SUSCRÍBETE A NUESTRO BOLETÍN

15 días/Cuarentena en Nueva York, el nuevo epicentro del COVID-19

Nueva York se ha convertido en uno de los grandes focos de la COVID-19, desde su corazón cotidiano y la relación con dos niños, sus hijos, nos escribe la cineasta Izabel Acevedo, quien imagina y escribe desde aquella ciudad.

Hoy para colmo amaneció nublado. Desde nuestra ventana en vez del Río Hudson, aparecía un telón de neblina espesa y llovizna de banda sonora. Sebas, que tiene cuatro años tiene …

Izabel Acevedo

Hoy para colmo amaneció nublado. Desde nuestra ventana en vez del Río Hudson, aparecía un telón de neblina espesa y llovizna de banda sonora. Sebas, que tiene cuatro años tiene pesadillas todas las noches y llora entre sueños. Empezamos a escribir en un cuaderno al que le colocamos una etiqueta que dice: ‘El Libro de Sueños de Sebastián”. Todo empezó hace quince días. Su mamá —yo— empezó a actuar muy extraño cuando, con insistencia maniática, le dijo que ya no podían tocar las barandas del metro, las puertas, los asientos. 

—Mamá está muy extraña —oí que le  susurraba a su gemelo, Nicolás.

Tuve que explicarles. 

—Tendremos que lavarnos más las manos —les dije—. Hay bichos nuevos en la ciudad y tenemos que ponernos las pilas con la limpieza para no enfermarnos. 

Pensamos que eso sería todo. 

A veces pareciera imposible sorprender a los new yorkers, pero poco a poco, en los siguientes días fuí viendo gestos que no había visto antes: voces exaltadas, muestra de incertidumbre, ánimos caldeados.

Las escuelas públicas fueron las últimas en cerrar y eso me produjo una enorme ternura. El sistema educativo más grande del continente, progresista, incluyente, un oasis de apertura y solidaridad, pues se rehusaba a cerrar pese al aumento de casos. El departamento de educación de Nueva York brinda tres comidas al día, gratis, a sus estudiantes; muchos de los niños y niñas no tienen qué comer en casa. Entonces, el debate era, ¿qué espacio es más seguro en una crisis de las dimensiones que estamos afrontando?  Ahora vemos claramente que era mucho más grande y compleja de lo que imaginamos. 

Yo también tuve que dejar de dar clases. Había estado trabajando en un programa de cine en escuelas públicas. Nuestras historias de dibujos que se vuelven realidad, de dinosaurios que invaden la escuela, de piedras volcánicas encontradas en el patio (y que proveían de superpoderes a dos niñas tímidas), quedaron truncadas con la cuarentena. Aún no dejo de pensar en las caritas de mis alumnas y alumnos, tan diversos como brillantes y de desear volver a sus procesos de aprendizaje. Lo mismo le pasó a la maestra de Nicolás y Sebastián, que me llamó por teléfono diciendo: Quiero darles materiales a Nico y Sebas, despedirme temporalmente. 

Les llevé por última vez a la escuela el jueves 12 de Marzo (ahora se siente como el año pasado). 

—¿Vamos a ir en tren? —preguntaron. 

—No, esta vez iremos caminando y de ahora en adelante usaremos el tren solo si es muy necesario. 

La despedida de su maestra fue más triste que reconfortante. Nos recibió en la recepción. Yo les pedí que no se abrazaran por seguridad, pero sí apoyaron un poco sus cabecitas en su regazo. 

Goodbye my friends! Stay healthy. Listen to your mom

En menos de tres minutos estábamos fuera de la escuela. Nico empezó a cantarle una canción a su maestra desde la entrada, pero ella ya no pudo escucharla. Esa noche Sebastián empezó a tener sus sueños. 

Soñó que la estación de trenes se convertía en una vieja estación de madera y que los trenes estaban atrapados en un túnel de colores. Pero nada se movía, hasta que una fuerte corriente de viento nos arrastraba fuera de la estación, nos hacía flotar por el aire hasta estrellarnos contra las ventanas de nuestro apartamento, las cuales se rompían y caíamos dentro. 

Sebas estuvo contándonos su sueño durante varios días. Pero nos atrapó el día a día: videoconferencias con la gente del trabajo, limpieza, hacer una pequeña despensa, conseguir un termómetro y medicinas básicas, etcétera. 

Finalmente ayer empezamos su libro. Sebas decidió intervenir su único cuaderno de la escuela, el cual utilizaba para practicar la escritura de las letras del alfabeto. Todo el asunto fue un gran alivio para mi peque. Convertir un cuaderno al que ya le tenía cierta manía en un “Libro de sueños”. 

Nicolás y yo decoramos la etiqueta con una luna rosa y estrellitas. Sebas estaba feliz. Prestarle atención a su sueño fue revelador. Él nos fue contando sus sueños de los últimos días, Nico le hacía preguntas sobre detalles y yo era la escribana. 

—Sebas, ¿no será que te asustaste porque estamos saliendo menos y ustedes no están yendo a la escuela? —le pregunté. 

Entonces Sebastián explotó. 

—Pero, ¿qué quiere decir todo esto mamá? —dijo agitando sus manos pequeñas; sus colochitos despeinados rebotaban—. ¿Qué pasa con nuestras aventuras en trenes? ¿Qué pasa con toda la gente? 

—No te preocupes amor, todo eso va a volver. Esto es solo temporal.

Sebas se quedó en silencio, viendo hacia el suelo durante un rato. Eso le pasa cuando quiere preguntar algo complejo, pero no está seguro si sus palabras serán suficientes. 

—¿Qué pasa si la gente no vuelve después de la cuarentena? —dijo finalmente. 

—Claro que volveremos amor. Estaremos locos por volver a estar afuera y hacer nuestra vida normal. 

Las diferencias ahora entre mis gemelos se hicieron clarísimas. Mientras que Nicolás hizo su cuestionario lógico de preguntas sobre el virus —el cual intenté responder de manera directa, sencilla y tranquilizadora— Sebastián no pudo evitar percibir que algo más está pasando. Su pensamiento es intuitivo. La realidad no entra por sus oídos, pareciera entrar por sus poros. Y lo duro es que, después de haber hecho quince días de cuarentena, las cifras no hacen más que multiplicarse. El Nueva York de las aventuras que ama Sebas, y que amamos todos, es ahora el nuevo epicentro de la crisis de COVID-19.

Y yo sé que no le miento a Sebastián cuando le digo que todo esto es temporal, y que los trenes y la gente volverán. Pero, también sé que hay una omisión en esa afirmación: cuándo. 

Me considero una existencialista. No confío más que en el día a día y esto que está pasando me dá la razón. Es absurdo ver cómo el mundo entero ha cambiado de la noche a la mañana. Después de solo 15 días de estar encerrados, cuando salimos a caminar (una hora cada dos días) me siento dentro de una de mis películas de culto, Stalker, cuando el protagonista tarkovskiano sortea los puestos de seguridad extrema y se acuesta en la hierba de “la zona”, como dentro del vientre de su madre. O haciendo una vida bizarra y locuaz en el encierro como en Underground de Kusturica o sobreprotegiendo escalofriantemente a mi familia como en El Castillo de la Pureza de Ripstein. Y lo que añade el tono de la distopía que ha llegado para quedarse a nuestras vidas, es el elemento de la incertidumbre. 

¿Cómo será regresar a la normalidad, después de lo que estamos viviendo?  

Una de las caricaturas del The New Yorker hoy simplemente tenía las siguientes palabras: Tragedy + Time = New Reality.  

[También puede interesarte: EPISODIO 24 // CHINA, TAIWÁN, ITALIA Y ESPAÑA; CUATRO GUATEMALTECOS NARRAN SU VIDA EN LA PANDEMIA]

El compromiso de estar bien

Otra noche Sebastián soñó que veía caricaturas solo en la sala mientras yo bañaba a Nicolás. Su papá entraba de trabajar y estaba parado en la puerta. Un fantasma rojo y pegajoso lo abrazaba por la espalda. Entonces su papá se volvía rojo y pegajoso también. 

Cuando Sebas me contó este sueño me di cuenta de que el fantasma rojo es su manera de percibir el peligro externo a nuestro apartamento.

—Pero, ¿si sabes que a ese “granolavirus” no tenemos que tenerle miedo? —dije. 

—¿No tenemos que tenerle miedo? —respondió. 

—No. Si es un inútil. El jabón lo deshace, por eso tenemos que lavarnos las manos tanto.

—Pero, ¡si ahora nos estamos lavando las manos todo el tiempo!

—Pues, sí. Pero también es importante quedarnos en la casita y que todos hagan lo mismo. Ese virus no tiene pies ni alas. Sin humanos está perdido.  

—¿No tiene pies ni alas?

—No —dije. Lo vamos a dejar solo allá afuera hasta que desaparezca. 

Hemos establecido un protocolo para entrar al depa (las pocas veces que salimos). Dejar zapatos en la puerta. No tocar nada hasta llegar al lavaplatos. Lavarse las manos. Después desinfectar todos los objetos nuevos (compras, correspondencia) y finalmente desinfectar cualquier cosa que pudimos tocar al entrar.

Las mañanas son duras. Ponerle el termómetro a quien tosa o estornude, ver noticias, intentar conectar con los seres queridos regados por el mundo. Desde ese jueves (hace dos jueves) que las escuelas cerraron, he tenido un dolor de cabeza permanente por pasar horas frente a la pantalla viendo noticias. En esta época el balance entre información e ignorancia es clave para la salud mental.

 

El Virus es una tómbola

La experiencia ha empezado a demostrar que el virus le puede dar a cualquiera sin importar el rango de edad y que es azarosa la forma en que cada cuerpo reacciona a él. El 40% de hospitalizados en la ciudad son personas jóvenes. Nico y Sebas no saben esta parte. No hablamos de muertes o enfermedades graves en casa.

De todas formas, la otra noche Sebas soñó que estando junto a Nico nos encontraban a mi y a su papá muertos. Como ya eran adultos en el sueño, nos enterraban. Sobre la tierra crecían dos plantas. Cada gemelo tomaba una planta para colocarlas en sus respectivos departamentos en la ciudad.

—Y, ¿por lo menos nos ponían agüita? —pregunté, tan pronto me contó su sueño. 

—¡Claro! —respondió Sebastián. —Y también les poníamos cerca de la ventana para tomar el sol. 

Y nos reímos. 

Después saqué mi calculadora para hacer las cuentas de cuándo pasaría eso. 

—Veamos, yo voy a tener unos 100 años cuando me muera —dije. Tú tendrías unos sesenta. 

Úfale, ¡faltan siglos para que nos lleven en macetas!

Anoche empezaron a haber muertes simultáneas en los hospitales de la ciudad. Parece mentira cómo la desigualdad mata personas incluso aquí en Nueva York.  Los médicos y enfermeros de a pie no tienen suficientes materiales o uniformes para protegerse. Hay deficiencia de ventiladores (necesarios para respirar en casos graves), saturaciones de hospitales. Y eso que todavia no pega la crisis de desempleo y hambre que puede haber si esto sigue así. Y es que este Estado, el de New York, ha sido históricamente cosmopolita, incluyente, santuario de migraciones, amante de la diferencia, la ciencia, el arte y la cultura. Desde el inicio un Estado en resistencia ante las políticas actuales del gobierno federal el cual es un gobierno que pretende enfrentar una pandemia despreciando la ciencia, la solidaridad y la preocupación por el bien común. Estas diferencias, por más insólito que parezca en este contexto, repercuten en el manejo de la crisis, en donde, para empezar, la ciudad no tiene la atención suficiente ni el acceso a recursos federales que debería. 

He empezado entonces a ser pragmática. Hablar con mi mejor amiga en la ciudad y hacer un plan de cuidados de Nico y Sebas, si nosotros tenemos que ir a urgencias. Y allí muchísimos new yorkers la tenemos dura. Familias que hemos criado en solitario porque hemos migrado.  

Me cuesta dormir en esas noche que alguien en el depa tiene tos u otro tipo de malestar. Pasan por mi cabeza todas las teorías de todas las conspiraciones. Tal vez debería tener mi propio cuaderno de pensamientos extraños o de sueños. Pienso que a lo mejor todo esto se trata de una guerra bacteriológica interplanetaria, o que seres de otros planetas están utilizando un virus para extinguirnos y colonizar La Tierra. Ya puedo ver mis dibujos con crayones de cera. 

Pero las noches en que nadie tose o estornuda y dormimos bien, despierto y escucho las respiraciones claras y fluidas de todos en casa. Estamos bien, pienso. Vamos a estar bien.

*Izabel Acevedo nació en Guatemala, se formó en México y vive en Nueva York. Es cineasta, escritora y mamá.

También te puede interesar

CONTAMOS LA
REALIDAD DESDE MIRADAS DIVERSAS

SUSCRÍBETE A NUESTRO BOLETÍN

ENCUÉNTRANOS EN NUESTRAS REDES

La realidad
de maneras diversas,
directo a tu buzón.