Mientras la memoria sobre desastres específicos desaparece, no sucede lo mismo con las soluciones ante crisis colectivas
En La piedra ausente dirigido por Sandra Rozental, se presenta la historia del monolito de Coatlinchán, en México, y de su traslado a esta última para señalar la entrada del entonces recién inaugurado Museo Nacional de Antropología en 1964. Identificado de manera errónea como Tláloc, en realidad representa a Chalchiutlicue. Ambos son entidades sagradas asociadas al agua, pero mientras el primero se asocia a las lluvias y tormentas, la segunda se asocia a las aguas de ríos, lagos, mares y cuevas.
A pesar de la oposición comunitaria, cuando el monolito se trasladó un fuerte aguacero acompañó su desplazamiento por la Ciudad de México. El final del documental recrea el deseo comunitario: la piedra retornando a las afueras de Coatlinchán, y con él las lluvias y el verdor.
El clima y la naturaleza son para la mayoría de nosotros mero paisaje y recreación. Algo sin cambios, que no es importante sino hasta que nos confronta. La modernidad de los siglos XX y XXI y la progresiva urbanización, ha enajenado a buena parte de las poblaciones humanas de un contacto y conocimiento directo del clima y la naturaleza. Así, elementos como la comida, la temperatura ambiente, las estaciones, o las lluvias, son vistas como estáticas y siempre iguales.
Actualmente estamos inmersos en lo que se denomina El Niño, un aumento de las temperaturas en el Pacífico ecuatorial que tiene su contraparte fría, La Niña Ambos fenómenos –y sus consecuencias– los explica Kristhal Figueroa en notas recientes en Agencia Ocote.
Ahora estamos entrando a el Superniño, con temperaturas altas nunca antes registradas por los humanos. Y esto provocará en Guatemala, sequías generalizadas y algunas lluvias potentes en puntos focalizados. Aunque es extremo, no es la primera vez que un cambio climático tan amplio afecta al país. Y hay registros sobre ello.
Rogativas: restitución e intercambio durante las crisis
Hace unos días se cumplieron 280 años exactos (9 de septiembre de 1746) de que el Cabildo de Santiago de Guatemala (Antigua Guatemala), reportaba que el tabardillo (tifus) y la falta de alimentos aumentaban en un contexto de sequía extrema.
Para aplacar el fenómeno se solicitó una procesión el día 11 de septiembre, de Nuestra Señora de Las Mercedes, que permanecería en la Catedral una semana. En la compilación de varias actas por Joaquín Pardo en su Libro de las Efemérides, se reportan varios sucesos similares en el período colonial, al igual que se encuentran en el Archivo General de Centroamérica y el Archivo Histórico Arquidiocesano.
Sequías, plagas y pestes de todo tipo fueron comunes durante el período colonial en lo que hoy es Guatemala. La Colonia estuvo marcada por la llamada Pequeña Edad de Hielo, particularmente durante el Mínimo de Maunder (1675 a 1715), que propició el descenso de las temperaturas pero también el aumento de las plagas y de las sequías, como señala Luis Arrioja Díaz Viruell.
Ante la crisis, las rogativas – procesiones, rezados, misas – se interpretaban como soluciones prácticas. En las sociedades indígenas esto se combinaba con prácticas de su propia espiritualidad, tal y como sucede hasta hoy. A finales de la Colonia esto fue progresivamente disputado por la ciencia moderna, aunque nunca lo sustituyó del todo, como señala Sophie Brockmann.
En las últimas semanas se han reactivado de manera generalizada las rogativas por la lluvia. Aunque siempre se realizan en una o unas pocas comunidades, y no todos los años, solo en momentos de gran crisis se han realizado en varios lugares del país. Dos publicaciones recientes en Plaza Pública, una de Esteban Biba y otra de Neida Solis y Emanuel Andrés muestran una parte de este fenómeno colectivo, que se difunde en medios de comunicación y redes sociales.
Ahora suceden a destiempo porque septiembre es, históricamente, uno de los meses más lluviosos. La sequía ha agravado la crisis humanitaria que existe en el corredor seco. Las devociones ahora son ecuménicas, combinando rituales católicos, evangélicos, y de las espiritualidades Maya y Xinka. Comparten el buscar restablecer el equilibrio entre humanidad y naturaleza, que se asume rota o dañada por diferentes «faltas» (awa’s en K’iche’), y donde las rogativas son una forma de reparar o al menos aplacar. Es tanto intercambio como restitución, porque implica un acuerdo pero también una transformación.
En una publicación reciente sobre una rogativa en el pueblo Kaqchikel de San Pedro Sacatepéquez, en la vecindad de la Ciudad de Guatemala, se mencionó que «ante la época de sequía, el pueblo de San Pedro Sacatepéquez retomó, el pasado 6 de septiembre, una de sus tradiciones ancestrales. Siguiendo las huellas de los abuelos, quienes en tiempos difíciles salían en procesión de rogativa con la imagen del apóstol Pedro, el domingo fue acompañado por Jesús Nazareno de la Petición y la Virgen del Rosario, la población recorrió las calles sampedranas en un clamor colectivo por la lluvia.»
El mensaje Kaqchikel sampedrano es: rogar por lluvia era algo que ya no se hacía, pero que debe hacerse de nuevo, porque es necesario pero también porque, en el pasado, fue el camino señalado por los antepasados para resolver una crisis similar.

Los pueblos mesoamericanos llevaban un registro de eventos naturales que provocaban crisis sociales, como las sequías. El Códice Telleriano-Remensis, elaborado alrededor de 1550 en el centro de México, reporta hasta 13 sequías entre los años 1332 y 1543, según el trabajo de Therrell, Stahle, y Acuña Soto. Entonces también se realizaban rituales para revertir las sequías, pero también se crearon depósitos de alimentos.
Pregunté a varios conocidos mayores de 50 años, si recordaban un momento durante sus vidas en que se hicieran tantas rogativas por la lluvia. Ninguno recordó algo de esa magnitud. Yo tampoco lo recuerdo.
Leonor Monterroso mencionó una rogativa en un pueblo del oriente del país en la década de 1950. Y Cristina Nájera no recordó ninguna en San José Pinula, Fraijanes y Santa Catarina Pinula, pero mencionó que su mamá contaba que durante su infancia (década de 1940) hubo procesiones de rogativas por la lluvia que iban desde El Tular, en el valle de San José Pinula, hasta El Socorro, en las montañas al este. Por los mismos años investigadores norteamericanos documentaron una rogativa en el pueblo Mam de Todos Santos Cuchumatán.

Aunque ignoradas por el Estado y por el pensamiento racionalista, y más allá de si usted como lector cree o no en estas prácticas, las rogativas unifican comunidades en busca de una solución colectiva a problemáticas que afectan a todos. Estas prácticas, cuando se vuelven recurrentes, se insertan como elementos centrales de las prácticas comunitarias, como la rogativas anuales Mam en el volcán Chicabal, o las de bendición de las semillas en Asunción Sololá, en Quetzaltenango, y otras comunidades del país.
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Las rogativas por la lluvia fueron decayendo durante el siglo XX cuando los medios técnicos y un clima relativamente más estable las volvieron menos necesarias. El cambio climático y El Niño extremo, como el actual, las han hecho resurgir por decenas, y son un recordatorio de las memorias comunitarias de largo alcance. El impacto es tal que se están realizando rogativas en estos momentos dentro de las ciudades, como el llamado a rogar por la lluvia en el decanato de la zona 6 de la capital, este 17 de septiembre.
Mientras la memoria sobre desastres específicos desaparece, no sucede lo mismo con las soluciones ante crisis colectivas, que parecen existir en un segundo plano comunitario y resurgen cuando son necesarias.
Hoy, cuando incluso existen ya rogativas por la lluvia en pueblos de la bocacosta pacífica del país (la región con el régimen de lluvias más alto) es muy probable que este fenómeno pase y, en unos años, quede olvidado. No porque no sea importante, sino porque lo natural, por su carácter asocial, parece difícil de asir en la memoria colectiva. Como toda memoria, se modificará y/o desaparecerá si no es documentada. La documentación es clave.
En el siglo XVI los escribanos Kaqchikel del amaq’ Xajil escribieron el Memorial de Sololá, y allí mencionaron el inicio de «una gran oscuridad, una larga noche» ante la llegada de los españoles pero, sobre todo, por las epidemias mortales que les acompañaban.
Una hecatombe de ese tipo trastocó a las sociedades existentes, haciendo que se replantearan sus fundamentos culturales y sociopolíticos y vieran amenazada, de manera concreta, su propia reproducción como sociedad en el futuro inmediato. En otras palabras, se enfrentaron a su propia extinción.
Actualmente la temperatura global no deja de subir, y al terminar el actual el Superniño seguirá subiendo. Limitados son los actores clave que buscan al menos pausar ese aumento, y limitados son también sus esfuerzos. Espero que no, pero es muy probable que en el futuro veamos esta década, y estos años, como el inicio de nuestra propia extinción ya no como comunidad o país, sino como humanidad.
Cómo lo enfrentaremos y viviremos, dependerá también de esos conocimientos comunitarios, que desde sus prácticas rituales y conocimientos especializados son un recordatorio de la necesidad de mantener el respeto y el equilibrio con el resto de la naturaleza. Los necesitaremos.




