Hace diez años predominaba la narrativa de que Internet «abría» la esfera pública y fortalecía la democracia. Este optimismo se materializó en movimientos sociales que nacían en el espacio digital …
En resumen:
-
Las redes sociales nunca fueron plazas públicas: son plataformas corporativas que concentran poder.
-
El reto no es abandonar las redes, sino hackearlas y usarlas contra sí mismas, explica Gabriel Wer.
-
La organización social sigue viva en calles, plazas y comunidades, donde florece la verdadera política común.
Hace diez años predominaba la narrativa de que Internet «abría» la esfera pública y fortalecía la democracia. Este optimismo se materializó en movimientos sociales que nacían en el espacio digital y encontraban su cauce en las calles, desbordándolas de quienes se sentían convocados por un evento en Facebook, grupos de chats y miles de tuits.
Consistían, principalmente, en gente joven que estuvo en la primera línea de movimientos emblemáticos como las «primaveras árabes» y el 15M en España. Esto levantó una ola de optimismo en el mundo, donde los hashtags lograban aglutinar y condensar consignas sentidas por millones, dando cuenta del potencial emancipador de las redes sociales.
En Guatemala vivimos una variante de ello con #RenunciaYa en el 2015. Un par de eventos que convocamos un pequeño grupo a través de Facebook desembocaron en movilizaciones masivas en la ciudad de Guatemala y otros territorios en el país, recibiendo atención y cobertura internacional.
Las victorias tempranas vinculadas a este movimiento emergente se enfrentaron con el miedo palpable de la posguerra y con el lastre de una derechización histórica y feroz, encabezada por ciertas élites empresariales y militares.
El movimiento se desintegró en términos de su volumen masivo por la contraofensiva financiada por estas élites guatemaltecas que se creían impunes.
Aun así, pudo sostenerse a través de diversas veredas que, con los años, han encontrado múltiples líneas de sentido, organización y práctica política que permanecen activas.
Las redes nunca fueron plazas públicas
Sin embargo, una de las grandes lecciones de esa experiencia es que la organización social no puede mantenerse con vida si se confina a las plataformas digitales.
No solo por lo que implica organizarse en términos de confianza, complicidad política y sentido de comunidad. , tTambién porque estas plataformas no son los espacios comunes ni públicos que nos hicieron creer.
El caso Snowden en 2013 –una de las alertas tempranas más claras– colocó en la conversación pública la manera en que las redes sociales permiten y facilitan la vigilancia masiva.
Activistas y académicas como danah boyd —ella escribe su nombre en minúscula— y Ethan Zuckerman advertían en esos años del problema de la concentración de poder corporativo en pocas plataformas digitales y del peligro de los sesgos algorítmicos.
También surgieron las grandes campañas de odio y el acoso digital que los dueños de las plataformas juraron combatir y mitigar como máxima prioridad.
Esta promesa quedó en el olvido con la deriva autoritaria global y su necesidad de controlar las redes sociales para consolidarse. Se desmoronó la fachada de las plataformas digitales como espacio público relativamente seguro y democrático.
Del aparente entorno fértil para el empoderamiento ciudadano y nuevas formas de acción colectiva, las plataformas digitales han pasado a mostrar su verdadera naturaleza de mercado de la atención y herramienta de manipulación masiva.
Redes sociales y manipulación. Trump, Musk y la audacia digital del poder
Este hecho llegó a un nuevo grado de descaro con la cena que sostuvieron a principios de septiembre los dirigentes de las grandes corporaciones de tecnología con Donald Trump y su esposa en la Casa Blanca.
Uno a uno tomó la palabra para ensalzar al presidente-troll que hizo de la desinformación, el odio y el acoso digital la nueva normalidad del discurso político y social.
Esto condujo a que el disenso político en Estados Unidos (y en gran parte del mundo) se desplace de un encuadre de disputa entre adversarios, como indica el politólogo Elvin Calcaño, a una lucha de vida o muerte entre enemigos existenciales.
Mi análisis sobre la muerte de Charlie Kirk en Estados Unidos:
— Elvin Calcaño (@elvin_calcano24) September 11, 2025
Estados Unidos se encuentra en una fase de guerra civil de baja intensidad. En 2022 escribí un artículo para la revista Jacobin donde exponía, a partir de la noción amigo y enemigo de Carl Schmitt, que en EE.UU. se… pic.twitter.com/vZVK9oXxP3
Así, vemos con absoluta claridad cómo los intereses económicos y políticos se fusionan para inducir una batalla cultural que les asegure poder a base de millones de usuarios de redes sociales que, por años, hemos cedido nuestra información y privacidad a estas corporaciones.
Esto no sorprende tras la entrada de Elon Musk a la política partidista con la compra de Twitter a finales del 2022. Musk, quien renombró la plataforma a X, la utilizó con desfachatez para promover mensajes, narrativas y acciones que favorecieron la campaña electoral de Trump en 2024, incluyendo la publicación de desinformación, apoyo político explícito y, posiblemente, el ajuste del algoritmo para aumentar la visibilidad de sus mensajes y de otros personajes y candidatos afines.
Según Datareportal, más del 63% de la población mundial utilizamos redes sociales de manera regular. Este porcentaje ha mantenido su tendencia al alza sin dar muestras de que la población esté abandonando las redes.
Sin embargo, sí ha habido cambios en los patrones de uso, principalmente una menor participación en interacciones con otros usuarios y un criterio más selectivo al decidir qué plataformas utilizar.
Recuperar la comunidad
El reto no está, por tanto, en pretender que las personas abandonen las redes sociales.
El desafío está en hackear estas redes corporativas y usarlas contra sí mismas, por ejemplo, aprovechando sus algoritmos, su hambre de interacción y su lógica de consumo para insertar narrativas políticas y de justicia, simulando información personal y patrones de uso.
Se trata de subvertir el espacio corporativo, exponer sus contradicciones, revelar sus cadenas ocultas y seguir denunciando su modelo extractivo. Y, sobre todo, se trata de construir espacios alternativos que sí respondan a los principios democráticos y comunitarios en lugar de la acumulación y concentración de capital.
No es tarea sencilla, pero sí necesaria. En la historia podemos encontrar numerosos ejemplos de cómo personas, grupos y comunidades han vivido y desafiado al sistema mucho antes de la existencia de las redes sociales: alterándolo, resistiendo, resguardando la vida y defendiendo los rincones donde puede existir la verdadera libertad, aquella que se aleja del credo del individualismo extremo.
Estoy convencido de que este es el camino a seguir en esta nueva realidad que enfrentan los movimientos sociales y la democracia. Sin olvidar que, pese a todo, siempre nos quedan las calles, plazas, parques, bosques, barrios y otros espacios donde la organización social, la comunidad y la imaginación política brotan con fuerza y entusiasmo por el bien común.
Este texto forma parte de Democracia Viva, una celebración colectiva que, desde hace nueve años, impulsa Asuntos del Sur durante la semana de la democracia para promover una visión situada, viva y transformadora. En su edición 2025, bajo el lema “Movilizarnos frente a los algoritmos autoritarios”, la propuesta busca poner foco en los desafíos que enfrentan nuestras sociedades: tecnologías que refuerzan la fragmentación, plataformas que modelan nuestras decisiones y narrativas autoritarias que buscan desalentar la acción colectiva.
Kit de cuidados democráticos
Te invitamos a conocer el Kit de cuidados democráticos contra el algoritmo autoritario. El Kit Código Común está compuesto por 5 mazos de cartas que funcionan como una ruta de trabajo colectivo frente a los algoritmos autoritarios. Cada mazo cumple un rol específico, pero juntos conforman un ciclo completo que va desde reconocer el problema hasta transformar la realidad.
Este kit surge de la convicción de que la resistencia al autoritarismo algorítmico no es solo una tarea técnica, sino profundamente política y comunitaria. Está diseñado tanto para el trabajo individual —ayudando a desarrollar una mirada crítica sobre la relación con la tecnología— como para procesos colectivos que fortalezcan el tejido social y la capacidad de incidencia ciudadana.
En conjunto, los 5 mazos constituyen una metodología lúdica y práctica que permite a cualquier grupo diagnosticar, cuidarse, aliarse, comunicar e incidir en contextos donde los algoritmos ejercen poder.





