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La resistencia de las productoras de café de Chanchicupe

Ana Marta Pérez tiene 77 años y vive en la aldea Chanchicupe, en Tajumulco, un municipio de San Marcos a unas siete horas en vehículo desde la capital de Guatemala. …

Ana Marta Pérez tiene 77 años y vive en la aldea Chanchicupe, en Tajumulco, un municipio de San Marcos a unas siete horas en vehículo desde la capital de Guatemala. Siempre se dedicó a la siembra del café. Desde que tiene memoria. 

Cuando era niña, acompañaba a su papá a trabajar en los matorrales de café. Hacerlo es parte de la tradición familiar. Su papá también iba con su abuelo cuando era niño, y él antes lo había hecho con el bisabuelo. 

El café forma parte de la historia de Tajumulco, un territorio montañoso en el occidente de Guatemala que, por su altitud y la composición volcánica de la tierra, es un lugar perfecto para producir un café ácido. Un café de altura y duro.

En la comunidad de Ana Marta Pérez, ubicada en la bocacosta, la cosecha de café inicia en octubre y termina cada febrero. El proceso no es algo sencillo, implica recolectar los granos de café maduros con la mano, cargarlos hasta donde se almacenan, para luego despulpados (separar los granos de café de la pulpa) secarlos. 

En el cafetal de la sede de la cooperativa

El café se vende a personas particulares o empresas, aunque también existen los intermediarios. Son personas que median en el negocio entre los productores y los compradores. 

En el mundo del café son conocidos como «coyotes», porque la mayoría se aprovechan de los productores: compran su café a un precio bajo y lo venden a un precio mucho mayor. 

Para eliminar a estos intermediarios —una tarea nada fácil— Pérez y un grupo de mujeres de Chanchicupe decidieron organizarse en una cooperativa, la Cooperativa Integral Agrícola de Mujeres con Esencia de Café (Ciamujesca). 

En Guatemala, de los 43,216 productores de café agrupados en 168 cooperativas cafetaleras registradas hasta 2017, sólo un 34% son mujeres

A pesar de su calidad, en los últimos años la población de Chanchicupe ha sustituido el café por otra vía de buscar ingresos: la migración y el desplazamiento interno.

Los motivos están bien documentados: la crisis en el precio del café en la primera década del 2000, las plagas, el cambio climático, el lento aumento del precio del café comparado con los costos de producción en la última década, las dificultades para acceder de forma directa a los compradores importantes y el aumento en el costo del jornal. 

Con la cooperativa, las mujeres de esta comunidad trabajan para evitar la migración y el desplazamiento a través de una vía: obtener un mejor pago por su producto.     

El nacimiento de la cooperativa 

«Había una cooperativa. La mayoría eran hombres y muchos pensaban que las mujeres no podían integrar un grupo», cuenta Olga Lidia Flores Yoc, una de las productoras de café de Chanchicupe. «Decían que solo éramos para la cocina y para tener hijos». 

De este rechazo fue como, poco a poco, fue tomando forma la idea de crear una cooperativa sólo de mujeres.

En el cafetal de la sede de la cooperativa. Fotografía: Simone Dalmasso.

Ocurrió una tarde de 2013. Olga se reunió con María Gabriela Yoc Pérez, una compañera que también se dedicaba a producir café. Se juntaron en casa de una vecina que tenía televisión y ahí, en el noticiero, vieron que había grupos de mujeres que se estaban organizando en una cooperativa. 

«Nos reunimos y empezamos. Todas en la producción del café porque nuestras abuelas nos heredaron tierra para que podamos sobrevivir y continuar con la siembra de café», cuenta Flores.

Así formaron un grupo que llamaron Amistad y trabajo. Entonces, aún no tenían personería jurídica. Con el apoyo de instituciones no gubernamentales y de la Asociación Nacional del Café (Anacafe), en 2017 el grupo se transformó en cooperativa. La unión que empezó con 12 trabajadoras. Ahora ya son 34.

María Gloria De León es representante legal de Ciamujesca. Cuenta que, para llegar a su terreno, cuidar y cosechar el café, camina 90 minutos. Pasa un puente de hamaca y sube 200 escaleras. Cuando cosecha, pasa la misma travesía, pero camina mientras carga el café con la ayuda de un mecapal (una faja para cargar que se detiene en la cabeza). Entonces, los 90 minutos se convierten en 120. 

El café que vendían De León y su esposo les permitía pagar los estudios y comida de sus hijos, pero en 2011 la plaga de la roya golpeó muy fuerte. Perdieron su cosecha y su esposo tuvo que salir de la aldea para trabajar como guardia de seguridad en un municipio cercano. Ella se quedó al frente del terreno. 

Uno de sus hijos se graduó de perito contador, otro de perito en dibujo de construcción y la hija es secretaria bilingüe. Está en la universidad estudiando un profesorado en enseñanza media. 

El trabajo en la cooperativa les cuesta, dice, «porque damos nuestro tiempo, dejamos de hacer cosas en la casa para estar en las reuniones y en las capacitaciones. Gestionamos proyectos o ayudas porque estamos unidas, nos sentimos animadas cuando nos dan algo. No es regalado porque damos nuestro tiempo. Hemos aprendido a ser cooperativa. Hay debilidades, pero vamos saliendo poco a poco porque nos apoyamos», explica De León.  

Por medio del apoyo de la FAO, de Anacafé y de otras organizaciones no gubernamentales han logrado capacitaciones y talleres para todas las asociadas de la cooperativa. 

«Nos están enseñando cómo mejorar la calidad del café, cómo despulpar, cómo cortar, cómo lavar, cómo solear», añade De León.  

A través de la cooperativa, gestionaron chapeadoras para 18 de ellas y secadores solares de café para 9. Con las chapeadoras motorizadas que les entregó la FAO, las mujeres pueden trabajar en su terreno, pero también en el de otros vecinos. 

Aprendieron a hacer abono orgánico con lombricomposta, bokashi y biofermentos orgánicos que ahora fabrican para las socias, pero que también venden. Están gestionando la reparación de pulperos (máquinas para separar la pulpa del grano del café) porque los pocos que tienen son viejos y dañan el producto. Con la ayuda de la FAO y el Ministerio de Agricultura emprendieron una biofábrica para fabricar insumos orgánicos, como el abono. 

La compostera de la cooperativa. Fotografía: Simone Dalmasso.

En los primeros días de septiembre de 2023 las mujeres iniciaron el acercamiento con un comprador que les pague un buen precio. La idea es que esta persona pueda comprarle el producto a todas ellas. En el pasado lo habían conseguido, una vez, pero fue temporal. Creen que pueden hacerlo de nuevo y que sea de forma permanente. 

Cuando no tienen un comprador fijo, que pague lo justo y compre a todas, cada una se organiza para entregar el café a donde les paguen mejor. 

La carretera es otro obstáculo. Aunque una parte está asfaltada, para llegar a la aldea aún hay que pasar caminos empedrados y de terracería, con hoyos que complican el acceso. Cuando venden muchos quintales, llega un camión del comprador para recogerlos. Pero, si no, si sólo logran pequeños compradores, tienen que ver cómo sacarlo. Esto complica la logística y les implica un gasto. 

Aunque su café es orgánico, aún no cuentan con el sello que lo garantice. Así que para completar sus ingresos, entre los cafetales algunas siembran pacaya, tepejilote y banano, pero logran cosechar poco. Iniciaron con un proyecto de bisutería con granos de café, para que las más jóvenes o las hijas de las socias puedan vender. 

Las mujeres involucran a sus hijos e hijas en la producción del café. Toda la familia participa en el corte o asoleándolo. 

Para ingresar a la cooperativa las socias deben pagar Q250 y presentar su Documento Personal de Identificación (DPI). Dan una contribución mensual de Q10 que guardan en un fondo común para cuando necesitan viajar a una capacitación y la organización que las invita no paga los gastos. El ahorro es otro buen hábito que aprendieron juntas. 

Elly Amarilis Chilel Pérez se unió hace dos años a la cooperativa. Su esposo había fallecido, su hija migrado a Estados Unidos y su hijo a la ciudad de Guatemala. Así que ella se quedó sola en el cafetal. Su motivación para unirse a la cooperativa fueron los proyectos que vio que tenían y el trabajo que hacían para garantizarse un buen precio del café. 

«Con el precio bajo, no todas podemos pagar el día de un trabajador que son de Q80 a Q100. Aquí los aprovechados son los coyotes», reclama 

«Y otra cosa que complica —lamenta Chilel— es la lluvia. A veces la cosecha viene bien, pero hay un aguacero fuerte y el café se descompone. Como la mayoría migran, hay muy pocas personas trabajando en el café».

De izquierda a derecha, tres de las socias fundadoras de la cooperativa: Ana Marta Pérez, 77, María Gloria de León, 47, y Cecilia Griselda Ramírez, 78. Fotografía: Simone Dalmasso.

Mujeres de todas las edades

En Ciamujesca la diversidad de edades es evidente. Hay mujeres ancianas, mujeres adultas, mujeres jóvenes y niñas, que, aunque por su edad no son parte de la cooperativa, suelen participar en algunas actividades. Acompañan a sus madres o las asisten en pequeñas tareas. 

El 2 de septiembre de 2023, cuando visitamos Chanchicupe, las mujeres de la cooperativa estaban reunidas para repartir entre las socias el caldo orgánico que elaboraron para la fumigación del café. 

La distribución de caldo orgánico para la fumigación del café. Fotografía: Simone Dalmasso.

Hacían una fila hasta llegar a un tonel y recibir el líquido en envases de plástico. Una niña ayudaba a su mamá a llevar el control de la entrega. En un cuaderno escribía el nombre de las beneficiarias que ya habían recibido su cuota. 

Mientras la escena transcurría, Ana Marta Pérez estaba parada bajo el marco de una puerta. Delgada, con mechones de pelo blanco sobre la frente, vestía una blusa morada, un corte morado con celeste y una gabacha multicolor. En las manos sostenía un cuaderno. Observaba a las demás mujeres y supervisaba que todo estuviera en orden. Es una de las integrantes de más edad de Ciamujesca. 

Pérez dice que están progresando y que las socias deben estar siempre en las reuniones, porque si no asisten, no apoyan y las que cumplen se desaniman. 

«Ese es el objetivo de una cooperativa, cooperar. Todos podemos cooperar. Lo que más queremos vencer es el mercado; que nuestro producto tenga mercado y que el precio de nuestro café sea mejor», anhela. 

«No hemos podido vender directamente y tenemos que seguir vendiéndoles a los coyotes, pero lo vamos a lograr porque por eso nos unimos. Es necesario luchar por nuestro objetivo. Nuestro café es café alto y orgánico, solo usamos abonos naturales», añade satisfecha.  

La última vez, en 2023, vendieron el quintal de café a Q1,300, explica. Si hubieran logrado el contacto directo con un comprador por los quintales de todas habrían logrado un mejor precio. Quizás subirlo, al menos, a Q1,900.

Según un artículo publicado por Prensa Libre en octubre de 2023, el café es el segundo producto de mayor exportación en Guatemala. El precio del quintal se sitúa en 246.09 dólares estadounidenses, unos Q1,919 (según tipo de cambio a Q7.8 por 1 dólar). 

Los preparativos para la distribución de caldo orgánico para la fumigación del café. Fotografía: Simone Dalmasso.

La migración

Cecilia Griselda Ramírez Yoc, de 78 años, es una de las fundadoras de la cooperativa. Su hija y su nieta también son parte. 

Aprendió a cosechar el café con su papá. Era agricultor y le dejó de herencia un terreno. Por su edad ya no trabaja en el campo, pero sabe muy bien cómo hacerlo. Recuerda que después de la plaga de la roya de 2011, aumentó la dificultad para vivir del café, pero ella y sus compañeras no se han dado por vencidas. 

Yovanna Maite Flores Orozco es su nieta. Tiene 25 años. Cuando se graduó de maestra de párvulos se puso a buscar empleo, pero no encontró, a pesar de que aplicó a muchas vacantes. 

Entonces, decidió replicar lo que hace la mayoría en Chanchicupe; migrar. Pagó Q35 mil a una persona para que la llevara hasta Estados Unidos de forma irregular.

No pudo llegar. Cuando estaba en el desierto entre México y Estados Unidos, la detuvieron y la regresaron a Guatemala. No lo intentó de nuevo. «Por ciertas experiencias que pasé, decidí ya no irme y dije: «Bueno, no se pudo allá, pero sé que aquí también voy a poder. A paso lento, pero lo voy a lograr”», dice Flores. 

Ahora trabaja en el campo junto a su mamá. Anhela tener una cafetería. Participó en un curso de barista y cafés negros. «He ido aprendiendo cositas importantes, cosas que uno como joven desconoce, solo se dedica a cortar y procesar el café y ahí no más. Desconoce para qué más sirve, porque me he enterado de que se usa para dulces, chocolates y vinos», cuenta Flores. 

Es una de las integrantes más jóvenes y disfruta conviviendo con mujeres de otras edades. 

«Cada una tiene una experiencia distinta. Antes de que empiecen las capacitaciones cuentan sus experiencias y nos dan consejos. A todas les tengo aprecio, más a las señoras ancianas. Les tengo respeto y admiración porque a la edad que tienen todavía están interesadas en el tema del café. Les gusta trabajar y demostrar que pueden, ahí están aportando», dijo Flores. 

Las mujeres socias de la Cooperativa Integral Agricola de Mujeres con Esencia de Café – CIAMUJESCA – en el cafetal de la asociación, en Chanchicupe, Tajumulco, en la Boca Costa del departamento de San Marcos. Fotografía: Simone Dalmasso.

Continúan con sus estudios

Las mujeres gestionan proyectos de la cooperativa, pero también iniciativas que beneficien a toda la comunidad. Este año lograron educación para quienes no han podido concluir con sus estudios. 

El acceso a la educación también fue diferente para cada una. Las más ancianas estudiaron solo hasta tercero primaria, otras lograron llegar a sexto. Pocas alcanzaron el básico y aún menos diversificado.

Cuando Ana Marta Pérez y Cecilia Ramírez eran niñas, en su aldea solo se podía estudiar hasta tercero primaria, no había maestros para los demás grados. 

Después ampliaron hasta sexto primaria y como resultado de una lucha de madres y padres de familia lograron tener básico. Pero hoy aún no hay diversificado. Quienes pueden pagarlo deben viajar a municipios cercanos o a la cabecera departamental. 

En el cafetal de la sede de la cooperativa. Fotografía: Simone Dalmasso.

Como parte del Proyecto Emprendimiento Rural en Entornos Agrícolas (REAL), para 2023 contrataron un maestro multigrado y útiles escolares. Las participantes pueden retomar sus estudios de primaria, básico o diversificado. 

El proyecto es organizado por la Asociación Nacional del Café (Anacafé) la Universidad EARTH, la Agencia de los Estados Unidos de América para el Desarrollo Internacional (USAID) Argidius y Funcafé. 

Los estudiantes son integrantes de la cooperativa y personas jóvenes de la comunidad que no habían conseguido terminar sus estudios. La meta es conseguir un bachillerato en caficultura. Pueden estudiar primaria, básicos y diversificado. 

María Gloria de León, la representante legal de la cooperativa, es una de las alumnas de primero básico. Cuando era niña quería ser maestra, pero sus padres no tenían los recursos económicos para pagar sus estudios. 

Edna López retomó sus estudios de sexto primaria. Cuando era niña su mamá murió al dar a luz a su hermano menor. Ella y sus hermanos se dedicaron a cuidarlo. Su papá era alcohólico. Abandonó la escuela, más grande se casó y tuvo cuatro hijos. Dos trabajan en México y dos más viven con ella en Chanchicupe. 

Hace tres años su esposo falleció y la cooperativa la ayudó a salir adelante. 

«Cuando una está sola siempre necesita salir para motivar al cafetal, entonces ya no siente tristeza porque está trabajando. Ahí doy mi tiempo», dijo Edna. 

Con risas, pláticas y trabajo, unidas en una cooperativa, las mujeres siguen en busca de mejores condiciones para las personas dedicadas al café. Quieren que en su comunidad haya otras alternativas además de la migración, para que puedan vivir dignamente de lo que producen. Se animan unas a otras a seguir. 


La serie “Lo que dejó la fiebre de la amapola”, de la que es parte esta crónica, fue producida por Ocote gracias a la beca del Fondo para Investigaciones y Nuevas Narrativas sobre Drogas (cuarta edición), de la Fundación Gabo en alianza con la Open Society Foundations (OSF). Y contó con el acompañamiento y mentoría del periodista Guillermo Garat.

María José Longo Bautista

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