Luis Argueta y los cabos sueltos del cine: «El  miedo que le han infundido a la población migrante es un crimen»

El 23 de noviembre de 2025, el cineasta Luis Argueta fue galardonado por la Academia Guatemalteca de Cine con el Reconocimiento a la Trayectoria Cinematográfica «Luis de Lión». En esta conversación, el director de una pieza fundamental de la historia del cine nacional «El silencio de Neto» hace un recorrido por su filmografía y reflexiona sobre el cine, la migración y por qué, hoy, sigue siendo necesario insistir contra el miedo y el olvido.

Es domingo 23 de noviembre del 2025, la mañana previa a que la Academia Guatemalteca de Cine le entregue el Reconocimiento a la Trayectoria Cinematográfica «Luis de Lión». También lo …

Christian Gutiérrez

Es domingo 23 de noviembre del 2025, la mañana previa a que la Academia Guatemalteca de Cine le entregue el Reconocimiento a la Trayectoria Cinematográfica «Luis de Lión». También lo recibirá la actriz Patricia Orantes. El viento sopla fuerte, Luis Argueta nos espera, junto a su amigo cineasta David Robinson,  afuera del hotel Royal Palace en la Sexta Avenida de la zona 1, para luego caminar juntos hacia  el Teatro Lux. Nos sentamos en el restaurante vegetariano El Rey Sol, y conversamos con la fachada lateral del Lux a la vista. 

Argueta mira  hacia el Lux , como quien ve la fotografía más preciada del álbum. Ahí, dice, empezó a ver cine: las idas de patojo, los miércoles de «capiarse» en los puestos más baratos. Ese ritual lo definió antes de cualquier premio o estreno internacional, asegura. 

Argueta nació y creció en Ciudad de Guatemala, y desde 1977 vive en Nueva York, donde ha forjado  una trayectoria que cruza ficción, documental y televisión. Su película «El silencio de Neto», (1994) fue la primera producción guatemalteca presentada a los Óscar en la categoría de filme internacional, y marca un punto de inflexión para el cine guatemalteco. 

Luis Argueta junto a su amigo y maestro “Pex” afuera del cine Lux en la ciudad de Guatemala. Foto: Christian Gutiérrez.

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Si tuviera que presentarse hoy sin decir “soy cineasta”, ¿cómo se describiría?

Un guatemalteco en constante resistencia al silencio y al miedo.

Hoy recibe un reconocimiento por su trayectoria. ¿Qué significa para usted este momento?

Hoy me dan un premio a la trayectoria, un life achievement award, como dicen los gringos, ¿no? Y pues es un gran honor, pero para mí el verdadero premio es ver el trabajo de los y las cineastas; y de los periodistas y las jóvenes periodistas de Guatemala. Mi perspectiva es de celebración, de agradecimiento y de buscar cómo felicitarlos a todos y a todas por ese trabajo diario que hacen por romper el silencio y vencer el miedo.

El cine define su biografía, cuénteme sobre ese primer acercamiento a la gran pantalla.

Estamos desayunando frente al Lux. El Lux que es el palacio donde empecé a ver cine. Los miércoles, religiosamente, nos escapabamos del colegio y nos íbamos a jugar billar, y a las 4:15 nos veníamos al Lux. Nos metíamos a la galería. Nosotros comprábamos la más barata, que eran puras tablas en donde uno se sentaba. Recuerdo que a media película alguien gritaba, ‘¡Avalancha!’ Y nos bajábamos a otros asientos. En el Lux fue donde un día vi volar una butaca en la luneta; y nos dimos cuenta de que habían puesto una bomba debajo del asiento. Entonces, ir al cine era arriesgado.

En 1994 llegó «El Silencio de Neto», un parteaguas para el cine guatemalteco, que el año pasado cumplió 30 años. Después de tres décadas, ¿cómo observa hoy esa pieza? ¿Cómo se conecta  con el premio que le darán? 

En «El silencio de Neto» yo dejé un hilo suelto, lo cual en la narrativa se supone que uno no debe o hacer. Que siempre debe atar todos los cabos. Pero yo, a propósito, dejo la desaparición de Ani sin respuesta. E invariablemente cada vez que presento esa película y la he presentado mucho en en en Estados Unidos, en Guatemala, en Europa. Alguien levanta la mano y dice, ‘¿Qué pasó con Ani?’ Y yo les digo, ‘Esa es la pregunta que 45 mil familias en Guatemala se continúan haciendo. Y una de ellas es la familia de Luis de Lión. ¿Qué pasó con Luis? ¿Qué pasó con Ani? ¿Qué pasó con los 45 mil desaparecidos?

¿Considera que han aumentado los esfuerzos por silenciar lo que usted ya planteaba hace 30 años?

Claro, la miopía y la estupidez de mucha gente ha crecido también. Tenemos a Chepe Zamora en la cárcel, tenemos a Luis Pacheco y a Héctor Chaclán detenidos, tenemos a cuántos exiliados.  Mientras más resistencia hay, más opresión tratan de ejercer. Pero al mismo tiempo, digo, hay más resistencia.

Usted ha hablado de vivir entre países como una identidad partida. ¿Qué lo llevó a irse y a quedarse tanto tiempo fuera?

Yo no soy de aquí, pero de allá tampoco. De cada  lado un poco. Yo crecí en una casa que yo creo que era ideal, con una familia muy cariñosa. Fue una niñez privilegiada. Pero lo que yo aprendí era “No hables”. Y todo eso pues a mí lo que me provocaba era una falta de aire, asma, y yo no podía respirar. Pero también me provocó un deseo muy grande de irme. Así que solicité y gané una beca para la Universidad de Michigan y así fue como me fui.

¿Cómo enraíza de nuevo esa identidad guatemalteca viviendo fuera de su país de origen? ¿Alguna vez sintió que la perdió? 

Sí, hubo una época en que en que sí la perdí un poco. En los años 80 trabajé mucho haciendo publicidad con un fin muy materialista: hacer dinero. Esto fue después de «El silencio de Neto», que es la realización de un gran sueño de Justo Chang y mía de hacer cine en Guatemala y de sembrar una semilla. Pero gasté tanto dinero en esa película que necesitaba recuperarlo, así que me dediqué a trabajar y me alejé mucho de Guatemala.  Hasta el 11 de septiembre de 2001, cuando sucedió el ataque a las Torres Gemelas. La conmoción emocional que sentí, me sacudió y me hizo preguntarme si quería seguir haciendo lo que estaba haciendo o buscar algo que no solo me llenara los bolsillos, sino que me llenara un poco el alma. 

¿Así es como comienza a documentar historias de migrantes? ¿Cómo fue esa transición hacía lo documental? 

Sí, es  ahí cuando empiezo. Agarré una cámara y fui a entrevistar a migrantes guatemaltecos. Recién llegados, a punto de ser deportados. Hago una serie de pequeños retratos y les llamo «Voces del Silencio» Esos retratos de migrantes me llevan a la redada del 8 de mayo del 2012 en Postville, Iowa, un pueblito que no sabía ni que existía, y me voy junto con mi colega Vivian Rivas. Y nos vamos con el propósito de  entrevistar a tres, cuatro migrantes que habían sido víctimas de la redada. Pero es una historia tan fuerte y una situación tan impactante que yo me quedo dos semanas y entrevisto a mucha gente y me doy cuenta de que, mientras más entrevisto,  más grande es la historia; más complicada.

Y regreso 29 veces a ese pueblo. Luego me doy cuenta de que también está el otro lado de la moneda que es el origen de esos migrantes. Y vengo acá 17 veces y el resultado de esos 29, más 17 viajes, y de miles de horas de entrevistas es el documental: «abUSed: The Postville Raid».

Hace 13 años de ese documental, en que usted ya mostraba la brutalidad del sistema en contra de la migración. ¿Qué le provoca atestiguar  las políticas migratorias del gobierno de Trump?

Me provoca repugnancia, me provoca horror, me provoca una decisión aún más fuerte de resistir y denunciar todas estas actitudes racistas y populistas. Lo que buscan es encontrar un chivo expiatorio para echarle la culpa de todos los males de los Estados Unidos. Creo que eso no va a durar, pero el daño es muy grande y el  miedo que le han infundido a la población migrante es un crimen. 

Lo que es admirable es al mismo tiempo la resistencia popular. Nosotros en Nueva York vamos  a un plantón todos los lunes en el Columbus Circle, donde se reúnen personas de diferentes iglesias y también gente sin ninguna denominación religiosa a protestar por todas estas políticas e injusticias. También vemos a diario que la gente sale a la calle a grabar los desmanes de los agentes de ICE que nos recuerdan los peores momentos de la historia de Guatemala. 

En medio de estos estallidos sociales y políticos y con los nuevos modelos de comunicación digitales, ¿cómo ve usted el papel del cine hoy? ¿Sigue siendo una herramienta  crítica eficaz?

Sí, excepto que vivimos en una época de mucho más inmediatez en la comunicación y de una reducción en nuestra capacidad de retención. Yo aprendí mucho en los comerciales porque en 30 segundos tenía que contar una historia. Y yo creo que eso es algo que tenemos que aprender, a ser más sucintos. Sí, yo creo que el cine continúa su papel crítico, pero cada vez es más difícil atraer al público a las salas de cine. Una de las consecuencias del COVID es que nos acostumbramos al streaming.

Cuando usted piensa en el futuro, ¿qué le entusiasma y qué cree que hace falta para que exista una cinematografía más robusta en Guatemala?

Estoy en una época en que no me preocupo. En que le dedico mis energías a la esperanza, al optimismo y al agradecimiento. Tengo mucha confianza en que las nuevas generaciones, las que están produciendo ahora, las que van a producir mañana,  nos van a dar  una cinematografía guatemalteca muy poderosa, muy importante, que siga llevando nuestras historias ya no solo al mundo, sino a todo el país.  Nos hacen falta los Luis de Lión que vengan desde San Juan el Obispo a contar sus historias en cine. Definitivamente la ley de cine va a ser importante. Es momento clave para que este gobierno cumpla sus promesas.

Este reconocimiento, ¿lo vive como cierre o como un nuevo comienzo?

Para mí es una gran alegría, una sorpresa. Son esas  cucharadas de miel y de hiel que nos da la vida. Espero que no sea el final, sino el principio de una nueva etapa. Una conversación pendiente, un nuevo principio, una nueva oportunidad. Hay mucho todavía por muchísimo por hacer, lo que necesito es más es más tiempo.

Para cerrar: ¿por qué Luis de Lión queda en el centro de este viaje? 

Algunos preguntan ¿Qué tiene que ver Luis de Lión con el cine? Yo creo que tiene mucho que ver. Han habido tres momentos en mi vida en que yo sentí haber abierto puertas prohibidas, malditas o tal vez ambas. La primera es cuando leo Zaratustra y dicen «Ay, este no sabe que Dios ha muerto». El segundo momento es cuando veo la película «Persona» de Bergman y la tercera es cuando leo la línea de Luis de León que dice: «En el pueblo todos sabían que la Virgen de la Caridad era una puta…», de su novela «El tiempo principia en Xibalbá».  

Esa obra ha sido muy importante en mi vida. Él como educador que dedicó su su vida a enseñar, a provocar curiosidad en sus alumnos, que hizo el papel de  germinar nuevas mentes, es super importante y es algo que debemos honrar. Repito, con el cumplimiento del acuerdo entre el Estado y su familia. 

Luis de Lión me ha movido la tierra. Y me da una inmensa alegría estar aquí para reencontrarme con él.

Luis Argueta visita la placa en memoria a Luis de Lión ubicada en 11 calle y 2 avenida de la zona 1 en la ciudad de Guatemala. Foto: Christian Gutiérrez

María Olga Domínguez Ogaldes

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