugar.

Tres mujeres están en el lugar: Maritza Villeda Villeda, Luisiria Chigua y Reina Moscoso. Son amigas desde la infancia, vecinas de toda la vida en San José La Arada. Martiza tiene 69 años, el cabello canoso y corto, viste un vestido sin mangas negro. Luisiria, con 70 años, tiene el cabello claro, lo lleva a la altura de los hombros y lleva una blusa verde de una tela fresca. Y Reina tiene 65. También viste una blusa, blanca sin mangas, que hace resaltar su cruz de madera a la mitad de su pecho. 

Las tres han visto crecer el municipio, y también han sido testigo de las necesidades de las familias.

Las tres identificaron que había un problema grave entre la población de San José La Arada: la desnutrición. 

El municipio se encuentra en una de las zonas más castigadas de Guatemala: el Corredor Seco, una extensa franja de territorio que también atraviesa Nicaragua, Honduras, El Salvador y Costa Rica.

Según datos del Ministerio de Salud de Guatemala, en 2025, para la última semana de agosto, se habían registrado más de 17 mil casos de desnutrición aguda en menores de cinco años. Hubo 32 muertes confirmadas sólo en este año. Dos de esas muertes se registraron en el departamento de Chiquimula. 

Un estudio hecho por ONU mujeres y We effect sobre los cuidados en la región Trifinio, que es la zona fronteriza entre Honduras, Guatemala y El Salvador,  muestra cómo la pobreza dificulta aún más el trabajo de cuidados. Las mujeres, quienes se suelen encargar de atender a los niños, deben salir a buscar ingresos y ante la ausencia del Estado, niños y niñas pasan tiempo solos o cuidados de manera precaria. Son las redes de apoyo las que terminan atendiendo estos cuidados. 

Por eso, en 2009, Maritza, Luisiria y Reina decidieron abrir un comedor. Un espacio para que niños y niñas, de cinco a trece años, de escasos recursos tuvieran alimento diario. Maritza Villeda explica cómo se organizaron.

Maritza Villeda: Nos reunimos un grupo de mujeres y con los sacerdotes que tenemos en Chiquimula, miramos la necesidad y hay muchas familias de escasos recursos que sabemos que se iban a la escuela sin comer. Entonces nos juntamos así y empezamos a platicar y Fray Juan Pablo Lobos y Fray Fernando Rodríguez estaban aquí y nos apoyaron y pensamos en abrir una casita donde ellos tuvieran algo, a donde pudieran llegar y alimentarse. Nos prestaron una casa hace 15 años, empezamos con una casa prestada y ahí estuvimos 6 años. 

Narración: No tenían recursos. Pero entre la solidaridad y la confianza de sus vecinos lograron comenzar con el proyecto.

Luisiria Chigua: Como no teníamos dinero para empezar, nos daban fiado en una carnicería. También la construcción, la ferretería nos daba fiado, llegábamos a deberle hasta 50 mil quetzales y el dueño nos confiaba mucho, me decía. «No, tengas pena, terminen eso». Yo le doy fiado hasta que terminen y así tuvimos valor, fe y valor porque eso se necesita y gracias a Dios aquí está la obra terminada.

Narración: El comedor nació así: con deudas y mucho trabajo colectivo. Una red que buscaba alimentar a los niños y que sabía que eso era más urgente que cualquier cuenta pendiente.

Maritza Villeda: Tenemos muchas mamás cuyos niños ya crecieron y empezaron aquí. Algunos ya se casaron porque empezaron a venir  de 7 a 8 años. Y es bonito recordar, ellas siempre nos encuentran y nos agradecen: «Gracias a ustedes, porque mis hijos ahí pudieron recibir  una alimentación más adecuada». Un trato también digno de las criaturas, porque hay mucho niño que que está en estado de desnutrición, que aquí lo hemos recibido y gracias a Dios pues van saliendo de su estado crítico.

Narración: Quince años después, han perfeccionado una rutina: 

Luisiria Chigua: Tenemos una cocinera y tenemos a una persona de limpieza. Ella viene a las 6 de la mañana y prepara el atole, la leche, los cereales que los niños se alimentan en el desayuno. Pasan los niños a desayunar. Porque viven muy lejos de aquí. Entonces, ellos pasan a desayunar, se van a la escuela.

La cocinera se queda con la de limpieza, preparando el almuerzo y luego, salen de las clases los niños, regresan, comen y están aquí todos juntos, vienen 30 niños, a veces 35, a veces 25, los días de escuela más que todo, son los días que más se atienden porque viven demasiado lejos para venir cuando no hay clases.

Narración: En otros puntos de Chiquimula se han abierto comedores sociales, como el que el Estado inauguró este año en Olopa, y la cooperación internacional ha impulsado proyectos que han apoyado a  familias del Corredor Seco. Pero, estos esfuerzos han sido limitados y desiguales, llegan a otros municipios, pero no a San José La Arada. 

Reina, Maritza y Luisiria crearon, entre ellas, una red de apoyo que ha dado frutos, como el comedor, que se sostiene con mucho esfuerzo. Su iniciativa, además de  fortalecer las redes locales que intentan cubrir un vacío y un problema tan grande como la desnutrición, también ha tejido vínculos de afecto que les permiten acompañarse.

Luisiria Chigua: yo me  uno al dolor de ellas  cuando tienen una situación así y a la alegría también porque yo ya estoy sola con mi esposo, mis hijos están casados, ya tengo cinco nietos y disfrutamos las tres de las alegrías y de las tristezas, todo lo compartimos. Pero ha sido algo tan bonito que no tenemos cómo describir a lo largo de los años todo lo que hemos ido viviendo. 

Narración: Sus vivencias también las hicieron entender que había otras mujeres en el pueblo que también necesitaban un espacio para acompañarse y compartir. Así nació el grupo de apoyo de mujeres viudas.

Maritza Villeda: Ampliamos el proyecto que parte de la parroquia y atendemos a 20 personas que son viudas

Luisiria Chigua: Entonces es algo interesante, porque a veces hace falta esos círculos así, porque no hay a veces para ellas una oportunidad  para poderse distraer o poder compartir algo que a ellas les aqueja. Es bien interesante el grupo y también el centro como de apoyo social, se está abriendo, hay apertura  a otros grupos, no solo a niños, sino que también a personas adultas.

Narración: En un contexto donde los Estados no crean espacios para que las personas mayores se recreen o reciban acompañamiento, estas mujeres inventaron el suyo. El comedor, que empezó para alimentar a niños y niñas, se transformó en un lugar abierto donde también las viudas encuentran compañía y escucha. 

Luisiria Chigua: siempre pienso en que va a haber una persona que tiene esos mismos ideales que nosotros, que van a estar pendientes de los niños, de los adultos. Porque sea la época que sea, siempre van a haber personas preocupadas por los demás.

Narración: Este episodio es apenas una ventana a un tema mucho más grande. Te invitamos a explorar el resto de este especial, donde compartimos otras historias de trabajos invisibles, y donde se hacen visibles, también, las ausencias de los Estados.

El guión y las entrevistas de este episodio los hice yo, María Olga Domínguez Ogaldes. La edición es de Lourdes Alvarez Najera y Carmen Quintela. Isaac Hernández realizó el montaje y la producción sonora y musical. Explora el especial completo en www.agenciaocote.com.

María Olga Domínguez Ogaldes

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