Un buen patio trasero, mientras despertamos
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La relación de Centroamérica y Estados Unidos sigue siento un punto clave para entender la política de la región y las relaciones de poder. Soberanía es un término que aparece con recurrencia en las redes sociales, y detrás de su concepto se ocultan retos grandes para la ciudadanía.


Guatemala se prepara para celebrar su bicentenario, fiesta por la que deberíamos sentir más vergüenza que orgullo. Doscientos años de una independencia de fachada que solo le cambió matiz al poder, pero que en esencia lo mantuvo en las mismas manos, hasta hoy.

Quienes de alguna manera aún tenemos en este pedacito de tierra un dejo de esperanza, estamos claros que fue la década de la Revolución de Octubre el único momento en nuestra historia donde fuimos país. Pero, tras la intervención norteamericana que se trajo al suelo las políticas sociales de Arévalo y Árbenz, nos convertimos en ese patio trasero, sumiso, obediente y plegado a los intereses geopolíticos y estratégicos del gran vecino del norte.

Sin embargo, Estados Unidos no salió del todo bien librado. Hoy sufre las consecuencias de la pobreza y desigualdad agudizada en nuestro territorio, a causa de esa intromisión que le devolvió el poder a los de siempre, con las incontables mareas de hombres y mujeres que incursionan sus fronteras para hacerse cargo de los trabajos que la sociedad estadounidense no quiere para ella. Ilegales les llaman, pero para el país, los migrantes constituyen el principal pilar que sostiene su economía.

Y es en octubre, justamente, cuando el gobierno de Alejandro Giammattei le da la bienvenida a un nuevo embajador. Queda atrás la opaca gestión de Luis Arreaga, que bajo su silencio vio partir a la CICIG y fue testigo inerte del desmoronamiento paulatino de las instituciones que buscan proveer justicia pronta, equitativa y oportuna, a manos de los aliados de la corrupción. Mas, por representar a un gobierno republicano, la pasividad y complacencia de su actuar de alguna manera era predecible.

En Washington pareciera que poco a poco han ido comprendiendo que mantenerse indiferentes ante un estado corrupto y fallido como el guatemalteco, solo provoca que nuestros problemas les repercutan a ellos de forma directa. El exembajador Stephen McFarland ha confirmado esta percepción recién, durante una entrevista concedida al diario La Hora.

No obstante, la medida del apoyo que recibamos en materia de lucha contra la impunidad va a depender del partido político que allá gobierne, por lo cual los resultados de las elecciones del próximo 3 de noviembre son esenciales para nuestro futuro inmediato.

La influencia del exembajador Todd Robinson fue vital para la caída de Roxana Baldetti y Otto Pérez Molina en 2015. Su fuerte incidencia tenía muy preocupados no solo a los políticos, funcionarios y militares implicados en hechos reñidos con la ley, sino a la misma gran patronal, esa toda poderosa que se vio profundamente golpeada y evidenciada por su involucramiento en la preservación de privilegios y negocios fraudulentos.

Robinson fue un aliado y defensor incondicional de la CICIG, de Thelma Aldana y Juan Francisco Sandoval en el Ministerio Público; y fue así porque el diplomático representaba a Barack Obama, un gobierno demócrata.

Y aunque algunos actores de la izquierda guatemalteca se hayan quedado varados en el desgastado discurso de la guerra fría, y la derecha recalcitrante abandere a conveniencia el tema de la soberanía para que todo siga como está, no se puede negar que nuestro sistema, cooptado y conducido por las mafias, requiere de alguien más fuerte que le tuerza el brazo.

No extraña, entonces, toparnos con siniestros personajes usando gorras con el mensaje “Chapines for Trump”, urgidos porque el actual mandatario estadounidense obtenga la reelección, y se sostenga así la política gallogallina de su actual administración respecto al combate a la corrupción en Guatemala.

Insistir en que la ciudadanía debe ser la responsable de abanderar acciones para detenerla es ilusorio, al menos en este momento. Si al Pacto de Corruptos le importa poco lo que la misma Constitución establece, menos le va a importar lo que la sociedad haga, diga u opine. Es más, nos lo ha demostrado.

Ahí vemos a la Junta Directiva del Congreso atrasando la elección de jueces con el apoyo de los mismos magistrados de la Corte Suprema de Justicia y las más grandes cámaras empresariales, desobedeciendo abiertamente a la Corte de Constitucionalidad. Ahí está Consuelo Porras asediando de forma desvergonzada a la Fiscalía Especial Contra la Impunidad, pero haciéndose de la vista gorda con los acuerdos que entabla Gustavo Alejos desde prisión o el hospital.

Ahí está Alejandro Giammattei haciendo piñata el erario, persiguiendo periodistas y mintiéndonos descaradamente cada vez que puede. ¿Podemos como ciudadanía contra esto?

Nos guste o no, necesitamos de aliados fuertes, y Estados Unidos puede ser clave toda vez los demócratas logren vencer a Donald Trump. Seguimos dependiendo de ellos, y de alguna manera hasta los necesitamos. Por ahora tenemos que apostarle a ser un buen patrio trasero, en tanto como sociedad despertamos, nos fortalecemos y nos animemos a involucrarnos.

Solo de esa manera podremos entender de una vez por todas lo que significa vivir con dignidad y verdadera soberanía, para así tener algo que celebrar cuando una nueva efeméride, de esas importantes para la patria, toque nuestra puerta.

[Te puede interesar: La ciudad de las perpetuas espinas, una columna de Fernando Barillas]


FERNANDO BARILLAS SANTA CRUZ

Periodista que ha aprendido a utilizar las letras como revolver y puente. Crítico de su país, aunque aún confía que el amor de pronto haga el milagro. Poeta clandestino, viajero cuando puede y soñador irremediable. Consultor en comunicación e integrante de Antigua Al Rescate.


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