Julio Serrano Echeverría nació en 1983, en Quetzaltenango, en el Altiplano de Guatemala. Desde hace años se define como poeta. Más que un género literario, para él la poesía es …
Julio Serrano Echeverría nació en 1983, en Quetzaltenango, en el Altiplano de Guatemala. Desde hace años se define como poeta. Más que un género literario, para él la poesía es una identidad y una forma de interpretar el mundo.
Desde ese punto de partida ha transitado por distintos oficios y lenguajes como el periodismo, el documental, el audiovisual, sin abandonar ese núcleo que, menciona, lo sostiene. «Me muevo por muchos mundos y en este momento la poesía, la literatura infantil y la fotografía son mis bosques».
Mientras Serrano recorre esos orígenes y pasiones múltiples, cuenta cómo fue el camino que lo llevó a escribir El animal en la piedra, su último libro de literatura infantil premiado por la Fundación Cuatrogatos.
Ese libro contiene un poema en diez estaciones, donde Serrano invita a niñas y niños a gruñir, aplaudir, dibujar en el aire y preguntarse cómo era el mundo cuando todavía no existían las palabras.
Se trata de una aproximación poética al comienzo mismo de la humanidad que, como dice el autor, «es bastante más larga», pero que honra a quienes estuvieron antes, cuando los dibujos se plasmaban sobre las piedras.

En su obra has transitado poesía, cine, periodismo… Cuéntenos un poco de esa experiencia.
Por supuesto, primero llegó la poesía. Luego fui editor literario muchos años, trabajé en Editorial Cultura y en Piedra Santa. Luego trabajé una temporada muy breve en publicidad.
Por la publicidad terminé metido en la producción audiovisual como guionista, tuvimos un colectivo con unos colegas y empezamos a hacer un documental callejero y me empezó a dar curiosidad el lenguaje del cine.
El cine es los lenguajes que más me interesan. Tengo un largometraje documental en proceso. Hice bastantes piezas hace algunos años y sigo conectado con el lenguaje del cine, pero es un proceso muy complejo y largo, entonces pensé que la fotografía era un poquito más amigable.
El periodismo también estuvo ahí enseñándome mucho, especialmente sobre el método. Pero digamos que de toda esa combinación de cosas siempre parto de la misma idea: soy un poeta haciendo todas esas cosas. Eso me permite otro nivel de exploración.
Al final entendí que mi centro está en la palabra escrita y que desde ahí puedo seguir conectando con otros mundos.
Tomando en cuenta que viene de Quetzaltenango, de Xela, ¿cree que eso tiene algún impacto en su producción y en su vida en general?
Xela tiene algo que es muy bello y es la conciencia de pertenencia. Esa conciencia de identidad te permite partir de ese lugar hacia otros espacios.
Cuando sientes que perteneces a algún espacio, te puedes mover por donde quieras, sabiendo que estás haciendo una especie de intercambio.
Entonces sí, el sentido de pertenencia me acompaña. Tengo 24 años de vivir en esta ciudad -de Guatemala- y me sigo juntando con los quetzaltecos.
Entonces, es una combinación de la parte más abstracta de la identidad, con la infraestructura cultural que hemos ido generando a lo largo de los años con gente como Carmen Lucía Alvarado, Marvin García, Vania Vargas…

La literatura infantil también ha estado presente en gran parte de su vida. ¿Cómo llegó ese momento?
Paralelamente a todo, mis editores de literatura infantil, Amanuense, me invitaron a escribir. Tenía que adaptar unas historias de tradición oral maya para las infancias. Y les dije: «Déjenme probar, si nos gusta a ambos le damos».
Empecé en el 2012 a escribir literatura infantil.Publiqué el primer libro, «Desde el tiempo de los abuelos», en el 2014 y de ahí han venido varios libros y siguen yendo y viniendo.
Cuando escribe para la niñez, ¿qué cambia en su manera de mirar el mundo? ¿Conecta también con el Julio niño?
Yo me explico la infancia como un territorio. Y eso me permite entrar y salir. Sobre la referencia al «niño interno», siempre hago el mismo chiste: que eso lo arreglas con tu psicólogo.
Definitivamente sí hay un trato distinto con el lenguaje. Yo personalmente tengo muy poco contacto con niños y niñas, entonces yo sé que mi forma de conectarme viene de un lugar bien particular.
Y regreso a la idea del lenguaje como esa abstracción. Cuando escribes para las infancias cuidas la fuerza del lenguaje para poderla pasar de mano a mano. Es como si le dieras un pajarito a alguien, lo tienes que dar cuidadosamente.
Yo lo veo de esa forma, no tengo ningún tipo de fórmula que cambie, pero uno de los pactos más claros que hay es el de la extensión. Con la literatura infantil yo he tocado temas trascendentales, pero sé que tengo poco espacio para hacerlo, entonces solo puedes asomarte de cierta forma.
Pero aún así, de nuevo, el abordaje no es por el conocimiento, sino por la experiencia de las niñas y niños.
Esto no empieza con El animal en la piedra. Viene de una ruta larga de libros para niñez: desde En botas de astronauta, Balam, Lluvia y la casa, Dos cabezas para meter un gol y No cualquier montaña. Si mira ese camino completo, ¿qué se repite libro tras libro, aunque cambien los escenarios?
Yo soy bien recurrente con mi trabajo. Lo que ha aparecido en mi trabajo desde hace ya varios años es ese diálogo con la naturaleza.
Mantengo un diálogo sostenido con distintas fuerzas de la naturaleza, con las piedras, con las montañas, con los ríos. Cuando digo «diálogo» me refiero a ese nieto curioso que llega a preguntar. Porque pienso que es mi caso, y el caso de la mayoría de los humanos, que la curiosidad es casi la única manera con la nos podemos aproximar a esas grandes fuerzas.

Ha dicho que le gusta mucho la palabra «trashumar», también aparece en el libro El Animal en la piedra. ¿Qué nombra para usted esta palabra?
Me encanta la palabra, de hecho aparece en la dedicatoria del libro, y ahí le pongo que es un poema de una sola palabra, porque de verdad me lo parece, es una palabra bellísima.
Estamos hablando ahí de migración, de resistencia política y de un montón de elementos que para mí son la base esencial de mis búsquedas. Me tomó mucho tiempo aprender que todo eso que nosotros llamamos fenómenos sociales en realidad son una forma de manifestación de las fuerzas vitales en nuestro entorno.
La palabra está conectada con los movimientos de los animales y de las estaciones. Siento que cuando abordamos las migraciones exclusivamente como un fenómeno social, estamos dejando por fuera la fuerza histórica de la humanidad, por no decir de todos los seres vivos, porque la trashumancia es parte esencial de la vida.
No es que querrás o podás moverte, te tenés que mover. La vida no plantea el movimiento como una pregunta.
El libro propone un regreso a algo primigenio, a ese tiempo en que dibujar un animal en piedra era una manera de nombrar el mundo. ¿Por qué decidió volver a algo tan inicial?
Creo que Mesoamérica tiene mucho que contarle al mundo contemporáneo, muchísimo. Y una de las cosas más importantes que le tenemos que contar al mundo es esta relación con lo ancestral. No desde lo esotérico o lo hippie, sino desde la importancia de saber que somos parte de una tradición super larga y súper compleja.
Y por eso yo decidí en este libro aproximarme a al tiempo más antiguo, porque es una forma fácil de entender esa ancestralidad.
Si tú le preguntas a los niños si alguna vez le han hablado al fuego, que sería una pregunta como capciosa en términos de la ancestralidad, los niños dicen que no. Pero depende de dónde le preguntes, a quién le preguntes; a veces llegan conclusiones interesantes.
Luego de esa discusión, que suele ponerse interesante con un niño, una niña, cuando le decís: «bueno, pero ¿nunca le has pedido un deseo a las velas de cumpleaños?», se les explota la cabeza porque eso es hablarle al fuego.
Entonces, cuando empiezas a jugar con todo eso te permite decir «Ah, claro, soy parte de una de una conexión más profunda».
En su poesía Humberto Akabal también usa los sonidos y las imágenes más primarias; el trino de los pájaros, el eco del viento, los gruñidos de los animales ¿Hay alguna conexión con esta poesía y la que usted hace en El animal en la piedra?
Qué bueno que sacaste Ak’abal, porqué es uno de los grandes maestros que tenemos en Mesoamérica. Un gran poeta que nos recordó que la poesía nace de esos primeros ruidos.
Ak’abal nos recuerda de una forma bellísima cómo la poesía en realidad es el lenguaje de la naturaleza. Y yo les digo a los niños que si les conectamos una impresora a un árbol, lo que saldría seguro sería poesía. No sé de qué forma, ni de qué trataría, pero estoy cien por ciento seguro que sería un poema.
En este libro pensé, ¿y qué pasa si pensamos en la poesía antes de que las palabras aparecieran? Entonces sí quería pensar que la poesía no nació con la palabra articulada, sino con el aullido a la luna.

El animal en la piedra ganó el Premio Fundación Cuatrogatos 2026 y ha tenido un recorrido de reconocimientos. ¿Cómo recibe este premio en este momento de su vida?
Fíjate que la literatura infantil tiene un gran regalo para el medio artístico y cultural del mundo, que es que la gran mayoría de su sistema de premiaciones tiene una lógica distinta.
La mayoría de los premios más importantes de la literatura infantil no suelen ser económicos, es una cosa más colaborativa, basada casi siempre en las obras y suelen ser premios que se le dan a 10 o a 20 libros, de tal manera que no hay un ganador, sino varios.
Es una aproximación bastante más horizontal y cambia la dinámica, que a veces sí sucede en otras áreas y otro tipo de práctica artística, que es el de la competencia. Yo no he sentido esta idea de competencia en la literatura infantil,
Entonces, a veces premian a la editorial, a veces premian a la ilustración, a veces premian al libro y yo lo he celebrado todas las veces como un premio «nuestro».
En este libro el diálogo con la ilustración es clave, trabajó con Armando Fonseca. ¿Cómo fue esa conversación entre su escritura y el arte visual de Fonseca?
El diálogo entre la escritura y las artes visuales en la literatura infantil es muy bello porque se parece muchísimo al esquema del periodismo en cómo es el diálogo de la fotografía y texto, por ejemplo.
Funciona como una máquina en conjunto, solo por estar trabajando juntos. A veces sí hay pactos previos, pero normalmente son intuiciones y cómo leer el cuerpo del otro.
Armando es mexicano y eso también fue un gran acierto de los editores. Ellos sabían que un mexicano iba a entender la profundidad de esta de esta raíz porque somos mesoamericanos. Y en ese sentido estamos trabajando totalmente en un mismo núcleo y lo entendió tanto que la portada del libro es un jaguar y el libro no trata de un jaguar.

Le gustaría compartir algo que haya escuchado de sus mejores críticos (niñas y niños) sobre el nuevo material, sobre el premio o sobre alguna publicación.
Una vez un niño en Chajul, Quiché, guardó los libros que publiqué sobre la tradición oral, porque el medio Prensa Libre los había publicado como fascículos. Me los mostró muy emocionado. El hecho de que el niño saliera corriendo y me sacara los libros y me dijera: «Mira, aquí los tengo, tú los escribiste, ¿verdad? Me puedes ayudar a escribir». Yo estaba hecho un mar de lágrimas.
Y luego, una niña maya en Los Ángeles, California, EEUU Yo fui a la escuela Carlos Santana, y cuando terminó la clase llega esta niña y me dice: «Señor, le escribí esto». Y la carta decía: «Gracias por haber escrito el libro Desde las aguas, porque ahí están las historias como las que mi abuela me cuenta. Cuando sea grande quiero escribir las historias que mi abuela me contó».
Es de lo más trascendental que he hecho en mi vida.




