Es la tarde soleada de un domingo particular; en el calendario gregoriano es 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer. Un grupo de unas ocho jóvenes está reunido en …
Es la tarde soleada de un domingo particular; en el calendario gregoriano es 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer. Un grupo de unas ocho jóvenes está reunido en el templete del parque central de Quetzaltenango, una estructura de piedra con más de 90 años de historia.
Desde ese punto, que es habitual para encuentros entre vecinos y vecinas y turístico para visitantes, ellas preparan carteles, pañuelos morados y verdes, mochilas y música para marchar.

Cuando se trata de nombrar a una representante para que hable frente a los medios de comunicación, sin dudar concuerdan en mencionar el nombre de Ángeles. Se trata de Ángeles Velásquez, una joven de 23 años.
Es de San Pedro Sacatepéquez, San Marcos, pero desde hace tres años, por trabajo y estudios, vive en Quetzaltenango. No suele viajar a la capital, pero dice que ha visto en medios de comunicación que allí el 8 de marzo ocurren marchas multitudinarias.
Muy distinto a su lugar de origen, en donde «nunca me animaría a marchar», dice. Explica que en San Pedro, el conservadurismo es más fuerte que en Quetzaltenango y no duda que por tanto más intenso aun que en la capital.
Para Ángeles la marcha tiene tres funciones muy importantes. Primero, informa sobre las violencias que muchas veces las mujeres no tienen identificadas como tal, como la psicológica. Despierta la curiosidad en las personas sobre los derechos de las mujeres.

Segundo, les dice a muchas: «No estás sola». Y tercero, les hace recordar a las mujeres que tienen una voz que merece ser escuchada.
En unos minutos caminará de la mano de su mamá, quien lleva un cartel que dice: «Yo marcho con mis hijas, para no marchar por ellas». Por ahora, Velásquez sigue organizando un tendedero, un espacio que sirve para que las mujeres expongan violencias y agresiones que han sufrido y se conozca a los agresores.
Llevar la información a otras
Mientras las mujeres empiezan a formarse para marchar, en medio del templete está Dalma González, una mujer de 25 años. Tiene una bolsa de tela que le cuelga del hombro izquierdo, en la que mete la mano para sacar uno y otro pañuelo morado que entrega a las compañeras que se lo piden.
Entregó dos para Centella, una yegua que irá al inicio de la marcha, cabalgada por una jinete, detrás de otra mujer que abrirá paso con un picop. Son las encargadas de iniciar el evento. Decenas de mujeres caminarán detrás de ellas.

González es de Tacaná, San Marcos, a donde viaja los fines de semana. De lunes a viernes estudia en Quetzaltenango. Como Velásquez, sabe muy poco sobre cómo es el 8M en la capital, pero tiene claro que marchas feministas en Tacaná, no hay. Tampoco podría organizar una porque cree que la cuestionarían. Por eso se une a la de Xela.
Aunque los obstáculos no le impiden que a través del diálogo, informe en su comunidad a otras mujeres sobre sus derechos, las violaciones sexuales a niñas, embarazos en adolescentes o matrimonios forzados y lo que es el feminismo.

«Veía en las noticias amarillistas que manchaban la imagen de las mujeres que salen a marchar. Yo decía: «No soy de ese tipo de mujer». El año pasado participé por primera vez y miré la realidad, me identifiqué. Hay revolución y acompañamiento de otras mujeres», dice González.
Antes de unirse a la marcha, recuerda a sus abuelas que aun sin saber leer ni escribir y a pesar de la violencia que vivieron, sacaron adelante a sus hijos. Recuerda también a su madre, quien la apoya para que pueda estudiar en la universidad. Y recuerda a su hermana, que la motivó hace un año para asistir por primera vez a una marcha.
Sin más dilación, se une a las demás. Sostiene un cartel que dice: «Si los hombres están para proteger, ¿por qué son ellos quienes nos acosan, agreden, violentan y desaparecen?».
Mientras las mujeres caminan por las calles de Quetzaltenango, hay personas que detienen un momento su cotidianidad para observar la marcha. De un restaurante salen dos trabajadores y una trabajadora. Ella se une a la consigna: «La culpa no era mía, el violador eres tú».

Que el privilegio no nos nuble
En la marcha, con un pañuelo morado que le cuelga del cuello, camina Yohana Rojas, una mujer que es de Quetzaltenango. Hace un tiempo vivió en la capital. Por su trabajo, visita departamentos del occidente de Guatemala.
La experiencia le ha mostrado que hay desigualdades, que depende del territorio, el contexto, la clase, la etnia, las oportunidades y los privilegios, las mujeres viven diferentes realidades.
Ha visto en comunidades que, al acercarse a mujeres para darles talleres, son los esposos quienes muchas veces limitan. Ellos tienen que estar presentes. Son los que toman las decisiones.
«Muchas veces dicen: «Pero si ya no vivimos bajo un machismo… las mujeres podemos hacer muchas cosas que antes no». Pero es porque se ha luchado. Que nuestro privilegio no nos nuble. No queremos que las niñas tengan este peso en sus hombros, el miedo al caminar o de ser abusadas», dice Rojas.

«Yo he decidido qué estudiar, dónde estudiar, qué profesión tener y no todas las mujeres que conozco pueden tener ese acceso. No solo por cuestiones de financiamiento, sino también porque les limitan un papel de esposa, de hijas, de mamás», agrega.
A menos de cinco metros de Rojas, camina una mujer con un pañuelo verde y una playera negra que hace referencia a la frase: «Mi cuerpo, mi decisión».
Es Alejandra Teleguario. Desde hace un año trabaja en la capital, pero regresa a Quetzaltenango los fines de semana. Vive la marcha en su municipio porque le importa seguir hablando en su territorio sobre los derechos sexuales y reproductivos, la seguridad alimentaria, el derecho a una vivienda y trabajo digno para las mujeres.
«El apego al territorio y la necesidad que existe de poder seguir fomentando una lucha a nivel territorial. Yo creo que cada año somos más reconectando entre nosotras», dijo Teleguario.

Aunque la mayoría de las participantes de la marcha son mujeres jóvenes, también caminan adultas mayores, niñas, bebés en brazos de sus madres y hombres. También hay pequeños grupos de extranjeros.
Las personas repiten consignas que dirige una mujer frente al micrófono, una joven con un pantalón negro con letras blancas que dicen «Fuck Ice», una forma de critica a las deportaciones del gobierno de Donald Trump en Estados Unidos.
Un poco más pequeña, más valiente
Entre la multitud está Nohemí Pérez, 23 años. Esta es su primera marcha. Llegó a la cabecera departamental de Quetzaltenango desde Cajolá, otro municipio. Durante la marcha caminó en tacones y con la indumentaria maya. Acompañada de su prima y una amiga. En su municipio no se organizó ninguna manifestación.
Pérez cuenta que participó en una formación sobre sexualidad junto a mujeres de otros departamentos y comprobó que en la capital hay más información, más espacios para desenvolverse. «Es más complicado siendo una mujer indígena», dice Pérez.
Por eso, en el 8M ella también fija una postura ante el racismo de Guatemala.

«Desde pequeña sufrí mucho acoso, en todos lados, con cualquier cosa que me ponga desde pantalón, indumentaria, de lo que sea. Tengo una hermanita pequeña, no me gustaría que ella viviera algo así», dice Pérez.
Junto a Pérez, camina su prima Ketzali. Hace unos días se mudó de la capital a Quetzaltenango.
Le gusta que la marcha de Xela sea «plural y genuina» y que, a diferencia de la de la capital, no termine en un parque central, sino en el Parque Intercultural. Un centro de memoria y reivindicación.
Las primas caminan junto a una amiga, Christa Krings, que viajó desde la capital para estar en la marcha de Xela y acompañar a otras que viven la fecha desde este territorio.
Está sorprendida porque mientras caminaba en la marcha, unos hombres que iban en un vehículo le gritaron obscenidades. No le había pasado en la capital durante una marcha. Este evento le confirma que está en un lugar más conservador y quizá más machista.
«Las mujeres de acá son aguerridas, cabronas, muy amables. Fue una marcha muy linda que atraviesa la ciudad y tiene una agenda cultural. Me gustó mucho ver la valentía que tiene nombrarse en un sistema, un lugar muchísimo más machista que la capital. Es una marcha un poco más pequeña, pero por lo mismo más valiente», dice Krings.

Ketzali Pérez y Krings coinciden en otro elemento distintivo entre la marcha en Quetzaltenango y la capital: la participación de hombres. Algo que allá es cuestionado y en Quetzaltenango, aunque son pocos, ocurre con normalidad.
Ellos en la marcha del 8M
Winston Ventura fue uno de los hombres que se unió a la marcha en Quetzaltenango. Lo hizo a la par de su pareja, Stephany Martínez. Los novios coinciden en que el machismo también les afecta a los hombres.
«Hoy en día nosotros ya tenemos el poder de ser conscientes de ciertas actitudes. Es un tema histórico que ustedes han sufrido por el simple hecho de que biológicamente, entre comillas, son un poquito más débiles. Realmente para mí ustedes son muchísimo más fuertes en muchos aspectos», dice él.
«Las redes sociales han desinformado sobre todo lo que es el movimiento feminista», añade ella. «Él no solo me ha acompañado, me ha escuchado, se ha educado en lo que es el movimiento y también ha comprendido que no somos unas locas desquiciadas que buscamos estar en contra de los hombres. Buscamos respeto y que realmente nuestros derechos se hagan valer».

Izabella Arreaga también llegó a la marcha con su novio. «Es bien bonito que las personas se atrevan a sumarse a este movimiento y que sientan y también se enteren de las historias que tienen otras mujeres», comparte.
«Cada territorio tiene sus propios desafíos y sus propias características. En cada territorio salimos por lo que consideramos nosotras que es necesario salir. Hay demandas específicas, hay temas en común en todos los territorios que al final son los derechos humanos, la seguridad», concluye Pilar Bagur, integrante del Bloque Feminista de Xela.

Al final de la marcha hubo arte y danza. Cuando terminó la presentación, el grupo que se había formado alrededor se disolvió. Ellas tomaron sus caminos, la mayoría acompañadas. Anduvieron en pequeñas comunidades mientras el sol se ocultaba. Las que llegaron desde otros municipios regresaron a ellos. Muchas, con la esperanza renovada.
Redacción: María José Longo Bautista
Edición: Carmen Quintela
Fotografías: Verónica Di Maggio




