Después de las tormentas
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El coloniavirus que llegó de Europa hace 500 años
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La pandemia del coronavirus está señalando muchas problemáticas sociales que el sistema ha tratado de normalizar, específicamente desde el Estado que es, tal cual nos cuenta Rigoberto Quemé en esta columna, “normalizador de lo anormal”


Alguien escribía, a raíz de la pandemia del coronavirus, que el problema de volver a la normalidad era que la normalidad era el problema.

Para los pueblos indígenas la viruela, la religión violenta, el racismo, la expoliación de tierras, prácticas y saberes, fueron producto del virus social del colonialismo, donde la pobreza, desigualdad, enfermedad e ignorancia, como resultados, se “normalizaron” hasta nuestros días.

El ejercicio del poder colonial, republicano y moderno, sucesivamente, ha segmentado a Guatemala en dominadores y dominados.  Es el resultado de la pandemia colonizadora y ahora, con la globalización de otro virus venido de Europa, el Covid-19, emerge la lacerante realidad guatemalteca, donde los pueblos indígenas son los más vulnerables, los más alejados de la preocupación del Estado, aislados socialmente no solo ahora por las medidas sanitarias: aislados, olvidados y separados por siempre. Para la Guatemala occidentalizada, eso es “normal”.

El centralismo colonial, opera como mecanismo de control y reproductor de privilegios. Ahora con el Coronavirus, todo se centraliza, hasta la atención en salud y los recursos económicos. Y lo que se está consolidando con las medidas del gobierno para enfrentar la crisis, no es tanto proteger la vida de los guatemaltecos, menos la de los pueblos indígenas, sino garantizar la estabilidad económica de los sectores poderosos, que tampoco son los pueblos indígenas. A esa “normalidad” se orienta la acción gubernamental.

Así, lo malo, para los pueblos, es que el Estado no llegue a ellos, lo bueno es que no llegue este Estado Colonial, violento y depredador de sociedades y naturaleza. El Estado normalizador de lo anormal.

La Guatemala permitida, la metropolitana, la de las elites hegemónicas, vive atrapada en la civilización del espectáculo, que según Vargas Llosa es “el mundo donde el primer lugar de la tabla de valores vigente lo ocupa el entretenimiento, y donde divertirse, escapar del aburrimiento, es la pasión universal y donde el cómico es el rey.” Lo normal es vivir atrapados por el mercado.

Los pueblos segregados en la otredad, los no permitidos por el Estado, viven alejados de esa lógica alienada. Resguardados en su territorio y en la precaria sobrevivencia. En el olvido histórico.

Esa segmentación social, política y económica es la “normalidad” que busca el gobierno en la manera en que está enfrentado la crisis.

Ninguna política profunda y necesaria para la recuperación económica y social a mediano y largo plazo. Lo normal es fortalecer el corporativismo.

No se plantea la búsqueda de nuevos modelos de desarrollo para superar la inequidad, desigualdad y racismo, que permita rescatar a la mayoría de la pobreza.

No se plantea consolidar al Estado y su institucionalidad en lo que debe hacer no en lo que hace.

Al salir de esta crisis, volveremos a la “normalidad”, a esa donde sentirnos libres nos da miedo, igual que el provocado por el coronavirus.

Escucha la columna en la voz de Rigoberto Quemé, aquí:

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