«Lo que encontramos con los 238 casos de venezolanos es que la mayoría no tenía un récord criminal. Les quitaron el suelo de un día para otro, cuando lo único …
El 15 de marzo de 2025, bajo la administración del presidente Donald Trump, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) deportó de Estados Unidos a 238 hombres venezolanos. Fueron enviados al Centro de Confinamiento del Terrorismo (CECOT), la megacárcel que el presidente salvadoreño Nayib Bukele construyó como parte de su política de seguridad contra las pandillas.
El Gobierno de Estados Unidos aseguró que los venezolanos eran integrantes del grupo delincuencial Tren de Aragua. Fueron catalogados como terroristas, criminales y una amenaza para la sociedad.
Meses después, una investigación periodística de Propublica reveló que entre los deportados había barberos, albañiles, conductores de aplicación, y no miembros del Tren de Aragua. Hombres que habían seguido procesos para regular su situación migratoria en Estados Unidos.
Familiares de los deportados indicaron que pasaron semanas sin información de su paradero,no sabían qué había ocurrido con ellos.
De esas historias que se recopilaron en la investigación periodística emerge Sobreviviendo al CECOT, el documental producido y editado por el periodista guatemalteco Gerardo del Valle.
Del Valle siguió la historia de los venezolanos Andry Omar Blanco Bonilla, Wilmer José Vega Sandia y Juan José Ramos Ramos, también la de sus familias que les buscaron mientras ellos permanecían incomunicados en el CECOT.
En mayo reciente, ese documental ganó un Emmy en la categoría de Mejor Cobertura Periodística de Investigación en Español, uno de los máximos reconocimientos al periodismo audiovisual en Estados Unidos.
Formado en la Universidad Rafael Landívar (URL) de Guatemala y en la Universidad Municipal de Nueva York, comenzó su carrera en el medio de comunicación Plaza Pública. Actualmente, a sus 34 años, integra el equipo audiovisual de Propublica. Su trabajo ha sido reconocido también por los premios Edward R. Murrow, la Fundación Gabo y la Asociación Interamericana de Prensa.
Del Valle comenta que existen desafíos importantes al contar una historia atravesada por la migración, los prejuicios, el encarcelamiento y la desinformación. También plantea los dilemas éticos y humanos que enfrentó al abordar una de las investigaciones periodísticas más relevantes del último año.
El documental Sobreviviendo al CECOT cuenta la historia de Andry, Wilmer y Juan José, tres de esos hombres acusados de pertenecer al Tren de Aragua sin que se presentaran pruebas. ¿Por qué era clave poner rostro a esta situación?
Mucho del periodismo hoy en día es escuchar y casi replicar comunicados y declaraciones de personas en el poder. Mi trabajo como documentalista es ver cómo esas decisiones —ya sean políticas o acciones de alguna empresa— repercuten en personas concretas.
Nosotros hicimos el primer documental que salió sobre este tema. Teníamos la ventaja de haber estado cuatro meses en constante comunicación con las familias. Pudimos entrevistar a Andry, Wilmer y Juan José, cuando salieron fresquitos (del CECOT).
Creo que mi responsabilidad, y algo de lo que me enorgullece con el premio Emmy, es la posibilidad de que más personas —particularmente en Centroamérica, donde los proyectos de ProPublica no tienen tanta penetración— logren ver el proyecto y entiendan que la realidad es mucho más distinta de lo que declaran los gobernantes.
El documental muestra también a los familiares: madres, esposas, que esperaban sin saber cómo estaban ni cuándo los volverían a ver. ¿Por qué era importante contar la historia también desde ese ángulo?
Estuvimos trabajando con los familiares desde que los logramos contactar, cuando ellos no sabían que sus parientes habían sido enviados a El Salvador. Nunca recibieron información oficial de que ahí estaban.
Fue prácticamente una desaparición. Una desaparición es un acto de violencia constante, no es solo un crimen de un día para otro. Eso era lo que queríamos explorar.
Durante nuestro proceso de producción fueron liberando a los tres hombres. Eso nos permitió tener algo que muy pocas veces se logra en este tipo de trabajo: darle la voz a la persona afectada, pero también a las personas a su alrededor.
La investigación revisó decenas de expedientes y documentó que la mayoría de los deportados no tenía condenas sino récords limpios, con sus trámites migratorios en proceso. ¿Puede este tipo de trabajo documental cambiar algo a favor de los derechos de los migrantes?
Creo que el periodismo siempre es un acto de espera. Creer que si uno comunica la verdad, la gente va a reaccionar y entender mejor lo que está pasando.
A esta altura, después de estar en Estados Unidos diez años, he visto que la posibilidad de que un documental genere un cambio real es bastante complicada. La gente no consume noticias, uno está compitiendo con streamers, con Netflix, con todos los servicios de suscripción.
Pero no estaría haciendo esto si no creyera que de alguna manera puede haber algo. Si le das a la gente las herramientas apropiadas, ellos pueden tomar decisiones informadas por su parte.
Las imágenes del CECOT se han vuelto conocidas a nivel global: hombres rapados, uniformados, esposados, sometidos. El documental toma una distancia deliberada de esas fotografías. ¿Cómo se tomó esa decisión?
Esas imágenes ya están grabadas en el inconsciente colectivo. Cuando uno piensa en el CECOT, piensa en esos hombres de blanco, rapados, en imágenes difundidas por el propio gobierno salvadoreño y que tienen una finalidad muy específica dentro de su narrativa sobre la seguridad.
Nosotros queríamos alejarnos de eso. También consideramos que volver a mostrar constantemente esas escenas podía ser retraumatizante para los hombres y sus familias.
Por eso preferimos llenar el documental con imágenes de lo que habían dejado atrás en Venezuela y de la ausencia que produjo su detención. Queríamos contar la historia desde lo que ocurría alrededor de ellos: sus familias, la espera y la incertidumbre de saber qué estaba pasando.
Nayib Bukele ha defendido el modelo del CECOT como una solución eficaz a la inseguridad y ha rechazado las denuncias de que sea un centro de tortura. ¿Cree que este documental logra ser un contrapeso a esa narrativa?
Este documental no intenta hacer un contrapeso a todo lo que declara el modelo de Bukele ni al Gobierno de El Salvador.
Nosotros estábamos concentrando en los 238 hombres venezolanos que fueron enviados allí, porque lo encontramos excepcional. Un cambio abismal dentro de cómo Estados Unidos implementaba sus políticas respecto a la migración.
¿Y logra ser un contrapeso a la narrativa antiinmigrante de la administración Trump?
No sé si hablaría de un contrapeso. El documental es una pieza dentro de una investigación mucho más amplia. Lo que intentamos realmente fue corroborar si las declaraciones del gobierno estadounidense y del salvadoreño —de que todos los hombres enviados allá eran pandilleros, que eran peligrosos, que eran «lo peor de lo peor»— eran ciertas.
Lo que encontramos con los 238 casos de venezolanos es que la mayoría no tenía un récord criminal. Y muchas de las personas que investigamos, incluidos los tres sujetos principales del documental, habían seguido las reglas establecidas en su momento para ingresar y permanecer en Estados Unidos, mientras sus procesos migratorios estaban en curso.
Les quitaron el suelo de un día para otro, cuando lo único que habían hecho era intentar venir acá (Estados Unidos) para una mejor vida.
¿Qué impacto puede tener un premio como el Emmy sobre la política antiinmigrante de Trump o sobre los excesos en las cárceles de Bukele?
Creo que es simplemente otra oportunidad para darle un poco de vistas a la historia. No sabría decir un impacto puntual.
Lo que a mí me interesa es que la gente vea el proyecto.
Me sorprendió un poco ver cómo en redes sociales se activaron ciertos comentarios críticos hacia Plaza Pública, que publicó un comunicado por el premio. Fue como regresar a la polarización que existe en Guatemala, donde incluso trabajos periodísticos o reconocimientos profesionales suelen ser leídos inmediatamente desde posiciones ideológicas o partidarias.
La polarización en Estados Unidos es mucho más grande, solo que muchas veces no se percibe de forma tan evidente en la vida cotidiana hasta que ciertos temas vuelven a ponerla sobre la mesa.
Básicamente, una pieza documental lo que hace es aportar al debate más que cualquier otra cosa.
¿Qué le gustaría que supusiera para los países o gobiernos que ven a Bukele y a Trump como modelos a seguir?
De cualquier gobierno lo que esperaría sería transparencia y que respondan de verdad a su ciudadanía dentro de un sistema democrático.
Creo que lo que hemos estado viendo en Centroamérica y en Estados Unidos es un auge de gobiernos que descartan todos los avances que habíamos logrado como humanidad en los últimos cincuenta o sesenta años, a favor de un modelo que en El Salvador parece funcionar en lo inmediato, pero cuyos efectos colaterales ahogan la democracia.
Todo el mundo está bien hasta que no lo está. Hasta que te pones del lado malo de alguien.
Todos esos mecanismos que habíamos construido —garantías democráticas, controles institucionales y principios básicos del debido proceso que, aunque muchas veces existían más en el papel que en la práctica, responden a un ideal— que se han ido erosionando.
Lo que me gustaría es que en El Salvador haya juicios públicos, que los casos de migración no acusen a personas de criminales cuando en verdad no lo son.
¿Hubo algún momento en que pensó que esta historia no se publicaría?
Absolutamente. Este proyecto tuvo bastantes problemas logísticos. Las limitaciones para viajar a Venezuela desde Estados Unidos implican un proceso burocrático enorme, por eso optamos por trabajar con un equipo de periodistas venezolanos en el área audiovisual
Además, cuando los hombres fueron liberados, nosotros estábamos a pocas semanas de publicar, después de meses de investigación. Ese fue otro momento en el que pensamos: «esto se va a caer».
Pero eso también es lo rico del documental y de trabajar en no ficción: a uno le toca pensar sobre la marcha, adaptarse e improvisar. Puede hacer todos los planes del mundo, pero al final tiene que responder a la realidad.
¿Qué aportó su mirada como guatemalteco, como centroamericano, para contar esta historia?
Primero, el contexto de lo que está pasando en El Salvador. Uno está empapado porque es una nación hermana, está ahí al ladito. Nuestros colegas salvadoreños que están en el exilio también forman parte de ese entendimiento.
Segundo, la realidad de vivir como migrante en Estados Unidos.
Había momentos en la producción en que, solo por el perfil de las personas —el hecho de que yo tengo tatuajes— se me paraban los pelos y pensaba: «Ese podría ser yo».
Obviamente vivimos realidades muy distintas de las de estos chicos, pero cuando las reglas del juego cambian de un día para otro, uno empieza a cuestionarse cuándo le va a tocar a uno.
A nivel personal, ¿qué impacto tiene en usted ganar un Emmy?
Muchas felicitaciones de mucha gente de Guatemala.
Creo que es muy pronto para entender qué impacto ha tenido. Al día siguiente, a las dos de la tarde, yo ya estaba listo para otro rodaje.
Lo veo como un gran honor, porque lo es. Pero es solo un medio para continuar trabajando.
El reconocimiento es rico, pero no hago el trabajo por los premios, sino para informar.
Fue bonito estar en la ceremonia, hablar con gente cuyo trabajo llevo viendo desde los veintidós años y estar ahora de tú a tú. Pero aparte de eso, creo que es una oportunidad para poder ser un poquito más ambicioso con los proyectos a futuro.
¿Qué historia le gustaría contar ahora?
Lo que actualmente tengo entre manos no te lo puedo decir, porque son investigaciones en curso.
Pero lo que me agrada del periodismo es que te expone a gente, lugares e historias que de otra manera no conocerías.
Quiero seguir empujando mi área de confort, explorando temas, conociendo personas.
Para mí es un honor que alguien esté dispuesto a sentarse conmigo a compartir su historia. Y quiero seguir teniendo esa posibilidad.
Texto: Andrea Godínez
Edición: Lourdes Álvarez





