Lo que dejó la fiebre de la amapola
La amapola, un camino a ninguna parte
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Lee aquí la transcripción del episodio:

Leuster Vásquez: Pues acá nos encontramos en La línea. Cerca de una hora de Sibinal, de donde salimos. Estamos en La línea entre México y Guatemala, es un paso fronterizo. Digamos que es ciego, porque usted está viendo acá no hay aduanas, no hay otros accesos que tú puedes, o que tengas miedo, acá tú eres libre, puedes bajar a la hora que tu quieras cuando quieras, pues acá no hay quien te impida el paso, y hay muchos comentarios que acá baja drogas, hasta tráfico de personas, y otras cosas…

—  ¿Pero habitualmente para qué se usa?

  Normalmente es para la mercancía lo que son… ya ves, útiles para vender, para comer, para abajo y para arriba.  

  ¿Y qué es lo que más se trae de allá?

—  Abarrotes. Está subiendo mucho papel, lo que son frijoles, maíz… maíz no entra por este lado, entra por otro rumbo, por Tacaná. 

  ¿Y de acá para allá?

—  De acá para abajo se está bajando verduras, papas, coliflor, ahora hay haba, elotes, ayotitos, brócolis…

Narrador: Leuster Vásquez habla de pie. Lo hace en una frontera donde no hay policía, no hay militares, no hay ningún funcionario. No hay puesto fronterizo, no hay nada que detenga a nadie. Y, un detalle importante, después de un punto ya no hay carretera.  

El camino vecinal que nos trajo hasta aquí se acaba abruptamente en un terreno  donde  hay una tienda, microbuses y  una pequeña comunidad, a la que llaman  «La Línea».

Desde este lugar, a 30 minutos de Sibinal y a 8 horas de la capital de Guatemala, hay una vista espectacular de los volcanes más grandes de Centroamérica; El Tacaná y el Tajumulco, con la costa pacífica enfrente.  

Desde este mirador se ven a muchas personas cargando y descargando productos de buses y microbuses, subiendo y bajando por una vereda que del lado mexicano es un valle y del lado guatemalteco, montaña. Mercadería, alimentos, sacos de verduras que cargan a la espalda o en el lomo del animal histórico para esos caminos donde no hay camino: las mulas.

Novecientos sesenta y cinco kilómetros de frontera separan el territorio mexicano del guatemalteco. Aunque «separar» es  solo una forma de verlo, si nos ceñimos al concepto literal de frontera.  Esta línea imaginaria tiene ocho puntos fronterizos oficiales, pero el punto en el que nos encontramos es por igual punto ciego y espacio de cercanía, de intercambio, de influencia y de memoria.  

Uno de los puntos «no oficiales» está aquí, en Sibinal. Una región con una frontera imaginaria y profundamente porosa. Un municipio con unas condiciones de desigualdad que son el paraíso para el comercio ilícito de lo que pensemos. Desde champú y cereales hasta personas, drogas y armas.

Son las cinco  de la mañana de un jueves y estamos en esta  frontera imaginaria de Sibinal.  Simone Dalmasso, fotoperiodista  , María José Longo, periodista de Ocote y yo, Julio Serrano Echeverría, coordinador creativo de Ocote,  escritor y productor de este podcast. 

En este episodio escucharás, además de las voces de personas de la región, las de Simone y María José. Nos compartirán su mirada subjetiva y las preguntas que les surgieron durante la cobertura sobre la siembra de amapola en la región occidente de Guatemala. 

***

Los jueves son el día de mercado en Sibinal. La plaza de mercado se expande por calles y una cancha de basketball donde se colocan puestos con abarrotes, verduras, ropa y, como un detalle muy peculiar de este pueblo, siempre hay flores. 

El mercado de Sibinal se alimenta  de los intercambios que se dan en la  frontera: cereales, pastas de dientes, jabones mexicanos comparten espacio con las verduras de la localidad, las flores y ropa de paca desempacada del lado guatemalteco.  

La frontera de Sibinal es demasiado grande, demasiado simbólica, demasiado importante para la realidad de muchas familias que viven en ella. Tanto por el comercio de este tipo de productos, como de otro tipo de mercancías… Uno de ellos, la amapola.

María José Longo: Lo único que hace ver la frontera, o que simboliza esa línea que separa Sibinal de México, es una línea blanca que está conformada por pequeños obeliscos pintados de blanco, que de un lado dice «México» y del otro dice «Guatemala», entonces ya sabe uno que al pasar está en uno u otro país. No todas las personas llevan su mercadería o su mercancía en mulas.  Quienes lo hacen son porque tienen los recursos para pagar el servicio de una mula, porque también vemos muchas personas que tienen el mecapal, que tienen el mecapal puesto para cargar su mercadería, a muchas personas que van y vienen para usar servicios de salud pública u otros servicios, ya sea de Guatemala a México o México a Guatemala. 

Narrador: Escuchas a María José Longo, quien durante varios meses  conversó  con miembros de organizaciones y  especialistas, para construir un reportaje en Ocote sobre las implicaciones de la siembra de amapola en el departamento de San Marcos.

Para entender a profundidad la historia y correlación de fuerzas del cultivo de la amapola en Guatemala, te recomiendo leer la crónica reportaje de María José,  «Lo que dejó la fiebre de la amapola en tres territorios de San Marcos».

Vinicio Bravo, dirigente de Adafis, una asociación agroforestal en Sibinal, nos resume así la historia del cultivo de amapola en la región: 

Vinicio Bravo: Nació por Tajumulco, pasó por Ixchihuan, y después se vino para las comunidades de Sibinal, y fue avanzando y abarcando más territorio. Porque la gente decía:  «Si él ya sembró, pues yo voy sembrando» . Porque  Como todo el mundo estaba produciendo, ya se estaba viendo como un cultivo muy tradicional, pero que también para los objetivos que tenía la organización pues también iba en contra. ¿Por qué?  Porque se estaban talando bosques, bosques jóvenes que se estaban regenerando naturalmente, pero para hacer eso del cultivo pues tenía que talarse, y entonces se estaban viendo muy fuertes los efectos. 

Lo otro que también se veía era la mucha captación de las afluentes de agua, de los mantos acuíferos, que muchos de los riítos y riachuelos que estaban en los bosques se habían comenzado a secar porque los habían captado más arriba para este cultivo.  

Narrador: Aunque no es posible corroborar la relación entre deforestación o escasez de agua con el cultivo de la amapola, sí es un hecho que la asociación en la que participa Vinicio mantiene una relación estrecha con la naturaleza evidenciada en un proyecto de turismo comunitario y de aves, además de apoyar a sus asociados en la producción de apiarios para miel.

Vinicio: Al final cayó el mercado, porque pasó de valer Q120 a Q150 una onza de una resina que le sacaban. Entonces ya le sacaban algunos 8 mil a 10mil la cuerda.

Narrador: Vinicio habla de la resina, la savia que se extrae del fruto de la amapola, es decir no se extrae de la flor como tal, sino de un cogollo frutal de color verde que al rayarse expulsa pequeñas gotas de un líquido espeso y pegajoso, que en griego se llamaba ópiom, que significa jugo.

Los datos reales sobre cómo  se explica que  una persona que se dedica al cultivo de la amapola puede llegar a ganar 10mil  quetzales al mes, son complicados de obtener por la fluctuación de los precios y el miedo a hablar de la temática, pero en lo que coinciden quienes la sembraron y lograron vender en la época de auge, es que implicaba beneficios económicos sensibles para ellos y sus familias.

Dinero, subsistencia, trabajo. Las razones para que los vecinos se sumaran al cultivo de la amapola, son bastante evidentes. 

Escucharás ahora el testimonio de un agricultor que, aunque estuvo dispuesto a compartirnos su voz, prefirió no ser nombrado en este podcast. 

Agricultor: Uno escuchaba de la gente de aquí de alrededor. Uno escuchaba que la gente decía:  «La amapola es buena, que sí es rentable».  Uno escuchaba que la gente tenía dinero: «Yo estoy sembrando amapola y ahora tengo tanto dinero, y ya voy superando». Y la gente decía que tenía dinero, que tenía dinero, que tenía dinero.  Una de las ideas que a uno le meten es:  «Wow,  es interesante, acá hay dinero, voy a empezar a cultivar»  Pero uno se daba cuenta que no era como se decía.

A razón de eso de ir pensando, porque también nosotros como familia,  La familia de mi papá, vivimos en extrema pobreza, acá era la casita. Nuestro nivel de vida era bastante pobre, digámoslo así. Nosotros ya como jóvenes, con otro pensamiento, escuchando eso de la amapola uno decía:  «Es que yo quiero salir adelante y no me quiero quedar aquí, o así como mi padre, sin recursos». 

Narrador: La casita que describe el agricultor no solo ya no existe sino sobre ese mismo terreno hay ahora 3 viveros en los que cultiva, sobre todo, flores ornamentales.  Que requieren otro tipo de trabajo y cuidados, menos exigentes que la amapola y con buenos resultados para sus economías.  Y, así, tomaron la decisión. 

Agricultor: Yo decía:  «Vamos a sembrar amapola». Intentamos con mi esposa a sembrar, sembramos todo este terrenito.  Tuvimos buen resultado en el crecimiento, en el desarrollo de la planta, porque este terreno no estaba muy explotado con fertilizantes, entonces creció bastante, tuvo una altura muy buena»  .

La amapola da varios botones, o varias macollas.  Es una mata que crece pero viene y acá empieza a tirar más bracitos y en cada bracito empieza a tirar los botones. Tira buen botón, recuerdo unos botones bien grandes. 

Narrador: Para hacerte una idea, lo que él llama botones, son una especie de frutos verdes que quedan cuando la amapola bota los pétalos y que, también coincidieron todos los agricultores que entrevistamos, en que son uno de los frutos favoritos de las ardillas en la región.

Agricultor: La amapola tiene una especialidad, porque lo que hay que extraer es como la savia, el extracto que tienen los frutos. Y hay que conocer el punto. No era nada más de venir y rayar y sacarle la sabia. Entonces cuando estas frutas empiezan a dar un colorcito como blancuzco ese es el punto.

Hay que rayar, y rayar con cuidado y esperar que saliera la savia y después, ibas y con tu dedo venías y juntabas esa savia acá, y en un pomito. Tú venías y limpiabas, y lo poquito que quitabas se ponía en el pomito. 

Narrador: Por pomito entendemos una pequeña lata donde guardaban la sustancia pastosa que luego de un proceso de deshidratación se convertirá en opio.

Agricultor: No se juntaba así como que dijeras uhh, venías y llenabas una botella y te ibas.  Si eso fuera hubiera sido maravilloso, o siguiera siendo maravilloso. Pero a pesar de que era un poquito uno lo que quitaba, de mata en mata, de cogollito en cogollito haciendo eso. 

Narrador:  Según el informe Amapola, opio y heroína, la producción en Colombia y México, publicado por el Transnational Institute en 2018, cada planta de amapola produce aproximadamente 20 bulbos, y cada bulbo produce medio gramo de resina, así que podría calcularse según la experiencia de campesinos en México y Colombia, que aproximadamente 10 gramos por cada planta. Pero Guatemala se caracteriza por usar una extraña mezcla de unidades de medida, así que al pasar los gramos a onza y calcular los metros cuadrados que tiene una cuerda de terreno, llegamos a que a la caída del precio del opio en bruto, a razón de Q25 por onza, una cuerda de terreno producía aproximadamente Q3500 a los que habría que restar el costo de mantenimiento y cuidado de una planta que florece una vez al año.

Agricultor: Entonces, dejé de producir, y esa fue mi experiencia, no recuerdo ahorita cuánto dinero junté, y que tampoco recuerdo qué cantidad sacamos, pero no fue muy significativo, no fue mucho.  Entonces tratamos de producir otras cosas.  Me puse a producir hortalizas, me puse a producir zanahoria, y muy buenas zanahorias y eso me dio otra perspectiva.

Narrador: Historias como la de este agricultor son comunes en Sibinal, pequeños productores que aprendieron sobre la marcha, campesinos que se sumaron al cultivo de la amapola y que luego siguieron, como siempre y como con la amapola, buscando mejores rutas de subsistencia para sus vidas.

Volvemos de nuevo al mirador de la línea imaginaria.  Agricultores que buscan cuál es la mejor ruta para sus cultivos, los comerciantes la mejor ruta para sus productos. En aquella madrugada vimos subir y bajar decenas de personas que buscaban llevar o traer productos de una muy frágil economía de subsistencia. 

Leuster Vásquez: Cuando tenía como 14 años yo bajaba acá también, bajaba a vender lo que es ahorita la temporada de manzanas. Yo ya bajé mucha manzana acá por canastos, rejas, cartones para abajo, a vender en lo que es Chiapas, Cacahuatán, Talquián, La Unión, todas estas partes. Y entre otras verduras, y lo que es más tradicional acá, el pan de trigo.  Es lo que las personas ya van a vender al lado mexicano, pues igual yo su servidor bajé muchos panes para vender, lo que es para ganarse la vida diaria. 

Narrador: La lógica del mercado en esta línea es simple; a la variante natural de oferta y demanda se le traslapa el cambio de divisa y listo, siempre hay algo que se puede vender mejor del otro lado.

El fotoperiodista Simone Dalmasso te cuenta su lectura sobre cómo evolucionó la forma de subsistir de la población en Sibinal.

Simone Dalmasso: Llegamos a cubrir una nota que, en efecto, tenía todos los ingredientes para justificar esa postura de parte de la población.  Postura que yo a lo largo de mi vida laboral acá he visto en sus diferentes facetas.  Es decir, siento que la guatemalteca, por el pasado recién histórico ,es una población que mejor calla y no verbaliza mucho, por eso la importancia de nuestro trabajo. 

En efecto, fuimos a entender la dinámica de la amapola en una región fronteriza.  Mejor dicho, completamente abandonada, que tuvo, que vivió una época muy breve beneficiándose de este negocio ilegal, beneficiándose de la forma más humilde y concreta, porque lo que nos contaba la gente que afortunadamente en unos años, cuando la amapola se volvió de moda y todos se la compraban, finalmente se podía comer, y había algo más que el frijol. Se podían comprar lápices y cuadernos para los niños, la bicicleta, eventualmente una motocicleta. 

Pero obviamente las repercusiones de esta actividad ilícita volvió por un lado a dejar caer a la población en esta economía de miseria y sobrevivencia crónica en la que históricamente estaba, y por el otro la conciencia, la convicción de que todo se había movido en un terreno bastante delicado justamente por la ilegalidad del negocio de la amapola. Entonces nosotros sí llegamos a entrevistar personas, digamos, las pocas que accedieron a ser entrevistadas que trataron siempre de proteger mucho no solamente su identidad sino su dignidad, que es algo que creo que es lo más importante. Gente que no sé si siente a ciencia cierta haber cometido alguna ilegalidad, algún pecado, sino que como todos se beneficiaron de algo inesperado, pero que estaban conscientes que no podían mencionarlo de la forma más abierta o probablemente de la forma más honesta.

Narrador:  Los testimonios que han escuchado hablan de un modelo de vida en el que las comunidades, las familias, buscan gestionar la mejor solución para sus necesidades. Y la caída del cultivo de la amapola se entiende más como  un fenómeno de mercado  que como un modelo de control de las autoridades. 

El reportaje que trabajó  mi colega María José Longo, nos da el siguiente dato. Según  información del distintas instituciones del estado,  la  erradicación de plantas de amapola  entre 2016 y 2023 suma más de 12 mil millones de quetzales. Es decir, un millardo y medio de dólares.  

Pero este cálculo no se ve reflejado en la realidad social de las personas de los municipios que fueron los principales productores. Este cálculo oficial del posible valor de las plantas erradicadas se diluye en una realidad en la que el acceso a derechos elementales sigue siendo una deuda invisible, y en el que el sueño migratorio, por ahora, pareciera ser la única solución para muchas familias. 

En San Marcos, un municipio con indicadores de desarrollo bastante complejos, entre la migración, la pobreza o la deserción escolar, es posible pensar que esos datos de erradicación de plantas de amapola son lo único que podría enmarcarse como un logro social de parte de la intervención pública. 

Simone Dalmasso: A raíz de esta experiencia, de esta investigación, tocamos con mano cómo un departamento más del altiplano está completamente militarizado. Peleas históricas se están llevando a cabo con armas de alto calibre. Ya trascendió el conflicto. La presencia del Estado que sea de militares o de fuerzas especiales de la policía, es un elemento que se inserta dentro del rompecabezas. Tal vez puede ayudar a mantener un cacho la situación que no degenere tanto pero no es un elemento de solución. El panorama que vimos en San Marcos se suma a otros panoramas que pudimos conocer, el conflicto de Nahualá y Santa Catarina Ixtahuacán, yo veo que tiene similitudes muy importantes.

Narrador: Al conflicto de la subsistencia, se suman  los conflictos territoriales, y  el actuar de ciertos poderes en esa tensión cuyo origen es más bien histórico. Durante el reporteo, escuchamos en una pequeña asamblea a un grupo de dirigentes indígenas, desplazados de la aldea Las Brisas, en Ixchiguán, a dos horas del puesto fronterizo más cercano, pero a 30 minutos de uno de los muchos puntos ciegos de la frontera con México.

En la reunión, este grupo de vecinos que viven en casas de parientes y amigos a unos 50 kilómetros de su aldea, nos describieron las amenazas que habían recibido en la comunidad de parte de las aldeas vecinas que reivindican los límites de Ixchiguán, mientras que esta población se rige con el catastro de Tajumulco, en principio un conflicto limítrofe.

Asamblea Las Brisas:

—  ¿En qué fecha fue que salieron?

—  Desde el 2021, octubre. Casi dos años.

—  ¿Cómo fue que salieron, qué fue lo que pasó?  

—  Ese día los vecinos estaban trabajando su terreno, cultivando papa, haba, maíz…  

Llegaron un grupo de Villa Nueva, con esas pasamontañas como le llaman, llegaron a amenazar a la aldea. «Salen, o si no, no respondemos». Solo en ese tiempo las mujeres estaban en casa porque a esa hora solo los hombres estábamos trabajando en el campo. Y la policía tenía ya como cinco o seis  años que la policía…  Hay una subestación en la aldea, pero solo cuentan con 15 policías o 10 policías en el día. Y ellos dicen que no pueden detener a toda esa gente porque es poco el elemento que están allá. Y entonces ese día las mujeres se asustaron, los niños y el maestro se asustaron, los niños, y el maestro que estaba dando la clase…

—  La policía mismo nos dijeron que saliéramos, tienen 15 minutos nada más para que la policía saliera de ahí también.

— Y  al siguiente día metieron fuego a las casas de nosotros, metieron todo fuego y entraron a robar.

Narrador:  Un conflicto de límites territoriales entre Ixchiguan y Tajumulco tiene un oscuro fondo en el que varias señales apuntan a que la influencia del crimen organizado en el territorio ha generado nuevas capas a la conflictividad. 

A esto se refería Simone al comparar el conflicto entre Nahualá y Santa María Ixtahuacán, en donde, al igual que en San Marcos, la presencia de armamento de alto calibre, y sistemas de organización complejos respecto a esa defensa armamentística, dan luces de cómo el crimen organizado aprovecha estos conflictos para insertarse en la población. 

En una conversación casual con los policías de la estación de las Brisas nos confirmaron no solo la historia de cultivo y decadencia de la amapola, sino la crecida de la militarización del territorio en donde en la misma carretera podemos encontrar igual tanquetas del Ejército, que casas en alturas que los oficiales señalaban como posibles bunkers. 

Simone Dalmasso: Lo más complicado, lo digo yo como fotoperiodista, es poder llegar a las áreas de conflicto y poder retratar, porque al final de cuenta, retratar, visibilizar, es nuestra forma para humanizar las historias. Eso ha sido siempre lo más importante de mi trabajo. Yo siento que el lector sigue necesitando mucho personificar, saber que es cualquier don Juan metido ahí, y está lidiando con esta situación, que las cosas no son ni blancas ni negras, hay tanta tonalidad de grises, y eso es la vida. Eso es la vida, ¿no?

Narrador: En 2016, el Colegio de México incluyó en el Diccionario del Español de México una serie de palabras que tienen que ver con el narcotráfico y la distribución y venta de drogas. Palabras que han permeado la cultura regional sobre el tema. De ahí que términos  como tacha, perico, pusher, aparezcan en este diccionario y las podamos reconocer en la jerga guatemalense también. Sin ir más lejos, un sustantivo del que hablamos hace algunos minutos atrás, mula, ha desplazado a las nobles bestias de carga por personajes de las narcoseries y noticieros de nota roja. Al narcotráfico le llamamos simplemente “el narco” y en esta palabra se suele meter una realidad que resulta bastante difícil de sintetizar.

María José Longo: Nunca se cuestiona también que esa erradicación a muchas personas les trajo consecuencias. Un golpe fuerte a su único ingreso económico. O sea, esa otra realidad de qué pasa con estas familias que estaban logrando comer con este cultivo.  Qué pasa con estas familias que también tenían deudas para poder sembrar, qué pasa con estas familias que también tienen miedo de hablar de quiénes les compran la amapola y que son las que sufren la erradicación pero quienes se las compran no sufren ningún problema legal.  Esa es la diferencia también, no solo hablar de la erradicación, que es de lo que normalmente se habla en los medios de comunicación, o la detención de personas por el cultivo o relacionadas con el tema.

Y pues creo que también cambiar el imaginario, porque se habla del triángulo del opio y se menciona a Tajumulco, Ixchiguán y Sibinal pero como lo decía al inicio, estos municipios son mucho más que la amapola. Hay un contexto histórico, incluso también les atraviesa el conflicto armado interno. Hay una historia que contar de estos municipios y también sus habitantes viven muchas otras realidades, más allá del tema de la amapola como ahora que están viviendo el tema de la migración.

Narrador: Volvemos a la imagen inicial de este podcast. El camino de Sibinal a la frontera termina en una línea imaginaria donde no se puede continuar sino caminando por veredas que adentran a la comunidad a un nuevo territorio.

La sensación de esta carretera que lleva y no lleva a ninguna parte, es muy parecida a la experiencia que compartieron muchas de las personas entrevistadas sobre una constante búsqueda de una vida digna, desde la diversificación de cultivos, de productos para el comercio, de canales de distribución, hasta la migración, como otra posibilidad de transformación y movilidad social. 

A estas comunidades que habitan territorios fronterizos también podemos pensarlas como una suerte de fractal respecto a una frontera de 108 mil kilómetros cuadrados, que es Guatemala.  Las condiciones geográficas del país nos vuelven irremediablemente un punto de tránsito histórico, un  «por acá tienen que pasar»  irremediable.  Y la pregunta también es ¿a dónde van a ir? ¿qué pasará cuando pasen?, ¿qué pasa con quienes habitan ese territorio fronterizo? La línea imaginaria, como toda frontera, contiene en sí misma la pulsión del cruce, del salto irremediable hacia un nuevo destino. Y ese nuevo destino incluye también hacia donde pondremos la mirada para contar este que parece ser un camino a ninguna parte. 

***

Narrador: El guión, las entrevistas y la edición sonora de este episodio los hice yo, Julio Serrano Echeverría, coordinador creativo de Ocote junto a mi compañera periodista María José Longo Bautista quien estuvo a cargo de la investigación y producción de campo. La edición es de Carmen Quintela Babío. Las fotografías de Simone Dalmasso, y la ilustración y diseño de portada es de Óscar Donado. Este podcast se realizó con apoyo del Fondo para investigaciones narrativas sobre las drogas, de la Fundación Gabo.

Ixmucané Us es coordinadora de comunidad y audiencias de Ocote. La voz institucional de Radio Ocote Podcast es de Lucía Reinoso Flores. Alejandra Gutiérrez Valdizán es la directora general y editorial de Ocote.


La serie “Lo que dejó la fiebre de la amapola”, de la que es parte este podcast, fue producida por Ocote gracias a la beca del Fondo para Investigaciones y Nuevas Narrativas sobre Drogas (cuarta edición), de la Fundación Gabo en alianza con la Open Society Foundations (OSF). Y contó con el acompañamiento y mentoría del periodista Guillermo Garat.

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