Después de las tormentas
Tierra de Resistentes
El cuerpo de la resistencia
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Desde 2015, la comunidad de Valparaíso, en el sur del Caquetá, se ha organizado para defender el agua ante la exploración petrolera. José Antonio Saldarriaga ha sido uno de los líderes de esta resistencia. Encadenados a un puente o haciendo huelga de hambre, los campesinos y organizaciones de la región han logrado frenar el avance extractivista en medio de amenazas y ataques armados, de acuerdo con las denuncias de la comunidad.


Texto: Ángel Unfried

Fotos: Víctor Galeano


Saldarriaga encadenado al agua

Impasible, determinado, Saldarriaga dejó caer el puño sobre la mesa y, con el poder de la última palabra, silenció las voces de los líderes que le rodeaban el 4 de mayo de 2015: “No, no y no. ¿Cómo los vamos a parar? Muy bonito todo eso que ustedes proponen, pero esa gente ya viene para acá y toca frenarlos. Yo les tengo una propuesta y creo que es la definitiva: yo me voy ya mismo a la quebrada, allí me encadeno al puente y cuando lleguen los chinos no los dejamos entrar”.

Los residentes y líderes de las cinco veredas que conforman el núcleo de La Florida, en el municipio de Valparaíso, llevaban horas reunidos en la escuela buscando la manera de detener el ingreso de la petrolera china Emerald Energy, que estaba a punto de empezar la excavación de un pozo estratigráfico en el territorio. Miembros de la comunidad habían propuesto contactar a los medios, buscar apoyo de las ONG, escribir a la Defensoría del Pueblo, no firmar ningún papel, no darles ni un vaso de agua a los ingenieros que pisaran la zona. No, no y no.

Emerald Energy Colombia, filial de la empresa estatal china Sinochem, es la operadora de 8 de los 19 contratos petroleros vigentes adjudicados en el Caquetá (los otros son Ombu, VSM 32, Durillo, Manzano, Ceiba, Capella y Cedrón). El Bloque El Nogal, con un área de 293 394 hectáreas, inició operación en 2013, luego de haber cumplido con los requisitos de certificación de presencia de comunidades étnicas y los trámites en materia ambiental, correspondientes a la fase 0 del contrato con la Agencia Nacional de Hidrocarburos (ANH).

En febrero de 2015 la empresa firmó el otrosí con la ANH para construir el pozo estratigráfico, una perforación exploratoria para recaudar información geofísica y de fluidos presentes en el subsuelo. Tres meses después, se abrían camino hacia La Florida, para empezar el proyecto en el mismo lugar donde la Texas Petroleum Company había abierto un pozo en 1959.

Emerald Energy: esos eran los chinos que venían en camino. Los chinos que la comunidad de Valparaíso no iba a dejar entrar.

Saldarriaga no esperó respuesta. Se levantó de la mesa y recorrió los casi 500 metros que separan la sede de la escuela del puente sobre la quebrada La Cacho. Campesinos, miembros de la junta, lideresas y madres le siguieron el paso. Entre ellos estaban Ximena Lombana, Blanca Barragán, Wilson Báquiro, Juan Chávez y Fermín Caballero, un joven de la vereda que recibió la orden: “Fermín, vaya a la ferretería del pueblo y dígale a Polo que me mande una cadena de cuatro metros y dos candados”.

Después de un murmullo de reparos y temores, las voces comenzaron a sumarse: “Yo también me encadeno, yo también me encadeno, yo también me encadeno”. José Antonio Saldarriaga fue el primero, durante toda esa noche de mayo de 2015. Se sentó sobre un bidón de leche y tendió el peso de la cadena sobre su regazo, apretando los eslabones con sus enormes manos acostumbradas al trabajo de la tierra.

A la mañana siguiente, cuando llegaron hasta el puente las camionetas y la maquinaria de Emerald Energy, él les dijo: “No, no y no. Prohibido. La gente de aquí puede pasar, pero ustedes no”.

Lograron contenerlos. Al menos por ese día. Así comenzaba a escribirse un capítulo de esta lucha desigual que –de acuerdo con los testimonios de José Antonio Saldarriaga, Wilson Báquiro y Gricel Ximena Lombana– ha implicado heridas con arma de fuego, amenazas, estigmatización y desplazamiento forzado para los líderes y residentes de Valparaíso, a lo largo de casi seis años de oposición al proyecto petrolero.

Durante 66 días, en el puente sobre la quebrada La Cacho, hombres y mujeres de La Florida compartieron con Saldarriaga esos eslabones de resistencia, encadenados al agua.

El agua del Caquetá

El Caquetá, en la transición entre la Amazonia y los Andes, es uno de los departamentos con mayor riqueza hídrica en Colombia. “Esta posición de privilegio del Caquetá en cuanto a riqueza hídrica es apenas debatible con la del Chocó por la alta pluviosidad que tiene el Pacífico”, afirma Marlon Peláez Rodríguez –biólogo con posdoctorado en ecología acuática de la Universidad de Sao Paulo y docente investigador de la Universidad de la Amazonia–.

Esta no es solo una verdad estadística registrada en mapas hidrográficos, sino una experiencia ineludible al adentrarse en los 88 965 km2 del tercer departamento más grande del país.

El complejo sistema hídrico comprende 4676 cuerpos de agua –entre cuencas y acuíferos– que se consideran sujetos de ordenamiento y planificación que regulen su gestión y su uso, según la autoridad ambiental Corpoamazonia. Cascadas, sabanas inundables y ríos, como el portentoso Orteguaza, visible desde el cielo minutos antes de aterrizar en Florencia, o el inmenso Apaporis, o el que presta su nombre al departamento y lo recorre de punta a punta, o el Hacha, sereno y frío hasta que la lluvia lo alborota y lo vuelve caprichoso, violento contra sus rocosas estribaciones. También hay riachuelos, chuquías y quebradas, como La Cacho, cuyas aguas tranquilas reflejaron durante 66 días las siluetas de hombres y mujeres encadenados a un puente.

No es solo un tesoro simbólico. Esta agua es utilizada por los caqueteños en actividades agrícolas, de ganadería vacuna y también para consumo humano. Para los caqueteños, nativos o adoptivos, esta riqueza es una conciencia que se expresa con orgullo y que sirve como referencia para ubicar los lugares y los recuerdos.

A lo largo de más de diez años trabajando en proyectos de desarrollo comunitario con los campesinos de la región, Gricel Ximena Lombana ha sido testigo de la forma en la que paisajes definidos por la abundancia del agua han cambiado profundamente en este medio siglo. “Al hablar con ellos sobre cómo era su vereda antes, cómo era el agua, nos dimos cuenta: ¡Juepucha, toda el agua que han perdido! Los relatos que le cuentan a uno los viejos caqueteños hablan de esa delicia, de esa relación tan hermosa que tenían con el agua, abundante y limpia, pero también evidencian el impacto de las políticas de colonización”, afirma Ximena, quien trabajó durante años con la Vicaría del Sur, brazo social de la iglesia católica en la región.

El sur del Caquetá ha sido históricamente una tierra de colonizaciones y bonanzas. Los ríos han sido las principales rutas de ese proceso. El Orteguaza es considerado el río de la colonización caqueteña; a través de su cauce navegable, primordialmente desde el siglo XIX, misioneros, militares y colonos se han abierto camino hacia la selva. Las oleadas económicas extractivas y el conflicto armado han constituido los principales referentes de la relación entre el Estado y la sociedad en el departamento. Karla Díaz, investigadora caqueteña de la ONG Ambiente y Sociedad, se ha adentrado en esta historia de riqueza desigual enmarcada en formas de violencia protagonizadas por el bipartidismo, las guerrillas y los grupos paramilitares.

La revisión del pasado no es obsequiosa y confirma que el presente, signado por el petróleo y la minería ilegal, forma parte de un proceso de explotación violenta de los recursos al que parece estar condenada la región, con episodios tan cruentos como la bonanza cauchera de la Casa Arana y sus vejámenes contra esclavos indígenas a finales del siglo XIX y principios del XX.

“El Caquetá y la Amazonia siguen siendo vistas como ese revés de la nación, esos espacios vacíos, enclaves del progreso, que necesitan ser civilizados, que corresponden a una perspectiva muy colonial. Uno diría: ‘Nooo, ya no estamos en esas’, pero sigue siendo así y sigue existiendo esa ficción de la Amazonia como un territorio de nadie, de donde es posible extraer sin que haya mayores repercusiones. La idea de El Dorado sigue muy vigente y ha orientado todos los procesos de poblamiento y organización, durante las bonanzas del caucho, la quina, las pieles, incluso la política ganadera impulsada en su momento por el Incora también tenía esa perspectiva extractiva –sostiene Karla–. Y ahora el petróleo funciona bajo la misma lógica”.

No es una historia nueva y los caqueteños lo saben. Lo que los reunió en esa escuela de La Florida en 2015 y después los llevó a encadenarse al puente La Cacho fue precisamente la inminente repetición de esa historia. El antecedente inmediato era la exploración sísmica llevada a cabo por la petrolera Pacific Rubiales en el cercano municipio de San José del Fragua y en el Bloque Ombú, en San Vicente del Caguán, por parte de la misma Emerald Energy desde 2009.

De acuerdo con el artículo Contrademocracia vs. extractivismo: la movilización popular por la defensa del territorio en el sur del Caquetá, escrito por la misma Karla Díaz, junto con Andrés Agudelo, en San José la exploración produjo hundimiento de terrenos, agrietamiento de construcciones y absorción de humedales y pozos piscícolas, impactos que mostraron la poca capacidad de las entidades públicas de hacer seguimiento y control de la actividad.

Según Karla Díaz y miembros de organizaciones como la Comisión por la vida del agua, gracias a la presión ciudadana empezó una instancia de diálogo entre las partes, hubo rechazo al uso de la fuerza pública y los ataques a la población campesina. La atención mediática también ayudó a presionar para que se revisara la conveniencia o no de proyectos minero-energéticos en el Caquetá y se solicitara la moratoria del Bloque El Nogal.

Los ecosistemas del departamento están tan amenazados por la dinámica minera y petrolera como por la deforestación. Especies nativas como el mico bonito del Caquetá, Plecturocebus caquetensis, descrito como especie hace apenas once años y catalogado ‘en situación crítica’ (la más grave) por el libro rojo de especies de la conservacionista Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), forman parte de esa fauna en riesgo de extinción debido al impacto ambiental de actividades económicas.

Lo mismo ocurre con el agua de la región. Según Marlon Peláez, “muchos de los ecosistemas acuáticos del Caquetá presentan señales de perturbación, lo cual algunas veces no resulta evidente o señal de preocupación por parte de las autoridades debido a la abundancia del recurso hídrico que poseemos. Pero, de continuar así, otros cuerpos de agua pueden verse gravemente deteriorados, como ya ocurre en las quebradas La Sardina y Perdiz, en el casco urbano de Florencia”.

La necesidad de defender ese recurso hídrico caqueteño, la urgencia de romper esa cadena de violentas bonanzas extractivistas y el sueño de recuperar esos relatos de abundancia llevó a la comunidad de Valparaíso y a la Vicaría del Sur del Caquetá a crear la Comisión por la Vida del Agua en 2012, un colectivo que integra a las comunidades de Morelia, Albania, San José de Fragua, Belén de los Andaquíes, Curillo y Valparaíso para enfrentar la arremetida extractivista, y fue también el impulso que levantó a Saldarriaga de su silla para decir “No, no y no”.

El nacimiento de la resistencia

“Cuando realmente me mataron, cuando me dejaron sin ganas de nada, fue cuando le pegaron ese bombazo a Juan Chávez. Ese fue el día más duro en el puente. El Esmad llegó a las 7:30 de la mañana, iban a capturarme. Yo estaba encadenado y mis compañeros fueron hasta el puente a decirme: va la fuerza pública para allá, pilas, y les respondí: yo los espero acá. Yo tenía la convicción de que si estaba encadenado, inerme, peleando por un bien común, no me podían hacer nada, era una confianza infantil. Los compañeros no me dejaron quedarme en el puente, me llevaron a una casa y hasta allá fue a meterse la Policía. Los pararon en la puerta: aquí nos respetan la propiedad privada. Cuando se formó la pelea yo ya no me aguanté seguir escondido, me salí: yo voy a hacerme matar. La fecha de lo de Juan fue el 29 de junio de 2015. Lo de Wilson fue al año siguiente, el 16 de agosto de 2016”.

Saldarriaga recuerda esas fechas con la precisión incorruptible que sella los momentos marcados por la vida o por la muerte. Los líderes de Valparaíso habían vivido 66 días de resistencia pacífica, hasta el 30 de junio de 2015, cuando la fuerza pública arremetió contra los pobladores.

De acuerdo con la investigación de Karla Díaz, la fuerza pública había hecho varias visitas a la zona instando a los campesinos a abandonar el puente La Cacho. El resultado, según recuerda José Antonio Saldarriaga, fue el desalojo por parte del Escuadrón Móvil Antidisturbios (Esmad) entre el 29 y el 30 de junio. Diez personas resultaron heridas, tres de ellas de gravedad. Juan Chávez fue uno de ellos.

Un explosivo le estalló en la cara.

Saldarriaga lo conserva en la memoria como si hubiera sido ayer y lo narra con la impasible dureza que ha acumulado tras la persecución, las amenazas, denuncias y el desplazamiento forzado en el que aún vive. “Cuando llegó el Esmad, la gente los recibió cantando el himno nacional y les dijeron que estaban cuidando el territorio. Los del Esmad dijeron: dennos permiso que solo vamos a pasar, pero de una vez se mandaron a darle garrote al señor Narciso Zambrano, iban a tirarlo al agua y ahí comenzó todo, ese fue el detonante. La gente comenzó a tirar garrote, piedra. Lo de la granada fue tipo 12:30, 1:00 de la tarde. El enfrentamiento se había desplazado de la carretera al potrero. Juan llegó y dijo: atajemos estos que vienen por allí, se les acercó un poco, puso esa escopeta y se cayó del caballo, lo agarraron a pata en el suelo, le dieron garrote, cogieron esos escudos entre todos y rescataron a Juan, tenía la cabeza estallada, todos pensamos que se iba a morir. Juan no puede hacer trabajo duro y es campesino, cuando se asolea le agarra mucho dolor de cabeza. Pero bueno, es un milagro que esté vivo. Solo le quedaron las cicatrices visibles en la cara y el ojo caído, arrugado”.

La noticia pululó en los medios locales y las imágenes de la violenta arremetida del Esmad, captadas en video por la cámara de Jesús Anderson García, llegaron a canales de televisión nacional, como Canal Capital. “Hubo 13 heridos, cuatro de gravedad. No se metió la Defensoría del Pueblo ni hubo intervención de defensores de derechos humanos, nada”, recuerda Saldarriaga.

Wilson: la piel de la resistencia

“Yo recuerdo esos días por una parte muy bonita, porque de verdad que con la resistencia que tuvimos en este puente nosotros nos integramos mucho, muchos amigos. Pero también fue un momento difícil por lo que me pasó a mí: el 16 de agosto de 2016 fui herido por arma de fuego en la espalda: el Ejército Nacional me disparó”, recuerda Wilson.

Los hechos ocurrieron durante una movilización campesina en la vereda Lusitania, como parte de las acciones de la comunidad contra la llegada de Emerald Energy y la exploración del Bloque El Nogal. La protesta transcurría pacíficamente hasta que una discusión entre soldados y algunos manifestantes desencadenó una reacción violenta por parte de los militares. Hubo disparos: tres heridos, el de mayor gravedad fue Wilson Báquiro, campesino de Valparaíso de 46 años. La bala le perforó el colon. Hasta hoy, el proyectil continúa dentro de su cuerpo y la cicatriz sobre su piel.

“Nosotros estábamos reclamando nuestros derechos muy respetuosamente, que no queremos que aquí en nuestra región se nos acabe lo más precioso que es el agua. Nuestra vida es el agua y sabemos que donde están estas empresas siempre se acaba y se contamina. Nosotros exigíamos que se fueran, que respetaran nuestra agua. Y en ese momento fue cuando ellos reaccionaron brutalmente y me dispararon”.

Tras el ataque de la fuerza pública, Wilson presentó la denuncia ante la Fiscalía. Han pasado cuatro años y no ha recibido respuesta. Sus fuerzas están diezmadas. Después de tres cirugías, la recuperación no es total y su capacidad de llevar a cabo diariamente el trabajo del campo le resulta aún más compleja por el dolor de la herida que aún persiste.

 “En el momento del tiro, yo sentí así como un golpe caliente, pero lo que más duele es que sea la fuerza pública la que te está atacando. Si la fuerza es pública, ellos están es para defender al campesino, ¿entonces por qué tenían que hacer eso conmigo? ¿Por qué tiene que pasar esto? ¿En qué país estamos? ¿En qué país vivimos?”.

Un año antes de estos hechos violentos, el 4 de mayo de 2015, Wilson había sido uno de los primeros en pedir un turno de la pesada cadena, para tomar el lugar de Saldarriaga en el puente sobre las aguas de la quebrada La Cacho. La resistencia en el puente y el ataque del Esmad son para él dos caras de la misma historia, capítulos agrios y dulces de una lucha en la que se gana y se pierde: las secuelas físicas siguen habitando su cuerpo, pero el objetivo de ese sacrificio por lo pronto está cumplido y la exploración del Bloque Norte continúa interrumpida.

Los ataques a Wilson y Juan Chávez y las amenazas a Saldarriaga forman parte de una larga lista de vulneraciones a los derechos humanos de líderes y residentes de Valparaíso, dedicados a la defensa del agua. De acuerdo con el informe de la Comisión por la Vida del Agua del Sur del Caquetá, titulado Más agua, más vida. Caquetá es Amazonia: “En los hechos de 2015 y 2016 hubo 22 heridos (4 de gravedad), más de 20 personas golpeadas, 10 detenidos de forma ilegal (posteriormente liberados). Daño a bienes. Estigmatización y persecución a líderes que velan por la vocación ancestral de la Amazonia caqueteña y se oponen a proyectos minero-energéticos”.

El informe fue editado como libro por la Vicaría del Sur, que forma parte de la Diócesis de Florencia. La encargada de la compilación y redacción del documento con comunidades indígenas fue Gricel Ximena Lombana.

Ximena: la voz de la resistencia

Gricel Ximena Lombana nació a orillas de otras aguas, muy alejadas de la generosa pureza de los ríos del Caquetá.

Nacida y criada en Bogotá, en el barrio Venecia, al lado de la avenida Primero de Mayo, se mudó muy joven a la calle 80 con 68, junto al caño Reina. “Ustedes ya conocen los ríos que quedan cerca de mi barrio: están negros, contaminados, llenos de basura. Si queríamos ir a un río limpio, nos tocaba salir a los pueblitos cerca de Bogotá”, recuerda Ximena. Es apenas el inicio de una entrevista prevista para 45 minutos, pero que acabó extendiéndose a lo largo de 3 horas.

“Poquitas cosas me hacen callar”, dice Ximena. Sabe para qué tiene la voz y la usa: sin lograr controlar el torrente de sus palabras, habla por ella y por las gentes del sur de Caquetá. En sus manos –su lengua afilada– ha quedado la responsabilidad de llevar el mensaje, de reclamar frontalmente ante los abusos, de denunciar las amenazas a los cuatro vientos, como si fuese un altavoz humano.

Junto a Saldarriaga, aquella tarde del 4 de mayo de 2015, Ximena recorrió los 600 pasos que separan la escuela La Florida del puente sobre el río La Cacho. Como parte del equipo de la Vicaría del Sur, ella había sido parte de procesos de formación y gestión con los campesinos de la zona y era una de las voces más resonantes de la Comisión por la Vida del Agua.

Heredera de las enseñanzas y el liderazgo de la hermana Clara Lucía Loaiza y del padre Arnulfo Trujillo en la Vicaría del Sur, Ximena se comprometió con la preservación de los recursos del sur del Caquetá y siguió de cerca la incursión de Emerald Energy en la región desde sus inicios en 2009. También había sido testigo de primera mano de la manera en la cual la relación de la petrolera con la comunidad, con la tierra y, en especial, con el agua del departamento había dado una serie de giros en detrimento de los intereses de la población y del medio ambiente.

“Al principio, ellos llegaron con una actitud conciliadora, amistosa, a acercarse a la comunidad y a cumplir de manera aparentemente comprometida con los estándares de cuidado ambiental que exigía un proyecto como este”. La cosa fue cambiando rápida y drásticamente. El discurso conciliador comenzó a desmoronarse. “En un punto, ellos hablaban de ‘negociar’. ¿Cuál negociación, si aquí no hay nada que negociar? El agua no se negocia, ¡el agua tiene valor, pero no tiene precio!”. El intento de diálogo no prosperó, solo acabó fracturando la relación entre los habitantes de La Florida y los de la vereda La Curvinata, quienes sí accedieron a la propuesta de Emerald Energy y estaban dispuestos a vender sus tierras.

“Después de esa fase de conversaciones en la que hicieron un esfuerzo por parecer amigos de la comunidad, ellos comenzaron a pelar la cara: pasaron de la negociación y el diálogo a la manipulación y la mentira. Después vino el chantaje, la amenaza y la violencia”.

Respecto a ese cambio de estrategia de la petrolera desde comienzos de 2015, todas las fuentes consultadas coinciden en mencionar a una persona que empezó a llevar a cabo una tarea muy específica: sembrar miedo y desinformación en la comunidad. “A esa persona la apodaban Peligro, con eso le digo todo. Él empezó a hacer un trabajo de visiteo en Valparaíso, en el núcleo de La Florida, casa por casa”, recuerda Ximena.

El discurso que se diseminó entre la población hablaba por un lado de los beneficios económicos que obtendrían si dejaban entrar a la petrolera y, cuando la respuesta era negativa, el argumento giraba hacia la inminente expropiación, hacia la promesa trágica de que iban a militarizar el territorio y que iban a acabar perdiéndolo todo. La conclusión, sienten ellos que les querían hacer creer, era que les resultaba mejor entregar la tierra por las buenas a esperar a que todo se pusiera peor y que, de todos modos, los sacaran por las malas. El discurso fue calando, en especial entre los pobladores de La Curvinata. El miedo se esparció y el peligro dejó de ser el nombre de una sola persona.

Ante el riesgo inminente, Ximena fue una de las responsables de convocar a los medios y a la sociedad civil para generar una suerte de escudo de opinión en torno a la comunidad de Valparaíso y sus líderes. Su labor preventiva permitió contar con la presencia de la Defensoría, la Personería y medios de comunicación desde los primeros días de la protesta pacífica liderada por Saldarriaga en el puente sobre la quebrada La Cacho. Esa línea de contención garantizó provisionalmente la seguridad de los manifestantes y facilitó la organización de un espacio formal de diálogo entre las partes, mediado por el personero de ese momento. La reunión fue convocada para el 6 de mayo de 2015.

Ximena no puede olvidar esa fecha.

Por un lado, ese día representaba el logro de haber escalado un proceso de organización veredal hasta convertirlo en un asunto de carácter departamental que despertaba el interés de la opinión pública nacional. Por el otro, el lado oscuro, estuvo la amenaza directa y pública contra su vida.

“En esa reunión del 6 de mayo, José Antonio Saldarriaga y yo fuimos amenazados por Luis Miguel Angarita, el gerente de asuntos corporativos de seguridad y de comunidades de Emerald Energy. Tenía ese cargo con un nombre rimbombante y contradictorio. Asuntos corporativos… seguridad… comunidades… A la entrada de la Alcaldía de Valparaíso, ese señor nos abordó y nos dijo delante de todo el mundo: ‘Cuídense, dejen de instigar a las comunidades a hacer cosas ilegales porque les puede ir mal’, y desde ahí empezó una persecución contra José Antonio Saldarriaga que hasta la fecha no ha parado y de la cual yo he sido testigo”.

Intentamos sin éxito reunirnos con Emerald Energy para escuchar su visión sobre las amenazas que involucran a uno de sus antiguos funcionarios y para entender el estado actual de su proyecto en el Bloque El Nogal. Ni los dos mails enviados el 5 y el 9 de marzo al correo electrónico de la empresa ni las quince llamadas telefónicas efectuadas entre el 5 y el 24 de marzo recibieron respuesta. De hecho, su página web www.emeraldenergy.com aparece caída y el número listado para la empresa desemboca en la misma respuesta por parte de la operadora: “I’m sorry. Ha ocurrido un error”.

En ese momento, en medio de la población valparisense, Saldarriaga, de nuevo, dio un puño sobre la mesa y desafió a Angarita: “Hagamos una cosa: organicemos una asamblea municipal. Si la comunidad de Valparaíso dice no al proyecto, ustedes se van del territorio, pero si la comunidad dice sí, entonces nosotros levantamos la cadena, nos quitamos del puente y ustedes pueden hacer lo que quieran”, propuso. A la semana siguiente, el 11 de mayo, con el Polideportivo La Estrella totalmente lleno, Valparaíso en pleno le dijo no a la empresa. Luis Miguel Angarita no estaba ahí. Ximena sí.

Aunque creció cerca a otros cuerpos de agua, contaminados, fríos, Ximena se convirtió en defensora de la tierra y del agua de la Amazonia desde que volvió a nacer caqueteña, rebautizada en las aguas del río Hacha.

En 2004, cuando llegó por primera vez al Caquetá, esta era lo que se llamaba una zona roja, sometida a la violencia. Desde Bogotá, Ximena solo conocía lo que salía en las noticias: esa versión de tomas guerrilleras, violencia paramilitar y la silla vacía que le dejaron las ya desaparecidas FARC al entonces presidente Andrés Pastrana durante la fallida negociación de paz en San Vicente del Caguán en 1999.

“Apenas me bajé del avión todo cambió: a un lado estaba la cordillera, al otro lado la llanura, por todos lados ese montón de agua… y el olor, no olvido esa sensación de oler por primera vez el Caquetá. Luego me llevaron de paseo al río Hacha y ese río cristalino es el culpable de que yo me quedara aquí. Metida en esa agua verde, nadando, pensé: yo qué me voy a regresar a Bogotá, me voy a dar esta oportunidad de trabajar en el Caquetá. En ese río, mis amigos me bautizaron como caqueteña y aquí me quedé. El agua nos ha guiado con su perseverancia, gota a gota. Pero, también como el agua, cuando hay que ser impetuosos, nos vamos con todo. Ya son seis años de resistencia y no han podido con nosotros”.

Saldarriaga: el estómago de la resistencia

Florencia, los vecinos le gritan “Ole, Polo”, y Saldarriaga responde, sonriendo con el puño en alto, “Polo hasta la muerte”.

Saldarriaga no es solo un campesino comprometido que despertó en el liderazgo al momento de tener que plantarse ante la entrada de las máquinas de Emerald Energy. Su lugar activo en la comunidad y su conocimiento de primera mano de la situación del territorio y de los intereses en torno al mismo se remiten a una formación política desde el sindicalismo, el MOIR y el Polo Democrático Alternativo, el Polo al cual se consagra hasta la muerte.

“Mi accionar ha sido el trabajo de la finca y la acción comunal. Siempre, desde hace como 38 años, yo soy líder comunal y ahora soy presidente de la Asociación de Juntas del municipio. El movimiento al que yo pertenezco políticamente nos ha dado muchísima claridad sobre lo que es el extractivismo y las desgracias que causan las multinacionales, que jamás terminan en bienestar sino en problemas para la comunidad. Si algo me ha caracterizado es que la gente que más me conoce es la que más confía en mí”, afirma Saldarriaga.

El valor con el que ha enfrentado el encadenamiento, el Esmad y la huelga de hambre, la serenidad dura con la cual hace el recuento de su resistencia y la fecha cada vez más lejana de las últimas amenazas que ha recibido podrían causar la impresión de que la sangre negra e indígena de José Antonio Saldarriaga es imbatible, que el peligro ya pasó para él o que siempre ha estado por encima del miedo. No es así.

Una manera de convertir el miedo en valentía casi temeraria lo acompaña desde la primera noche en que estuvo encadenado al puente La Cacho. “Por la noche escuché un ruido y dije: la guerrilla nos viene a matar porque no cumplimos la orden de reunirnos con ellos. Pero no, seguro eran pájaros o el mico bonito del Caquetá, que a veces llegaba hasta ahí para jugar con nosotros. Llovió muy fuerte, amanecimos como pollos emparamados, fue una noche de mucha incertidumbre, demasiada. Yo sentía como que el pelo se me erizaba, como que me corría algo bajo la piel, como un vacío en el estómago. Allí, con la cadena entre las manos, tuve mucho miedo, pero nunca me sentí solo porque estaba acompañado por la comunidad”, recuerda.

Un par de semanas después, Saldarriaga afrontó con la misma determinación el momento en el que Luis Miguel Angarita de Emerald Energy los amenazó  públicamente a él y a Ximena Lombana –de acuerdo con sus denuncias y testimonios–. “Él nos dijo que nos cuidáramos, que no sabíamos en qué terreno estábamos pisando. Entonces yo lo encaré, le dije que él no tenía por qué estar azarando a la gente de Valparaíso que estaba en contra de la empresa. Ahí comenzó el calvario de mi seguridad. Y así ha sido todos estos años: cuando no es una cosa, es la otra o la otra”.

Tan pronto ocurrieron los hechos, Saldarriaga denunció a Angarita ante la Defensoría del Pueblo. “La Fiscalía también tiene constancia de esa amenaza, incluso un año después, cuando yo estaba en huelga de hambre, una muchacha de la administración de Valparaíso me dijo ‘Cuídese que lo van a fregar, lo van a encarcelar’. Al ratito me llegó un policía judicial y me dijo que necesitaba verme al término del instante y yo le respondí ‘Señor, yo estoy en huelga de hambre, yo no me voy a mover de aquí’. Entonces me dijo que bueno, que me fuera mejor para Belén de los Andaquíes, que allá estaba mi proceso”.

Tras vueltas y giros, tras hablar con tres fiscales distintos en Valparaíso y en Belén, al fin entendió que era el momento de ratificar la denuncia contra Angarita pero que lo que querían pedirle era que se retractara y retirara la demanda. “Llegué donde el fiscal y le dije  ‘Doctor, yo soy fulano de tal y vengo a ver qué proceso tengo abierto aquí en la Fiscalía’. Me dijo: ‘Ah, sí, hay un proceso aquí, pero como usted es un tipo tan malo que no lo quiere nadie, entonces usted verá si colabora’. Yo le respondí: ‘¿Que qué, fiscal? Yo no soy un delincuente, necesito es que aclaremos lo que sea. Yo estoy dispuesto a pagar cárcel si he cometido algún delito, pero arreglemos lo que es esto de una vez’. Entonces me dijo con una sonrisa: ‘No, simplemente es para ver si ratifica la denuncia que tiene en contra del señor Luis Miguel Angarita’, y le dije: ‘Claro que sí la voy a ratificar, claro. Ni más faltaba’. Hicimos el proceso de ratificación, pero ha pasado el tiempo y nada de nada”.

La negligencia y la persecución judicial continuaron, como dos versiones de una justicia parcializada. Una semana después recibió una citación del mismo fiscal para que respondiera por los cargos de injuria y calumnia. Según el fiscal, él estaba acusando falsamente a Luis Miguel Angarita de haberlo amenazado. “Nos presentamos a la audiencia. Eso fue a mediados del 2017. Aunque yo no tenía necesidad de llevar un abogado, un abogado fue conmigo. Angarita sí llevó abogado, a nosotros nos quitaron los celulares y a ellos sí les dejaron tenerlos. Mi abogado de una vez dijo: ‘Un momento, esta es una pelea de burro y jinete, ¿cómo así que a nosotros al entrar nos quitan los celulares y este señor entra chateando y hablando por teléfono?’. Así era todo”, recuerda Saldarriaga, impasible.

Estos mecanismos de manipulación del sistema corresponden a una forma de violencia pasiva tan o más peligrosa que un ataque directo, pues transcurre en las fronteras de la invisibilidad y neutraliza a la víctima al no otorgarle acceso a los recursos de administración de justicia, a la protección estatal o a las instancias mediáticas con las que podría contar al haber recibido una agresión física. De acuerdo con el análisis de la investigadora Karla Díaz, “Las formas en que buscaron acallar a las comunidades, no solo por medio de amenaza directa sino por un montón de artimañas institucionales, les imposibilitan participar en espacios de toma de decisiones. Todas esas alianzas que existen entre las multinacionales y las autoridades públicas constituyen la negación de la voz del otro. Vivimos en medio de una paz violenta. Para personas como José Antonio hay cierta tranquilidad, se supone, y las amenazas de exterminio físico van cediendo, pero el temor es latente. Yo creo que no hay líder social en el país que cuando se enfrenta a una empresa petrolera no tenga temor, porque así es la dinámica petrolera: se sabe que hay una posibilidad de que haya una repercusión violenta”.

Casi un año después de la denuncia, en 2018, la situación no mejoraba. Según Saldarriaga, las agresiones policiales, del Ejército y de Emerald Energy continuaron. Fue entonces cuando convocó una reunión con el Concejo Municipal, donde anunció que empezaría una huelga de hambre para protestar ante la situación. No esperaba la aprobación de nadie. Solo quería pedirles que gestionaran vigilancia policial en caso de que, en medio del hambre, cayera desmayado o dormido y alguien pudiera atacarlo.

La huelga de hambre se llevó a cabo en el Polideportivo La Estrella durante cinco días, hasta que José Antonio Saldarriaga cumplió el objetivo de visibilizar la amenaza extractivista llamando la atención de los medios a nivel nacional. En el polideportivo lo acompañaron miles de campesinos de los municipios de Solita, Solano, Milán, Belén, Albania y Florencia. Estaban ahí, junto a él, como un gesto de agradecimiento y solidaridad por su liderazgo y por su esfuerzo para proteger de intereses externos el agua y el territorio del sur del Caquetá.

Hace cuatro años, Saldarriaga se mudó al barrio Andes, de Florencia. En esa casa, a finales de 2017, un vecino le contó muy preocupado que lo habían estado buscando, un comerciante, y que le habían dejado un paquete para que lo entregara a un taxista, le habían dejado incluso los 3000 pesos del envío al municipio de Solano. Al día siguiente llegó el grupo Gaula, del Ejército, a preguntar si “un señor Saldarriaga” había dejado un paquete. “¿Usted sabe qué hay en ese paquete? Es una extorsión de las Águilas Negras a la familia Gutiérrez, una familia adinerada de Solano”.

Al enterarse de la situación y de que el montaje lo involucraba a él y a dos de sus hijos, Norbey y Cristóbal, Saldarriaga contactó al coronel Alberto Bustos, el comandante del Batallón de Florencia, amigo suyo. El coronel contactó a los demás comandantes, les presentó personalmente a Saldarriaga y dejó en claro que no tenía nada que ver con Águilas Negras. También habló con la Procuraduría para aclarar que todo era un montaje para abrirle un caso como criminal a él y a su hijo, mecanismo similar al que ha rodeado algunos de los casos de los mal llamados falsos positivos: ejecuciones extrajudiciales cometidas por agentes del Estado y enmarcadas en la criminalización de la víctima.

“Ese momento es lo más serio que yo he tenido como riesgo de muerte. Yo espero que me mate la guerrilla, que me maten los paramilitares o que me mate la delincuencia común, pero no los señores encargados del orden público. No”.

Sin dejar de sentir miedo y sin detenerse, desde la capital del departamento Saldarriaga sigue siendo un líder comunal, pero sus labores diarias del campo transcurren en una pequeña parcela en la vereda Venecia –sí, igual que el barrio Venecia de la infancia de Ximena e igual que esa otra ciudad que, en Italia, todo lo debe a sus aguas–, a una hora de Florencia en moto.

“Yo quisiera poder vivir en Valparaíso. Es muy maluco poder volver a la casa de uno, pero solo de visita. Me toca llegar siempre acompañado por dos o tres personas del pueblo, y siempre de improviso, pero qué se le va a hacer, si así están las cosas. Aunque yo no he vuelto a recibir amenazas desde 2018, sí siento mucha incertidumbre, y más con el gobierno que tenemos y viendo cómo todo el tiempo desplazan, desaparecen y matan amigos líderes de todo el departamento”.

Vive aquí y trabaja allá. Aunque las amenazas han atenuado, él solo se atreve a volver a Valparaíso en visitas cortas, repentinas, acompañado y nunca de noche. La parcela en la que trabaja a diario en Venecia tiene gallinas, perros, un criadero de peces y unos pocos marranos en una hectárea y media de extensión. La tierra a la que teme volver en Valparaíso, en la que vivió 45 años y que tuvo que abandonar por las presiones con las que le han pagado su lucha por el agua, abarca 130 hectáreas ahora desoladas.

A pocos metros de esa tierra está el puente sobre la quebrada La Cacho, un bloque de concreto de unos pocos metros cuadrados que contiene la historia de todo un territorio, un monumento silencioso a la lucha de un pueblo que lo rebautizó como símbolo de su esfuerzo: “Puente de la resistencia”.

Blanca: los oídos de la resistencia

En un rinconcito junto a la ventana, frente al fogón, en la cocina de la casa verde de Blanca Barragán y Simeón Cortés, justo ahí, ni un centímetro más allá, está el único punto en el cual los teléfonos celulares tienen señal en kilómetros a la redonda.

La casa de Blanca está ubicada en una loma pronunciada de la vereda La Florida, a solo 400 metros del ahora llamado Puente de la Resistencia. A lo largo de los 66 días durante los cuales Saldarriaga, Wilson, Juan, Fermín y muchos más se encadenaron al puente sobre la quebrada La Cacho, la ubicación estratégica y la posibilidad de comunicarse por teléfono con los compañeros de lucha en Valparaíso y Florencia convirtieron esta casa en una suerte de centro de operación y estación de telecomunicaciones de la resistencia.

“Telecom. Esto aquí era como Telecom”, dice Blanca con su ruidosa risa.

En un evento de mujeres lideresas, Ximena Lombana presentó a Regina Soto y a Blanca Barragán como piezas clave de este proceso: la primera al frente del fogón que alimentaba a toda la resistencia; la segunda, Blanca, como “nuestra operadora de comunicaciones”.

“Usted por qué me hace eso, Ximenita”. Ximena lo hacía como forma de reconocer su lucha, de darle su lugar, pero el efecto no fue el esperado: “Ella sintió comprometida su seguridad”, recuerda Ximena. “Para mí fue un aprendizaje como acompañante del proceso, porque a veces por darles protagonismo, lo que uno acaba haciendo realmente es causarles miedo a los y las líderes. Ella quería seguir con su liderazgo de bajo perfil y yo quería que se lo reconocieran”.

“Allí donde usted está parado es donde uno se pone para coger señal”, dice Blanca mientras me señala con la boca un canasto en el que están guardados varios celulares. Habla fuerte. Ríe. Está furiosa porque no le avisamos con más anticipación y solo tenía un pescado para cada uno de nosotros. No sabemos si realmente está molesta, pero ríe con sorna. Se burla de nosotros, como siempre se ha burlado de visitantes esperados o indeseados, como también se ha burlado de la tristeza y del miedo. “Ustedes vinieron y aquí no hay es nada. Pero peor los que vinieron y trajeron de todo”.

Se refiere a los hombres armados que llegaron a su casa hace cinco años, cargados con un montón de carne y le exigieron, muy amablemente, que se las preparara. “Ellos llegaron con su remesa y sus kilos de carne, y me dijeron ‘madrecita, ¿nos va a hacer el favor de fritarnos esta carne?’. Y yo con ese miedo, pero no podía decirles que no. Y uno de esos se puso a hablar con mi hijo y a decirle un montón de barbaridades al muchacho. Ahí fue cuando metí las manos en el aceite hirviendo y ni me di cuenta de que me estaba quemando. Yo temblaba, y otro de esos me preguntó si tenía miedo, que de qué tenía miedo, y yo no sé de dónde saqué fuerzas para decirle que sí, que cómo no iba a tener miedo sabiendo todo lo que ellos le hacen a la gente, todo lo que sale en las noticias”.

“¿Acaso de qué quiere que le hable? Pues de ese tiempo, de los sufrimientos que vivimos cuando empezó la resistencia. Eso se hablaba por todos lados y nosotros lo escuchábamos todo: que ya viene la petrolera, que se van a quedar con todo, y comenzaron a venir a las casas, a las fincas. Nosotros estábamos informados, a nosotros sí nos ayudó mucho la Vicaría. El peor día fue cuando casi nos matan a Wilson. Que vino el Esmad ese, el Ejército, a repartir bolillo a todos los muchachos. Ellos se turnaban para encadenarse, pero el papel mío estaba era aquí en la ventana cogiendo las llamadas y corriendo al puente a darles las razones a ellos. Una lucha muy linda. Seguimos con el pensamiento de que estamos ganando. Si estamos luchando por la defensa de la vida del agua, los nacederos del agua, que es lo que tenemos que cuidar y proteger, entonces vamos ganando”.

En ese horizonte verde, que rodea la casa también verde de Blanca, cae un atardecer inmenso –sí, el cielo acá parece más grande, quizá por la cantidad de agua que le corresponde reflejar–. Sobre ese mismo horizonte corrieron los manifestantes en medio de las balas de goma, los amenazantes escudos y las ensordecedoras explosiones del Esmad.

“¿Que qué son para mí los oídos? Pues todo. Son todo. Yo escuchaba las llamadas, que manden una ambulancia, y luego escuchaba la sirena de la ambulancia que iba llegando, y llamaban otra vez: que allá va la fuerza pública, ojo. Y también escuchaba los lamentos, gritos de los vecinos de la vereda, y a veces lo que oía era tan horrible que no quería ni mirar. Cerraba los ojos, pero una no puede cerrar los oídos”.

Anderson: los ojos de la resistencia

Las imágenes del Esmad atacando a los campesinos en un área comprendida entre el puente y la casa de Blanca pronto invadieron las redes sociales y fueron emitidas por medios nacionales y de todo el mundo. Esas tomas fueron captadas por la cámara de Jesús Anderson García.

“Todo eso está en el Facebook. Hay un video que se llama La vida es de los arriesgados, de dos muchachas bogotanas. Hay otro video que no se conoce mucho: Que no muera ella, ese es de un muchacho local que se llama Jesús Anderson García. Él es el director de un festival de cine que se llama Mambe y un chico muy comprometido con la causa. Muchas de las imágenes de la resistencia son suyas”, afirma Ximena.

El chico local es enorme. Un hombre de espalda ancha y collares al cuello; ingeniero ambiental y narrador visual; un cacique inmenso con un jaguar bordado sobre la camisa a la altura del pecho. Lleva a cuestas un morral con su cámara y junto a ella una guitarra acústica con la que compone canciones dedicadas al río, a los indígenas embera chamí que han sido desplazados hacia esta región por el conflicto armado, a las aves, al agua y al mismo José Antonio Saldarriaga.

“La primera imagen que yo vi de Saldarriaga encadenado la tomó Ximena con su celular, una imagen que se viralizó rápidamente en Facebook y en grupos de WhatsApp”, recuerda Anderson. “Después de esa imagen fue como si algo se abriera, me empezó a llegar más y más información de líderes, de organizaciones, me empezó a llegar de todo. Al ver lo que estaba defendiendo, decidí ponerme las botas y me prendí; primero me prendí yo y luego prendí la moto”.

El Puente de la Resistencia es casi invisible, apenas una placa de concreto completamente cubierta por el barro y la maleza. Uno puede pasar por ahí rápidamente, atravesar la historia entera de una región sin siquiera darse cuenta. Antes de llegar a ese punto de la carretera destapada a bordo de su moto, Anderson se enfrentó a un par de tramos pantanosos. En uno de ellos, encalló.

“No era un bloqueo. La resistencia nunca bloqueó el puente ni la vía. La gente que necesitaba podía pasar sin problema. Lo único que se obstaculizaba eran los carros y maquinaria de la empresa que iba a construir el pozo. Los mismos funcionarios podían ir a su campamento que estaban haciendo allá abajo. Pero la maquinaria no”, afirma Anderson. En su caso, no lo detuvieron ningunas cadenas sino el estado de una carretera afectada por la poderosa humedad de una región que vive del agua y por el abandono de un Estado que ignora a la periferia. La superficie sin pavimentar estaba hecha un pantano.

Después de mucho intentarlo, desistió. Ya estaba a punto de subir corriendo el kilómetro y medio que le faltaba para llegar hasta el puente cuando aparecieron varias camionetas de vidrios polarizados, encabezadas por una patrulla de la Policía Nacional. No fue por un gesto de generosidad o por el simple cumplimiento de su compromiso con los ciudadanos por lo que le ayudaron, sino simplemente porque la moto estaba obstruyendo la vía. Varios policías se bajaron de la patrulla a levantar la moto junto a Anderson, la subieron al platón del carro y llevaron a Anderson con ellos.

La camioneta solo se detuvo al llegar al puente que queda sobre la quebrada La Cacho. El comandante bajó rápidamente y arremetió a gritos contra la comunidad que resistía pacíficamente.

“Me desocupan esta vaina de inmediato. Se me quitan de aquí ya, que nada de esto es suyo. Se me quitan ya de aq…”.

Anderson abrió el morral, sacó la cámara y apuntó hacia el comandante ante los ojos impávidos de los policías que parecían querer arrancarse la piel, con caras de espanto, con una mueca que denotaba el pensamiento que seguramente corrió por su cabeza. “Mierda, le ayudamos a subir al enemigo”.

Tan pronto el comandante advirtió que ese ojo omnisciente lo miraba como una ventana abierta al mundo, el tono pasó de la arenga violenta a la solicitud cívica.

“Ciudadanos, por favor colaboren. Este proyecto de la Emerald es para el bien de todos, para el progreso del Caquetá. La empresa tiene todos los permisos para hacer su trabajo. Por favor, colaboren”.

En la camioneta blindada al otro lado de los vidrios polarizados estaba el personal de la petrolera Emerald Energy. Quizá chinos o colombianos, quizá gerentes de seguridad y comunidades. Una ventana cerrada separaba las miradas de dos mitades del mundo. Allí estaban Ximena y Wilson y Juan y Blanca y Simeón y Fermín y Saldarriaga. Los ojos de Anderson y el lente de la cámara de Anderson tienen el poder de volver sobre un puente invisible los ojos del mundo.

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