Aquí puedes leer las primeras páginas de Negocios blancos en la cuerda floja, de la periodista Julie López: Dicen que no hay casualidades, ¿verdad? Pero nada de esto hubiera sucedido …
Aquí puedes leer las primeras páginas de Negocios blancos en la cuerda floja, de la periodista Julie López:
Dicen que no hay casualidades, ¿verdad? Pero nada de esto hubiera sucedido si Horacio Botero, Samuel Santiago y Otoniel Turcios no se hubieran conocido en los años noventa en una cárcel en Nueva York. Después de salir libres, Horacio, de Colombia, y Otoniel, de Guatemala, volvieron a mover cocaína y dinero en esa ciudad aprovechando los oficios y contactos del dominicano Samuel.
Sammy recibía los cargamentos y les mandaba millones de dólares de regreso. Una fiscalía de Nueva York aseguró después que, en esos menesteres, otro guatemalteco también era protagonista: Jorge Mario Paredes Córdova. Así lo juraban en confesiones firmadas Sammy y Horacio. En cambio, Jorge Mario insistía en que nunca conoció a Sammy, que sólo traficó en Guatemala, y que nada de lo que le endilgaban era verdad.
Bueno, pero que Horacio, Sammy y Otoniel fueran viejos a amigos cuando traficaron juntos entre 2000 y 2003 no impidió que mostraran una cara y ocultaran otra. Cada uno escondía secretos que hubieran puesto nerviosos a los demás, y que se guardaron por puro sentido de supervivencia, para que esta vaina caminara sin sustos innecesarios y que nadie se despeinara.
Nunca pensaron que un accidente tonto en una autopista de Pensilvania llevaría a la dea (Administración Federal Antidrogas de Estados Unidos) directo a Sammy en Manhattan y a descubrir su discreta operación de narcotráfico por pura carambola. No ayudó que el dominicano fuera una bomba de tiempo andante. No sólo sabía demasiado, como algunos pecadillos de los demás.
Les había ocultado el detallito de que estaba en libertad condicional por vender 800 kilos de heroína en el Bronx, conspirar con unos cuantos pandilleros para asesinar a un abogado y transportar fusiles de asalto entre Florida y Nueva York. Cositas así. Estaba libre sólo porque recibió una sentencia blanda de cárcel; nada más la cumplió, se hizo útil como el courier de coca y narcodólares de Otoniel, Horacio y un sujeto apodado “el Gordo” en Guatemala, que luego identificó como Jorge Mario.
Por eso la recaptura de Sammy en Nueva York los jodió a todos. Los tumbó otra vez como quien juega a los bolos, y devolvió al dominicano, a Horacio y a Otoniel a una cárcel en Nueva York. Una fiscalía en esa ciudad les cayó encima y fue detrás de Jorge Mario, que los demás describieron como el cerebro de la operación y un gran capo del narcotráfico que movía toneladas de cocaína. Él, por el contrario, insistía en que tenían a la persona equivocada.
Una calurosa mañana de mayo de 2008 la policía hondureña capturó inesperadamente a Jorge Mario en San Pedro Sula (donde tenía dos años de residir) y lo reunió con el destino que, según la acusación en Nueva York, había evadido desde 2003. Todos los demás cayeron, años antes o después, en esa ciudad, en Chicago, Belice, Panamá y Colombia. La captura de Sammy en realidad desmadró todo el asunto.
Jorge Mario llevaba un año detenido en Nueva York, y estaba en las vísperas de su juicio, cuando la fiscalía neoyorkina le colgó otro delito encima: el tráfico de cocaína desde Panamá a México, y a Estados Unidos, en un caso de 2005 que llamó Operación Grúa (porque la policía encontró 1 347 kilos ocultos en una grúa, de los que le achacaba 347).
La operación en Nueva York había movido menos droga, pero la captura de Sammy en 2003 con las manos en 265 kilos en el corazón de Manhattan fue el hilo que la fiscalía jaló para llegar hasta la madeja completa. Jorge Mario admitió que traficó cocaína hasta 2004, pero insistió en que no era suyo ni el cargamento en Panamá ni el que Sammy tenía cuando la dea lo sorprendió.
Lo que el dominicano tenía entre manos, dijo Jorge Mario, era un encargo de Otoniel y Horacio. Al principio, el colombiano fingió demencia sin saber que la dea lo tenía grabado diciéndole a Sammy por teléfono desde Guatemala: “Yo mismo pesé la merca”, antes de que la enviaran a Nueva York. Pero los de las tres letras también tenían grabado al sujeto apodado el Gordo preguntando por teléfono por el mismo cargamento, alguien a quien el dominicano identificó como Jorge Mario.
Casi todos los capturados —en el caso de Nueva York y la Operación Grúa— tenían dos cosas en común: se delataron entre sí y echaron al agua a Jorge Mario. Esa fue su moneda de cambio para evitar largas condenas de cárcel. De esta forma Horacio, Sammy y Otoniel salieron libres otra vez, mientras que el otro sigue encerrado.
Comencé a escribir del caso en 2009, intrigada porque él era el único acusado que se declaró “no culpable” y fue a juicio por la insistencia de su abogada, Linda George. Un abogado criminalista de Nueva Jersey, con 35 años de experiencia, me dijo hace un tiempo que “sólo si la fiscalía está segura de que conseguirá una condena” lleva un caso a juicio, y eso pasa sólo en 2% de los casos criminales, incluyendo los de narcotráfico. En el otro 98% los acusados se declaran culpables porque saben que están perdidos y que la evidencia en su contra es sólida.
De paso, le ahorran el juicio al Departamento de Justicia y firman un acuerdo para colaborar con la fiscalía y delatar a otros narcos a quienes los fiscales les quieren poner las manos encima. Por todo eso, la decisión de Jorge Mario y su abogada de ir a juicio parecía un suicidio.
La señora George pretendía probar ante el jurado que la voz de Jorge Mario no aparecía en las grabaciones que tenía la dea. Es lo mismo que él decía. Claro, no convencieron, y en 2009 ese jurado decidió al final del juicio que era culpable de traficar cocaína desde Panamá, Guatemala y México a Estados Unidos.
Yo elucubraba si Jorge Mario no quiso delatar a nadie para evitar una venganza contra él y su familia, o si cerró la boca por lealtad, aunque eso implicara muchos años tras las rejas, y por eso fue a juicio y puso su suerte en manos de un jurado —un grupo de 12 neoyorkinos comunes y corrientes que una corte elige al azar, con el visto bueno de la fiscalía y la defensa, y que tenían la obligación ciudadana de decidir si el acusado era culpable o no—. Pero no fue nada de eso. Jorge Mario fue a juicio porque confió en la persona equivocada: su defensora Linda George.
Años después me lo contó en una carta que escribió de puño y letra. Es lo que argumentó cuando apeló la sentencia: 31 años de cárcel, por receta de la jueza Deborah Batts. Parecía el castigo ejemplar que la fiscalía decía buscar, pero en realidad la sentencia mínima era de 30 años y la máxima cadena perpetua (morir en la cárcel). Aunque no lo parecía, Batts fue benevolente.
El juicio, además, fue una caja de sorpresas. El primer día, el 30 de septiembre de 2009, yo iba segura de que podía permanecer anónima en medio de la pequeña multitud que atiende estas cosas. En cambio, me encontré con todas las bancas vacías. Yo era la única sentada allí, fuera del acusado y sus abogados, los fiscales, el jurado y la jueza al frente de la sala. Me sentía tan obvia como un huevo duro sobre una bandeja.
En esos juicios, el público no puede entrar con grabadoras, cámaras o teléfonos. Entonces, llegué armada con una gruesa libreta de apuntes y varios bolígrafos para escribir cuanto viera y escuchara, incluyendo mis divagaciones de qué chingados hacía yo allí. Nadie me había pedido cubrir las audiencias. Estaba allí por mi gusto y gana, diciéndome que era para incluir algo del juicio en un reportaje que había escrito para El Diario NY, un periódico en español de la ciudad. Pero no era sólo eso.
¿Era también curiosidad? Sí. ¿Idiotez? De plano. Y especialmente la necia intuición de que yo tenía que escribir esta historia. No me pregunten por qué. Son cosas que una sabe porque sabe. Esa terquedad me hizo mantener esta consigna entre ceja y ceja durante 15 años, y escribir estas líneas hasta el día de hoy. El reportaje incluyó una mínima parte de la información que reuní del caso, un texto que recorté prometiéndome que el resto lo guardaría para un libro —un viejo truco que al parecer tenemos varios periodistas, lo cumplamos o no—. Cuando decidí que ya era hora de cumplir la promesa, todavía tenía muchas preguntas, pero lo que se ventiló en el juicio y tener acceso a más documentos para esa época me permitieron atar algunos cabos.
El Diario NY publicó mi reportaje entre el 12 y 15 de octubre de 2009, cuando el juicio llevaba dos semanas, con un titular en portada en grandes letrotas amarillas: “Olvídense de la Conexión Francesa: llegó la Conexión Chapina”. Era mucho menos tibio del que yo había escrito y que dejaron para las páginas interiores: “El soplón que hundió traficantes desde Colombia hasta Nueva York”, en referencia a Sammy.
Publicar eso me puso un poco nerviosa, aunque la sala sin público en las audiencias de las primeras semanas parecía mostrar cuánto impacto tenía ese caso para el público en general, el resto de la prensa y la lucha contra el narcotráfico: ninguno. La evidencia contra Jorge Mario incluía los 265 kilos que Sammy recibió, y los 347 del cargamento incautado en Panamá, aunque la fiscalía le achacaba el trasiego de “múltiples toneladas” de cocaína. En contraste, el año del juicio, 2009, el Cártel de Sinaloa traficaba hasta 10 000 kilos de cocaína por mes a Estados Unidos, por barco, tren y en contenedores remolcados por tráileres, según la periodista mexicana Anabel Hernández. La incautación, en contraste, también era mínima.
De cualquier manera, después de las capturas de Sammy, Horacio, Jorge Mario, Otoniel y los demás, y el juicio, parecía que los fiscales habían empleado toda su artillería en una operación casera que se sostenía en compromisos de palabra, algunos de diente a labio, y que se desplomaron como un castillo de naipes y cargaron con todos.
La fiscalía insistió en que Jorge Mario Paredes era una pieza clave en el narcotráfico regional. Él respondía que lo pintaban más grande de lo que era y al final pareció que su gran equivocación —además de traficar cocaína, claro— fue declararse “no culpable” para ir a un juicio que lo ha mantenido encarcelado durante 17 años. ¿Y los otros narcotraficantes que lo delataron? Ninguno permaneció encerrado más de nueve.
En 2022, cuando retomé este libro después de una pausa de varios años, le envié una carta a Jorge Mario Paredes en la cárcel en Lompoc, California (a 239 kilómetros al noroeste de Los Ángeles). Le expliqué que quería incluir su voz en esta historia, y no sólo la de sus abogados, los fiscales, la dea y otros acusados. Le dije que quería entender por qué fue a juicio. Entonces, respondió con una revelación bomba: que nunca quiso ir. Eso me dejó con muchas más preguntas, algunas de las cuales respondió durante los siguientes meses. También dijo que no quería que nada en este libro perjudicara a su familia, y accedí, omitiendo datos que podrían ponerla en riesgo.
Conforme escribía, fui entendiendo que la insistencia de la señora George en ir a juicio quizá tuvo que ver con que así iba a ganar más dinero que si le recomendaba a Jorge Mario declararse culpable, colaborar con la fiscalía y negociar una sentencia corta de cárcel.
Por cierto, Thomas Liotti, uno de los abogados que Jorge Mario despidió para contratar a la señora George, denunció ante la corte del caso que esta abogada no era ninguna mansa paloma. Tenía un antecedente peculiar: en los años noventa aceptó públicamente, al declararse culpable, que perteneció a una red de apuestas ilegales de la mafia de Nueva Jersey. Si todavía trabajaba como abogada era porque no fue a juicio y ella sí colaboró con la fiscalía.
Mientras tanto, Jorge Mario sigue pidiendo recortes a su sentencia, aún sin éxito, salvo por una reforma legal que en la década pasada bajó su condena de 31 a 21 años (que el Buró Federal de Prisiones rebajó después a 20), y ahora podría salir en enero de 2028.
En 2003, cinco años antes de su captura, la fiscalía había hilvanado la acusación en su contra con las declaraciones de Sammy y las llamadas telefónicas que el dominicano recibió en teléfonos pinchados por la dea. Esta agencia grabó todo y vigiló al dominicano las 24 horas durante una operación de tres meses. La transcripción de esas escuchas telefónicas es de película. Por algo, un año antes, hbo había estrenado la famosa serie The Wire, basada en las intervenciones telefónicas judiciales que montaba la policía de Baltimore.
Mientras yo leía las transcripciones de las llamadas a Sammy, pensaba: you cannot make this stuff up. Nadie podría inventar algo así, y entonces emergió como una de esas historias que demuestran que la realidad tiene más imaginación que la ficción. En los siguientes capítulos les explico por qué.
Sobre la autora: Julie López es una periodista independiente especializada en cubrir narcotráfico y temas de seguridad. Sus reportajes han aparecido en Prensa Libre, Plaza Pública, El Faro, BBC Mundo y las revistas Proceso y Gatopardo. Es exbecaria de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), Fulbright y Chevening, y tiene maestrías en periodismo y relaciones internacionales. Publicó investigaciones con el Woodrow Wilson Center y el Inter American Dialogue en Estados Unidos, y Flacso en Guatemala. Fue catedrática de periodismo en la Universidad Internacional de Florida en Miami. En 2012 y 2016 publicó Gerardi: muerte en el vecindario de Dios y El Chapo Guzmán: la escala en Guatemala. Su reportaje “El imperio narco”, en El Diario NY, ganó el premio Félix Varela al mejor trabajo publicado en español en Estados Unidos en 2009 y fue la base para Negocios blancos en la cuerda floja, su tercer libro.





