Después de las tormentas
Bicentenario de Centroamérica: de la emoción a la reflexión
Honduras ante el bicentenario: Autocracia de enclaves, miseria y corrupción
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En Centroamérica se conmemora que han pasado ya 200 años desde que se firmó la independencia del reino de España. En estos dos siglos, Honduras ha pasado por ser el centro del enclave bananero, la base militar contrainsurgente, el país que más expulsa a su gente y un Estado controlado por mafias donde la democracia no logró florecer y la población apenas sobrevive. En el año del bicentenario, la incertidumbre de unas elecciones en medio de la crisis social y la propuesta de vender el territorio en pedazos afianzan una ruta que, en lugar de avanzar, retrocede hacia la época de los enclaves y las dictaduras.


Texto: Jennifer Avila Reyes


En el año del bicentenario Honduras va a elecciones. La crisis social y política que vive el país y la incertidumbre por un proceso que ha estado condenado al fracaso desde el inicio han opacado las típicas celebraciones patrias. La bulla por las campañas políticas, la propaganda gubernamental que dice a diario que Juan Orlando Hernández ha sido el mejor presidente del país y la violencia que genera la defensa de la identidad partidaria suenan más que el himno nacional que a diario se canta en la escuelas y los medios de comunicación durante el “mes de la patria”.

A pocos meses de las elecciones, finalmente se ha contratado a una empresa para la digitalización y conteo de votos y siguen entregándose más de un millón de documentos de identidad que habían quedado rezagados durante un año. La sombra del fraude electoral que ocurrió en 2017 oscurece más el panorama al que se suman 15 partidos políticos a una contienda con una institucionalidad electoral nueva, sin independencia y sin reformas electorales profundas que garanticen unos comicios limpios. 

En la recta final de su Gobierno, Juan Orlando Hernández, un autócrata que se reeligió en 2017 a pesar de la prohibición en la Constitución y recientemente señalado por narcotraficantes de ser aliado del crimen organizado, promueve con fuerza el proyecto que también le costó a este país un golpe de Estado al Poder Judicial, las Zonas Especiales de Empleo y Desarrollo (ZEDE).

Para que fueran aprobadas, Hernández, que en ese entonces era el presidente del Congreso Nacional, destituyó a los cuatro magistrados de la Corte de Constitucionalidad que habían resuelto que este proyecto era inconstitucional. Puso a sus magistrados afines, los mismos que cinco años después aprobaron inconstitucionalmente la reelección presidencial.

ZEDE, los nuevos enclaves

El presidente de Honduras, Juan Orlando Hernández. EFE.

Las ZEDE son territorios con grandes beneficios fiscales que se ceden a empresas privadas nacionales o internacionales para que los desarrollen permitiendo dentro de ellos la creación de leyes propias, el uso de moneda propia y un sistema de gobierno propio. Ni siquiera el padre de la idea, el economista estadounidense Paul Romer, quiere reconocer a este hijo que se descarrió en el camino. 

Las ZEDE no son como las “charter cities” que él una vez promovió, son más bien un Estado dentro de otro Estado; son la muestra clara de que Honduras es un Estado fallido para su población, que ahuyenta la inversión seria y honesta y que sale mejor vender el territorio antes que limpiar y optimizar el Estado para el beneficio de la ciudadanía.

Estos proyectos son comparados con los enclaves bananeros, en los tiempos en que las compañías fruteras estadounidenses compraban gobernantes de corte dictatorial, controlaban la poca institucionalidad y se apoderaban de los territorios más fértiles del país. Si bien después de la economía de enclave se instauró el modelo neoliberal y con este la liberalización del mercado, los beneficios fiscales para las empresas transnacionales y las zonas libres de impuesto, las ZEDE le generan incertidumbre incluso a una buena parte de la clase empresarial hondureña. 

El primer día de septiembre en la inauguración oficial de la celebración del bicentenario de independencia, el ministro de Coordinación de Gobierno, una secretaría que creó Juan Orlando Hernández durante su primer mandato, izó la bandera dando por iniciadas las “fiestas patrias” aduciendo que la creación de la secretaría que preside es un legado de Hernández y que “algunas soluciones a los problemas del país han salido de las mentes brillantes de esta secretaría”. 

Mientras el ministro le rendía pleitesía al presidente, en varias ciudades del país, incluyendo la capital, Tegucigalpa, miembros del movimiento social y de derechos humanos se manifestaron para exigir la derogación de las ZEDE y para expresar su inconformidad con el gobierno de Juan Orlando Hernández. El bicentenario de independencia también reúne a quienes creen que este país nunca ha sido independiente o que la soberanía ha sido constantemente violada y ahora más con el proyecto de ZEDE. 

En algunos puntos de la capital, los manifestantes bailaron al ritmo de canciones que celebraban la salida de Hernández del poder y pedían que éste fuera a pagar cárcel a Estados Unidos. Por un lado, pedían respeto a la soberanía y, por otro, pedían a la justicia estadounidense llevarse al presidente constantemente señalado por vínculos con el narcotráfico. Solo en la desesperanza se puede entender esa aparente contradicción.

Ese mismo día también arrancó la campaña política en un contexto perfecto para el clientelismo, es decir, después de un año en pandemia y dos tormentas tropicales que, según la Universidad Autónoma de Honduras (UNAH), elevaron la pobreza al 70% de la población en 2020.

Piñata clientelista

EFE | Gustavo Amador

En las campañas políticas, sobre todo las del Partido Nacional y del Partido Liberal, es común ver la entrega de comida y dinero a los simpatizantes y a los periodistas. Simpatizantes pobres, mayoritariamente desempleados, dispuestos a entregar un día entero de su valiosa búsqueda diaria de recursos para sobrevivir a unas movilizaciones partidarias bulliciosas, cansadas, ajenas, pero prometedoras de una bolsa de alimentos o de 100 Lempiras (unos 5 dólares americanos). Y periodistas de medios corporativos, muchos de ellos propiedad de los candidatos, que compensan con esas dádivas algunas de las carencias materiales que les produce un sistema que ha hecho de la cobertura electoral una piñata clientelista.

Los candidatos además reproducen mensajes que agudizan la polarización y promueven la violencia política que, según el Observatorio de la Violencia de la UNAH, el 71 % de los casos ocurre en los espacios públicos, «incluso en aquellos que son resguardados por autoridades del orden público». 

En una sociedad machista, hecha para resolver los problemas a golpes, los partidos muestran su músculo cada vez que pueden. A pocos meses de haber sido inaugurado el proceso electoral ya contabilizamos desde riñas tumultuarias, iguales a las que regularmente ocurren fuera de los estadios de fútbol donde todos van contra todos, hasta ejecuciones cometidas por sicarios profesionales. En las primeras, algunos candidatos aprovechan el alboroto para lucir la fuerza de sus fieles correligionarios o lo agresivo y florido de sus insultos y amenazas. En las segundas, nadie reclama la autoría, eso se deja perder en la oscura impunidad, pero el mensaje llega a quien estaba dirigido. Lo que parece silencio es en realidad un claro y explícito grito en sociedades en las que la violencia es una antigua e infalible norma. 

El bicentenario no es un tema relevante en este contexto, ni para la nostalgia, el civismo, la utopía o la reflexión. La población hondureña no conoce su historia, tampoco ha vivido los beneficios de la “independencia”, el respeto a la soberanía territorial o la creación de instituciones que sirvan para darle una vida más digna, la mayoría de la población, el 70%, vive el día a día en el mismo territorio de una clase política que ha sabido convertirse en élite económica gracias a su habilidad de convertir la miseria en capital político. Por ahora, las concentraciones nutridas las tiene el partido que más promete lo inmediato, desde un almuerzo hasta un techo para una casa derribada por alguna tormenta tropical mientras que las manifestaciones ciudadanas tienen muchas demandas pero poco eco. La inminencia de una expresión violenta de la crisis política alargada que vive Honduras opaca incluso la más vacía de las celebraciones de independencia. 

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