Sentada en el sillón de su casa, la periodista Julie López muestra una carpeta repleta de hojas organizadas, que marcan una secuencia. Tiene decenas de documentos que sustentan la línea …
Sentada en el sillón de su casa, la periodista Julie López muestra una carpeta repleta de hojas organizadas, que marcan una secuencia. Tiene decenas de documentos que sustentan la línea de tiempo que construyó sobre el caso que cuenta en su último libro, Negocios blancos en la cuerda floja.
La obra, que presentará al día siguiente —el jueves 28 de agosto— en la librería Sophos de Guatemala, es el trabajo de más de una década de su vida. Como periodista guatemalteca, es experta en cubrir temas de narcotráfico y como escritora le anteceden los libros, El Chapo Guzmán: la escala en Guatemala y Gerardi: muerte en el vecindario de Dios.

Más allá de las típicas escenas violentas con las que series y películas cuentan el narcotráfico, Negocios blancos en la cuerda floja relata cómo un colombiano, un dominicano y un guatemalteco se conocieron en una cárcel de Nueva York. Luego de recuperar su libertad y ser deportados, coinciden nuevamente para enviar cocaína hasta la Gran Manzana.
Al trío se une un personaje más, Jorge Mario Paredes, quien hoy aún guarda prisión en Estados Unidos señalado por delitos que no aceptó en las cortes.
Entre las páginas del libro, las escenas exponen cómo la cocaína llegó a Estados Unidos, la forma en que movieron el dinero, las estrategias de los personajes para ocultarse secretos unos a otros, las condiciones de las cárceles en las que estuvieron recluidos y la forma en que la corrupción y la impunidad caminaron de la mano del narcotráfico.

Pasar de una página a otra es satisfacer la curiosidad y la emoción por saber el desenlace, ver el narcotráfico de una manera crítica y obtener la información necesaria para formar una opinión propia.
Debajo de la carpeta que guarda celosamente la información que la periodista recolectó durante su investigación, está una caja de madera que protege una medalla y los documentos de acreditación del premio Félix Varela, que ganó en 2009 por el reportaje «El imperio narco», publicado para El Diario NY, un medio estadounidense con más de 100 años de historia.
La serie de publicaciones permitió la gestación del libro que hoy López tiene entre sus manos y sobre el cual platicó con Agencia Ocote.
La historia que cuentas la seguiste durante 15 años. Pasó de un reportaje a un libro. ¿Qué te hizo sostenerla durante tantos años hasta convertirla en libro?
Me pareció una súper historia, de esas que te hacen recordar que la realidad tiene más imaginación que la ficción.
Me llamaba la atención que Jorge Mario (Paredes) se estaba declarando no culpable, que iba a ir a juicio, cuando la norma en la mayoría de los casos es que se declaran culpables, colaboran y echan al agua a medio mundo. Les rebajan la sentencia por la mitad o casi tres cuartas partes y van para fuera. Pero él no.
Me intrigaba. Pensaba: ¿será que no quiere dañar a su familia o no los quiere exponer? Se sale un poquito del guión de los otros.
La otra parte que me interesó del caso es que la mayoría se conoce en Latinoamérica o en cualquier país de Latinoamérica y de ahí disponen traficar, pero también se salía del guión. Los tipos se conocen en una cárcel en Estados Unidos, después de que salen, los deportan y deciden traficar para Nueva York.
Pensé: bueno, si a mí me intrigó lo suficiente para escribirlo aun después de 15 años, pues a lo mejor a la gente le interesa leer el libro para saber por qué no se declaró culpable.

Desde las primeras páginas hasta las últimas hay escenas de un narcotráfico marcado por la impunidad y la corrupción. Después de tantos años investigando y contando sobre el narcotráfico, ¿cómo explicas esta ecuación entre impunidad, corrupción y narcotráfico?
Un exagente de la DEA que entrevisté decía que era imposible que hubiera narcotráfico sin corrupción. Van de la mano. Si hay corrupción a un alto nivel, habrá impunidad, porque la gente nunca va a pagar por lo que hizo.
Está en el libro. Un agente de la DEA dijo que las rutas las determinaban los lugares donde podían sobornar autoridades para que pasara por ahí el cargamento. Esto incluía también lugares en Estados Unidos, no solo en Latinoamérica.
No puedes separar una cosa de la otra. Tanta droga no entra a Estados Unidos solita y lo mismo puedo decir de México, de Guatemala, Honduras.
Un ejemplo, los tipos que los extraditan, ha estado a la vista todo lo que han hecho en Guatemala. Leyendo los expedientes en Estados Unidos se entera uno más sobre lo que han hecho aquí en Guatemala o en cualquier país, que lo que te van a decir las autoridades. Son criminales que se quedan impunes, regresan al país, regresan a su vida normal y no pasa nada.
Hay innumerables casos. Por ejemplo, Byron Berganza, que dos veces lo agarran. El otro, el caso del concejal de la municipalidad de Zacapa, esposo de la actual alcaldesa, regresa y tiene su oficina en la municipalidad. Aquí no pasa nada. La fiscalía, el MP, no está interesado. Hay una gran deuda de casos por investigar de gente que ha regresado y no han pagado por lo que hicieron aquí.

El libro expone un tema importante: la extradición. La plantea con sus luces y sus sombras. Al terminar de escribir el libro, ¿qué virtudes y vicios te quedan claros sobre la extradición?
En el libro se muestra que cuando las autoridades no tienen ninguna prisa por capturar a alguien, Estados Unidos recurre a lo que llaman una expulsión. Un curioso término porque no los expulsan a su país de origen, sino los expulsan a las manos de la DEA.
Es lo que ha pasado con varios guatemaltecos que han detenido en Belice o en Honduras.
Creo que han recurrido a eso precisamente cuando no hay voluntad para capturarlos y por lo retardado de un proceso de extradición. Si cumplieran con la ley y el proceso de extradición fuera más rápido, de pronto no tendrían necesidad de recurrir a las expulsiones.
Creo que al Chicharra (Aler Baldomero Samayoa Recinos) lo extraditaron en tiempo récord. Es prueba que cuando hay voluntad, lo hacen rápido.
El país está cumpliendo con un requerimiento de Estados Unidos, pero no puedo dejar de pensar: ¿por qué aquí el sistema no es capaz de capturar y procesar un narcotraficante de alto perfil? No está para eso, no da la talla.
Esperan que Estados Unidos les haga la tarea, que lo procesen y condenen porque aquí el sistema no es capaz.

Otro tema de relevancia en el libro, y que es parte de la historia principal, es la diferencia entre quienes son acusados por narcotráfico en Estados Unidos, pero dicen colaborar y ser soplones, frente a quienes van a juicio y no negocian con la fiscalía. ¿Qué papel crees que juega el sistema judicial estadounidense?
Yo creo que ellos tienen sus capturados trofeos. Cualquiera que les dé información que pueda convertirse en evidencia y en prueba para condenarlos, lo van a tomar y le van a dar las ventajas del caso. Una rebaja con tal de conseguir la información que necesitan para condenar a una persona.
Por ejemplo, uno de los testigos que declaró, un colombiano que tenía cualquier cantidad de propiedades valoradas en millones y millones de dólares, estaba entre los narcotraficantes más buscados por Estados Unidos. Declara y sale.
Otro ejemplo es Otto Herrera, lo menciono en el libro. Otto Herrera era una de las bisagras entre el cártel de Cali y el cártel de Sinaloa. En el primer juicio contra dos de los hermanos Lorenzana, él dice que le respondía a «El Mayo» Zambada.
Trabajaba para él, se encargaba de la logística, del traslado de cocaína desde Colombia para Estados Unidos, compra de aviones, transporte marítimo y por tierra. No era un gato.
Cuando lo agarran le dan 10 años, pero a los 6 ya iba para fuera. Los principales testigos del caso en contra de los Lorenzana eran Otto Herrera y Marjorie Chacón.
Es un poco difícil poner el dedo en la llaga de cómo deciden qué es más importante y por qué.

¿Cuál fue el mayor reto al cubrir un caso que involucra no sólo narcotráfico y traiciones, sino también una compleja red judicial en EE.UU.?
Iba en blanco, jamás me había metido a buscar. En las cortes por lo general tienen accesible por internet, por una módica suma, los archivos sobre los que están procesados allá. Yo decidí: voy aprendiendo sobre el camino.
Fui a la corte varias veces a ver el expediente en físico. Te lo llevan en una carretilla porque son tantos folders, cartapacios y carpetas. No siempre los archivan de manera cronológica. Te vas a encontrar con un hecho que pasó tres años antes, pero lo tenían en reserva y entonces aparece como tres o cuatro años después de que pasó.
Revisé todo el expediente de adelante para atrás, ordené los documentos, fotocopié lo que pude, otros los descargué. Hay documentos que están en el expediente físico que no te aparecen por vía electrónica y al revés.
Lo primero que hice fue una línea de tiempo, la armé con los documentos del expediente, pero también con lo que iba saliendo publicado en prensa. Fue un poquito obsesivo.

¿Tuviste algún temor o presión mientras trabajabas en este libro? En particular por tocar temas como el narcotráfico y actores poderosos.
Pues afortunadamente no. Solo hubo un par de episodios cuando cubrí el caso. En una de las audiencias los familiares no me estaban viendo muy amigablemente. Si yo hubiera sido ellas quizá también habría estado enojada.
No me quedé mucho tiempo para averiguar qué podía pasar. Nos veíamos en el juicio y salía disparada. Hacía ridiculeces como volaba dos pisos por las gradas y me iba al otro lado del edificio para tomar otro elevador y así no encontrarlos.
Pero no hubo nada en lo que me sintiera en peligro y espero que siga así.
Me llama la atención que en el libro hay escenas sobre cómo el narcotráfico se desplaza libremente en Guatemala, pero también en Estados Unidos. ¿Qué lectura le podemos dar a esto?
Creo que todo es por proporciones. En 2003 incautaron el 3% de lo que la DEA calculaba que pasaba por el país de Guatemala, de cocaína. En la frontera sur de Estados Unidos se incautaron un 12%. Pero miremos el tamaño de la frontera.
Una parte de eso es corrupción, pero otra parte simplemente es imposible de tener un monitoreo del 100%.
También me sorprendió la frescura con la que se movían en la ciudad a pesar de que eran condiciones extraordinarias porque acaba de pasar lo del 9/11 y había un chorro de policías en las estaciones, en los puentes. Y movían las cosas así muy fresh.
Tal vez el mensaje es que tanto allá como acá no necesitan unas grandes o complejas maneras de traficar, sino que es más sencillo de lo que uno se imagina. Por ejemplo, en tiempos de la pandemia, tengo entendido que en ciertas secciones del país movían la cosa en ambulancias. ¿Quién va a sospechar?
En Estados Unidos guardaban dinero o dejaban el dinero en carros viejos parqueados en la calle. Es el ingenio puesto al servicio del narcotráfico y funciona igual en todas partes. Siempre hay maneras.

En el libro expones a personas señaladas del narcotráfico como un Yin Yang, oscuridad y luz. Cuentas momentos de narcotraficantes que cometen delitos, pero también que lloran y tienen miedo. ¿Por qué era importante humanizarlos?
No quería incurrir en apología del delito, pero creo que es importante mostrar las diferentes facetas de una persona en la medida que uno tenga acceso a eso. Obvio, a mí me daba miedo ir a hablar con él o escribirle. Otra periodista me dijo: «¿Cómo no vas a ir a hablar con él?».
No puedo contar la historia solo vista desde la fiscalía, o desde su abogada defensora, o vista desde la prensa. Es importante sacar su propia voz, pero también incluir otras facetas. Cualquier persona es mucho más que la impresión que otras personas tienen. Me di cuenta de que no era suficiente incluir las declaraciones que estaban en el expediente.
Desafortunadamente en la cárcel nunca me dieron permiso. Pero sí tuvimos un intercambio por correo.
Al final logré hablar con él, pero este año, hace como un mes y medio. Fue una reiteración de que lo justo era poner otros aspectos que hacían verlo desde una perspectiva más personal sin caer en decir que estaba bien lo que hizo.
Mi idea era poner toda la información y que quien lo lea se forme su propia opinión.
Quería mostrar que la mayoría de las personas se mueven en grises. Son muy poquitos los absolutamente buenos y los absolutamente malos. Cada quien interpreta por qué sí, por qué no. Eso obviamente no anula el hecho de que se cometieron uno o varios delitos, pero lo muestra en una dimensión más real.
La reunión ya no se incluyó en el libro, ¿es la parte dos?
Espero. En mi febril imaginación espero que le vaya muy bien al libro y me publiquen otro. Yo ofrecí que lo que me había dicho quedaba entre nosotros, pero quedamos en mantener la comunicación y veremos qué pasa.

Puedes comprar Negocios Blancos en la cuerda floja en la librería Sophos, en Plaza Fontabella, en la zona 10 de Ciudad de Guatemala, donde el 28 de agosto a las 19:00 se realiza la presentación del libro.
Entrevista: María José Longo Bautista
Fotografías: Christian Gutiérrez
Edición: Carmen Quintela




