Octubre del 23
Veintidós bloqueos en cuarenta y ocho horas
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En los 122 kilómetros de recorrido no vi rostros cubiertos. Las personas que están detrás de estos bloqueos no representan a ningún partido político. Son líderes comunitarios, autoridades ancestrales o vecinos de las comunidades más cercanas a las carreteras que se organizaron para unirse al paro de forma pacífica. Algunos juegan pelota mientras otros se organizan para que las barricadas se respeten.


Empecé a escribir este texto cuando terminó la cadena nacional de Alejandro Giammattei el 9 de octubre. Además de repudiar las protestas con informaciones falsas, el presidente dijo que los diferentes puntos de bloqueo eran «pequeños piquetes en todo el país».

Esa afirmación no coincidía con lo que había visto días antes cuando, con un periodista de la radio pública de Estados Unidos, decidimos viajar por la carretera Interamericana para ver de cuenta propia cómo eran los bloqueos.

El quinto día del paro, el viernes 6 de octubre, por fin decidimos subirnos a un pickup gris. Sabíamos que había bloqueos en las carreteras, pero desde la capital de Guatemala no podíamos dimensionar el alcance y el impacto de estas protestas que exigían, y exigen, la renuncia de Consuelo Porras, Fiscal General del Ministerio Público (MP).

La protesta en la capital se concentró en la sede central del MP, en el barrio Gerona. Un barrio popular ubicado en la periferia de la zona 1, lejos de los edificios gubernamentales que quedan en el Centro Histórico, como el Palacio Nacional o el Palacio Legislativo. 

Plantón frente al Ministerio Público, el 2 de octubre de 2023. Fotografía: Christian Gutiérrez.

Las autoridades indígenas tomaron la calle donde está la entrada principal de la Fiscalía, sin dejar pasar a ningún tipo de vehículo, pero el bloqueo de este lugar no se percibía en ningún otro punto de la ciudad. Aunque los líderes hacían el llamado al resto de los capitalinos a que se unieran al paro.

Se observaron pequeñas manifestaciones los primeros días, grupos de ciclistas que llegaban a apoyar y algunas iniciativas ciudadanas que mandaban comida y bebida para que las autoridades resistieran. Pero, por unos días, fue más la comida que enviaban que el número de personas que se hacía presente al lugar.

Al decidir salir de la capital nos recomendaron viajar en un carro 4×4 por si necesitábamos tomar algún camino alterno o cruzar encima de algún arriate para ahorrarnos la fila de tráileres y camiones que esperaban pasar por algún bloqueo.

Mientras nos adentrábamos a la carretera Interamericana, las cosas se empezaban a sentir distintas. Algunos bloqueos eran organizados por el Cocode del lugar o por las autoridades indígenas, pero en otros era la pura organización vecinal de quienes vivían en las comunidades cercanas a las carreteras.

Lo que tenían en común es que todos estaban atentos de lo que dijeran las autoridades indígenas de los 48 Cantones que estaban en Cuatro Caminos (Totonicapán) o en la capital, frente al Ministerio Público.

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Un viaje a Sololá que usualmente se hace en tres horas aproximadamente, nos tomó casi diez. Nos tuvimos que bajar del carro en al menos veinte ocasiones para poder pasar por cada punto. 

Con la identificación de prensa y nuestros equipos a la vista, nos acercábamos caminando hacia la primera persona que veíamos y preguntábamos por el líder o la persona a cargo. Teníamos que derribar la primera barrera de la desconfianza con la que nos miraban.

Vimos que funcionó la primera vez y a partir del tercer punto nos dimos cuenta de que esa tenía que ser la dinámica para asegurar el paso.Nos tocaba conversar en cada punto, aunque en realidad escuchábamos más de lo que hablábamos para conocer la organización, que en cada lugar era diferente. 

En 48 horas de recorrido nos encontramos con 22 bloqueos, desde la capital hasta Panajachel. 

Día 1. De Ciudad de Guatemala a Chimaltenango. 

Salimos tarde. El tráfico de la mañana de la capital nos atrasó. El primer bloqueo que encontramos fue el de Sumpango, en Sacatepéquez, en el kilómetro 40.9. 

Llegamos al lugar a las nueve de la mañana, cuando las mujeres tejedoras de Santo Domingo Xenacoj caminaban y cerraban la carretera a su paso.

Protesta en Sumpango. Fotografía: Mariajosé España

Se sentaron en el asfalto, justo a la sombra de los enormes barriletes que colgaron en la pasarela. Sumpango se sumaba así a los bloqueos, cinco días después de la convocatoria que los 48 Cantones habían hecho para el 2 de octubre

Sobre la carretera, medio centenar de vecinos montaron un escenario donde colocaron una marimba que después sonaría para envolver de fiesta el ambiente. Aunque las personas aseguraban que iban a permanecer ahí hasta el aviso de los 48 Cantones, ese punto se liberó siete días después.

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Seguimos el camino. A tres kilómetros de los barriletes y la marimba llegamos al segundo bloqueo, al ingreso de Chimaltenango, en el cruce donde se puede tomar hacia el centro del municipio o bordearlo por el libramiento. Al igual que en Sumpango, aquí eran los vecinos los que habían decidido organizarse para bloquear la carretera.

Fotografía: Mariajosé España.

Óscar Hernández, uno de los vecinos, me explicó que el Cocode del Chimaltenango no los representaba y por eso decidieron salir y organizarse de manera individual para rechazar la corrupción. También era el primer día que bloqueaban. 

«Ellos son servidores públicos y tienen que entender la voz del pueblo, ahorita a nivel nacional ya la gente está cansada de la corrupción, se demostró nuestro sentir en las urnas y estas personas deben entender qué es lo que quiere el pueblo», dijo, al referirse a los fiscales del Ministerio Público que lideran las investigaciones contra el Tribunal Supremo Electoral.

Hernandez me mostró un grupo de WhatsApp desde donde se organizan las personas que viven en Chimaltenango. Ahí, me contaron, informan a los demás de a quiénes dejan pasar. También reportan acontecimientos fuera de lo normal para que los puntos situados más adelante en el camino estuvieran prevenidos.

En el Libramiento de Chimaltenango vi por primera vez a un grupo de ciclistas, que aprovechaban la ruta desolada para hacer ejercicio sin el riesgo de que un vehículo particular o un camión los atropellara.

Después de uno de los últimos derrumbes del libramiento, en el kilómetro 61, estaba el grupo que bloqueaba la carretera. «Aquí no se necesita bloquear porque con un estornudo se cae», me dijeron, en son de broma. Se referían a la obra que inauguró el gobierno de Jimmy Morales en 2019 y que en más de una veintena de ocasiones se ha derrumbado con las lluvias.

Cuando llegamos a este punto, el grupo de manifestantes hacía una pequeña marcha alrededor de un redondel, mientras un autobús de turistas holandeses los miraba. Era el único vehículo varado en ese punto, mientras que en los bloqueos anteriores la fila de carros se empezaba a formar.

Temprano en la mañana, mujeres de Comalapa habían enviado canastos de pan que se repartieron en la refacción. 

Se acercaba la hora del almuerzo y una señora llegó gritando: «¡Hay revolcado para todos!». Venía de San Andrés Itzapa. Un muchacho, al que lamento no haberle pedido su nombre, dijo que él había preparado este guiso para apoyar el paro. «No tengo el tiempo de estar acá, pero puedo apoyar a mi gente con comida, que es lo que me nace del corazón», me dijo.

@mariajose.espana ¿Cómo se alimentan lls que protestan? Esto es en el kilómetro 61, en la entrada del Libramiento de Chimaltenango. #ParoNacionalIndefinido #ParoNacional #Guatemala #Chimaltenango ♬ sonido original – Mariajosé España

Decidimos regresar a la capital ese día. Sabíamos que nos esperaban más bloqueos y necesitábamos comprar agua y alimento porque ya nos habían advertido que no había tiendas ni comercios abiertos más adelante.

Día 2. De Ciudad de Guatemala a Panajachel

Esta vez, madrugamos para evitar el bloqueo del tráfico de la capital y eso nos benefició porque encontramos la carretera libre hasta el kilómetro 69 de Patzicía, en Chimaltenango. 

Los tres puntos que pasamos el día anterior estaban libres a las siete de la mañana. Hay puntos donde los bloqueos sólo están durante el día. Las personas se van a descansar por la noche y en la mañana regresan a la carretera. Según nos dijeron, hacen esto para no desgastarse y para mantener la seguridad de las personas.

En Patzicía nos detuvo un poste de madera sobre unos neumáticos viejos que estaban tirados en el piso. Del otro lado, una veintena de hombres, con sus botas blancas de trabajo, rodeaban a otro señor que les daba instrucciones. 

Fotografía: Mariajosé España.

Mientras hablaban, dos hombres corrían con costales de materiales de cultivo para llenar un pickup rojo que estaba del otro lado. No querían que el bloqueo que se estaba organizando en ese momento les quitara un día de trabajo.

El señor que daba las instrucciones era Francisco Itzep, originario de Totonicapán pero residente en Chimaltenango desde hace más de 30 años. Él es uno de los líderes de este punto y es quien informa de las directrices que salen de Cuatro Caminos, donde están los 48 Cantones.

Con una voz fuerte, Itzep nos dijo que se sentían «físicamente cansados, pero moralmente fortalecidos porque contamos con una multitud de personas. De aquí para arriba, van a observar la cantidad de paisanos que están en pie de lucha».

Sus palabras anticipaban lo que veríamos poco después.

En Tecpán, el kilómetro 86 estaba tapado con el letrero que anuncia «Caldo de Gallina Criolla», que durante años había permanecido a la orilla de la carretera. Dos kilómetros después estaba el plantón principal.

Fotografía: Mariajosé España.

Tecpán tiene 63 aldeas y varias de ellas estaban representadas ahí. Los 20 kilómetros que conducen desde ese punto hacia Chupol, en Quiché, fueron el tramo más largo que vimos hasta ese momento, con una fila de camiones y tráilers que estaban varados ahí desde el primer día.

Los camiones estaban agrupados. No estaban en una fila uniforme, sino que se habían organizado para acuerparse, físicamente, con los mismos vehículos, a la espera de que las autoridades indígenas les dejaran pasar para continuar su camino.

Fotografía: Mariajosé España.

Los traileros llevaban productos no perecederos, materiales de construcción o chocolates. Habían salido el 2 de octubre de la capital y algunos iban para San Marcos, otros para Huehuetenango y para la frontera con México. Querían terminar el viaje para recibir el pago que les darían, aunque eso implicara permanecer días o semanas de espera en la carretera.

Cuando llegamos a Chupol vimos que había cientos de personas. Llegamos al municipio, al final de la misa del día, que era dirigida por un sacerdote y un líder kaqchikel, sobre un escenario.

Bajo el escenario, decenas de personas arrodilladas seguían la misa, a un lado se leía una manta que decía «LOS GOLPISTAS DEBEN RENUNCIAR». 

Al finalizar la misa, un hombre anunció al micrófono las donaciones que recibían. Agua pura, gaseosas, pan y verdura. 

Desconocían quién regalaba muchos de los productos que les llegaban al municipio, según dijeron. Lo que podían, lo repartían entre los pilotos de los tráilers que estaban varados kilómetros atrás. 

Nosotros también recibimos un poco de esas donaciones. Un pan, una botella de agua pura y otra de una bebida hidratante que nos regalaron, como un gesto de amabilidad.

Ese día por la tarde, las autoridades indígenas de Chupol, junto con el Consejo de Comadronas de Chichicastenango, tendrían una reunión en la escuela para designar a los representantes que iban a enviar a la capital para reforzar la protesta que se había instalado días antes frente al Ministerio Público.

Aquí nos contaron que la prensa no había llegado a cubrir estos plantones alejados de Ciudad de Guatemala. 

Eran las once y media de la mañana cuando llegamos a Las Trampas, en el kilómetro 117 entre Quiché y Sololá. También estaban terminando la misa en medio de la carretera.

Pedimos hablar con el sacerdote y la gente que organizó la misa nos dijo que pasáramos al frente, donde habían colocado el atrio improvisado. El sol del mediodía quemaba y las autoridades indígenas de Chichicastenango estaban bajo la sombra de un local cerrado.

La entrevista la hicimos frente a decenas de personas que nos apuntaban con sus cámaras del celular. Algunos transmitían en vivo desde sus redes sociales. Algo similar nos pasó al día siguiente en San Andrés Semetabaj, Sololá, en el bloque de Las Cruces. Nos fuimos a presentar con los presidentes de los Cocodes, que dijeron nuestro nombre y el del medio de comunicación al micrófono para que la gente nos reconociera y nos dejara pasar.

Fotografía: Mariajosé España.

Siete kilómetros después, nos encontramos en uno de los epicentros de los bloqueos, el de Los Encuentros, en Sololá. La fila de camiones y tráileres varados aquí era más grande que en los bloqueos anteriores. Miles de personas habían tomado la carretera.

A un costado, al lado derecho, un grupo grande de personas rodeaba el fuego que ardía de una ceremonia maya. Al menos siete hombres y mujeres dirigían las oraciones en kaqchikel. Al fuego lanzaban velas blancas y amarillas mientras un humo negro salía expulsado.

Fotografía: Mariajosé España.

La alcaldía indígena de Sololá lideraba este bloqueo.

Bajamos hacia Sololá. La cabecera del departamento estaba desierta La neblina empezaba a caer mientras unos niños jugaban pelota frente a la iglesia. Todos los comercios estaban cerrados. No quedaba huella de la feria que debía celebrarse esa semana. 

Fotografía: Mariajosé España.

Camino a Panajachel para pasar la noche, nos encontramos con otros dos bloqueos. En la entrada del municipio estaba la concentración principal, que se resguardaba bajo la lluvia en una gasolinera.

Panajachel no estaba en paro por completo. Los comercios que estaban abiertos eran los que ofrecían café y comida. Un señor que vendía pollo asado en una carreta. Nos explicó que el Cocode le permitía activar su venta por las noches, para atender a la gente, y cerraba cuando se le terminaba el producto del día, alrededor de las 11 de la noche.

Apenas se veían turistas en el lugar, como acostumbra suceder en un día habitual. Vimos algunos helicópteros sobrevolar la zona. Según los vecinos, algunos de los turistas decidieron salir así del municipio. Mildred Rosales, presidenta del Cocode de Jucanyá, en Panajachel, nos contó que a los turistas los dejaban salir con la condición que no regresaran hasta que las autoridades renuncien.

«Queremos pedirles disculpas al turismo. No está en nuestras manos todo lo que está pasando. Cuando esto finalice, ellos serán bienvenidos a nuestro municipio, a nuestra Guatemala, pero por el momento queremos que nos entiendan y que nos apoyen para no mandarnos más turismo», explicó Rosales.

Fotografía: Mariajosé España.

Ellos se sumaron al llamado de los 48 Cantones al tercer día del paro nacional. Mantendrían los bloqueos durante 13 días, hasta el lunes 16 de octubre. Por asamblea general entre los miembros de todos los Cocodes, decidieron levantar el paro y organizarse por grupos para apoyar las resistencias que se mantienen en Los Encuentros, Las Cruces y Ciudad de Guatemala.

Día 3. De Panajachel a Ciudad de Guatemala. 

Para regresar a la capital decidimos cambiar de ruta. Tomamos la vía que conduce hacia la aldea Godínez. En un día normal, este camino te ahorra hora y media. Pero en esta ocasión, nos hicimos seis horas.

Pasamos por tres bloqueos más para salir de Panajachel y otros tres en San Andrés Semetabaj. Los Cocodes de este municipio responden a las instrucciones de las autoridades ancestrales, nos explicaron.

En la cuchilla conocida como Las Cruces, en la aldea Las Canoas, había un grupo de jóvenes jugando pelota en medio de la calle, un pickup que cargaba una bocina en la palangana que sonaba con cumbia y otro grupo que amenizaba con un tambor las consignas de renuncia.

La gasolinera parecía cerrada. Tenía un letrero que decía «solo diesel».

Fotografía: Mariajosé España.

En este lugar, el presidente de uno de los Cocodes, Pedro Morales, nos presentó con la comunidad: «Queremos agradecer a los diferentes medios de comunicación que le están dando cobertura a todo este movimiento por una justa causa, que es la renuncia del pacto de corruptos que tienen arruinada la democracia en Guatemala. Por lo tanto, hombres y mujeres, jóvenes y señoritas y hasta niños y niñas hay acá congregados en esta concentración masiva al llamado de las autoridades ancestrales», dijo al micrófono frente a una multitud que estaba formada en un círculo.

Este punto es uno de los que se mantiene bloqueados en Sololá.

A través del camino que tomamos, regresábamos a la capital sin pasar por la carretera Interamericana. De esta forma llegamos a Patzún, en Chimaltenango.

Era domingo, día de mercado, y todo parecía moverse con normalidad. Había puestos de verdura en las calles y gente caminando con sus compras del día. Encontramos el bloqueo al llegar a la salida del municipio.

En este punto había una treintena de personas. Un hombre con una camisola de la selección de fútbol de Guatemala hablaba al micrófono, mientras los líderes del lugar estaban en reunión.

Esperamos alrededor de media hora cuando una mujer se acercó a nosotros. Era Marta Ajú, quien había sido designada como la vocera. Ajú es trabajadora social, con una maestría en Antropología Social. Se hacía acompañar de Elviro Cocón, un maestro de historia jubilado.

Nos explicaron que esta era la primera vez que en el municipio de Patzún se organizaban para protestar y que era algo muy significativo para ellos porque esto logró que se volvieran a organizar las autoridades ancestrales.

Aquí decidieron organizarse el primer viernes, cinco días después que iniciaran los bloqueos en Cuatro Caminos. Fue a partir de que una persona publicara una convocatoria en Facebook.

«No sabemos quién fue, era una persona anónima, y venimos solo diez personas. Ahora somos más», dijo Cocón, mientras le daban paso a un pickup que tenía pintado en el vidrio de enfrente «Vendedores de la noche presentes». Estos son los comerciantes que venden comida alrededor del parque central del municipio y que pasaron horas antes por esta movilización para darles desayuno a quienes estaban en el bloqueo.

Fotografía: Mariajosé España.

Aunque en Patzún solo están manteniendo los bloqueos durante el día, hasta la fecha continúan con la protesta.

Después de 14.5 kilómetros llegamos de nuevo a Patzicía, al primer punto de bloqueo del día anterior. Para entonces ya no estaba únicamente el poste de madera sobre los neumáticos que nos encontramos en el camino de ida

Ahora había al menos cuatro toldos, bajo los que se encontraban cientos de personas, unas churrasqueras a punto de encenderse y varias libras de carne que había donado un vecino, dueño de una carnicería para las personas que amanecieron ahí, bajo la lluvia y el frío. La marimba sonaba y el sacerdote de la localidad hablaba al micrófono.

Los líderes, cansados, decían con orgullo que era la primera vez que se organizaban de esa forma.

Francisco Itzep, una de las personas que organizaba esta movilización, me contó días después que la falta de líderes comunitarios en Patzicía provocó que se disolviera la protesta. El lunes 16 de octubre decidieron levantar el bloqueo y esperan retomarlo en los próximos días.

Fotografía: Mariajosé España.

***

Al regresar a la ciudad leí una publicación en Twitter de una persona que decía: «Acerquemos al paro. Lleguemos al más cercano. A mi me toca la Aguilar Batres».

Lo que en la capital comenzó a suceder desde el lunes 9 de octubre es lo que estaba pasando en los departamentos siete días antes. Cada comunidad y aldea cercana a  la carretera había salido a bloquear el paso. Por eso encontramos movilizaciones cada dos o tres kilómetros.

Esa dinámica se extendió en todo el país y luego lo vimos en la capital. La resistencia pasó de ser de los líderes indígenas al resto de población de diversos sectores cuando, de forma simultánea, vecinos de zona 2, 5, 6, 7, 11, 18, 21 y de otros puntos de la ciudad salieron de sus casas a bloquear las vías principales a modo de protesta.

***

Dos semanas y media después, vemos que en varios puntos del país se mantienen 24 de los 84 bloqueos que existían el día que inicié con este recorrido. Los puntos que siguen activos tienen líderes de Cocodes o autoridades indígenas detrás. La mecánica que utilizan para no cansarse es crear turnos de 12 horas por aldea o caseríos. De esta forma se van rotando quienes acuerpan los bloqueos.

Esta organización es algo que aún no hemos visto en la capital y puede ser una de las razones de por qué las protestas se debilitan, porque el cansancio es un sentimiento natural de quien permanece horas en resistencia.

Las organizaciones en Sololá y Totonicapán que aún siguen activas han dicho que, de ser necesario, se trasladarán todos a la capital para que se haga sentir el bloqueo. Aún no ha llegado ese momento.

Recordando la frase de Giammattei, en todo caso, de pequeños piquetes se forma la varicela.

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