Desapariciones
Isabel busca a su familia
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A las 9 de la noche la familia Tum de León había terminado de cenar cuando, de pronto, el Ejército de Guatemala entró a su casa. Era  1983,  Isabel  tenía 17 años  y recuerda que uno de los soldados apretó  las manos alrededor del cuello de su hermana. Isabel  sintió miedo y  corrió al dormitorio. Saltó por la ventana y siguió corriendo. Atravesó un río que estaba cerca de su casa y escuchó disparos. Los balazos  la convencieron de no regresar. 

Horas antes Isabel y su familia habían llegado a esa casa para escapar de las amenazas del ejército. Ahí estaban reunidos: Nicolas Tum, su padre, Josefa de León, su madre, María Tum de León, su hermana y sus hermanos, Juan y Domingo. 

 Isabel corrió y caminó durante la noche y la madrugada, desde la cabecera municipal de Sacapulas, Quiché, hasta la casa de su hermana en la aldea Parraxtut. Fueron al menos 10 kilómetros. 

Cuarenta años después, el 20 de mayo de 2023, Isabel está sentada en un banco de plástico, afuera de la casa que renta en Quetzaltenango. Frente a ella está Andrés Marroquín Hernández, asistente de investigación y documentación de víctimas de la Fundación de Antropología Forense de Guatemala (FAFG)

Muestras de ADN que permitan encontrarles

Andrés tiene cuatro años trabajando como asistente de investigaciones en el departamento de investigación y documentación de víctimas de la FAFG. 

 Como hace cada vez que recolecta muestras, Andrés le explica a Isabel que con su  consentimiento puede autorizar para que utilicen su muestra de ADN sólo para identificar a sus familiares. “No podemos utilizar su ADN para otra cosa”, dice Andrés y luego pregunta: “¿Usted nos autoriza para que tomemos su muestra?” 

Isabel no sabe leer ni escribir. Su idioma materno es k´iche´, pero también habla español. Mientras Andrés le explica, ella mueve la cabeza hacia adelante en señal de aprobación. Luego dice que está de acuerdo y, coloca su huella porque no sabe firmar. 

Andrés le advierte que necesita una muestra de sangre para que puedan comparar su ADN con las osamentas que tienen y con las que rescaten en el futuro. Isabel acepta y le acerca la mano izquierda. Andrés le pincha el dedo anular  aprieta un poco y cae la primera gota de sangre, que recoge con un papel especial. Cuando consigue cuatro gotas, le coloca una curita en la minúscula herida. Isabel dice que no le dolió. 

Por lo que vio y escuchó, Isabel está segura de que sus familiares murieron. Aunque  no regresó más a la casa donde el ejército atacó a su familia, sí volvió al municipio. Ahí los vecinos le han contado distintos rumores. Unos dicen que a su familia la enterraron en el cementerio, sin identificarlos, otros que el ejército los quemó, también le han contado que los soldados los tiraron al río. No sabe a quién creerle. Busca los restos para enterrarlos y despedirlos en paz.  

Una pequeña muestra de sangre de familiares de personas desaparecidas durante el conflicto armado interno permite a la FAFG cotejarlas con su banco de datos para identificarles. Fotografía María José Longo Bautista

La FAFG asiste en Guatemala a las personas que buscan a sus familiares desaparecidos. Toman muestras de ADN, las comparan con las osamentas que han encontrado y sí coinciden, se encargan de trasladar los restos con la familia. Todo es gratuito.

Desde 1997 han tomado 16,500 muestras de ADN y recuperado al menos 9,000 osamentas . Al 20 de mayo de este año, han identificado a 3,800 personas. El proceso tarda como mínimo seis meses. Luego de ingresar la muestra, se realiza un informe de arqueología, otro de antropología forense y uno de ADN. Si la muestra no coincide con la base de datos de los restos que guarda  la asociación, se conserva  para compararla con la información de osamentas que se recuperen en exhumaciones futuras.  

Sentada en su casa, cerca de Quetzaltenango, Isabel cuenta su historia mientras la FAFG toma muestras de su ADN. Fotografía: María José Longo Bautista

 “Nuestra misión es dignificar la vida de las personas, que tengan una sepultura digna, que no estén en un cementerio clandestino y que la familia pueda tener un lugar donde los puedan visitar, aunque sea los restos, pero que estén seguros de que su familiar regresó con ellos”, explica Andrés.  

Isabel se enteró de que la FAFG  estaría en Quetzaltenango por su hija Nancy, quien vio la publicidad en redes sociales y recordó la historia que su madre le había contado. 

“Siempre que recuerda esa noche, llora. Yo prefiero no seguir preguntando, pero ella y yo queremos saber qué pasó con los cuerpos”, cuenta Nancy, quien contactó a la fundación y pidió que llegarán a su casa porque no habían podido asistir a la jornada que la fundación realizó. Como Andrés y sus compañeros aún estaban en Quetzaltenango el fin de semana, accedieron

Los recuerdos de Isabel

Isabel es una mujer  k´iche´. Según el informe Guatemala, memoria del silencio de la CEH, este pueblo fue el más afectado durante el conflicto armado interno,, 

”Fueron los más afectados, habiendo sufrido el 25 por ciento  de las ejecuciones arbitrarias en masacres”, anota el informe.  Es decir, 25 de cada 100 personas que murieron en estas circunstancias, eran de origen k’iche’.

 Isabel tenía 17 años cuando huyó en 1983. Con el tiempo, luego de refugiarse en casa de su hermana, se casó y tuvo seis hijos. Viven tres.. Uno falleció al nacer, otro a los pocos días de nacido y uno más murió en 2015 a los  18 años. .. 

Isabel trabaja en una casa  en  Quetzaltenango, a donde migró hace 20 años. Ella tiene ahora 57. Hace la limpieza y cocina durante el día. La casa que renta para vivir es de block con techo de lámina y puerta de madera. Afuera hay un patio grande de tierra y árboles. 

La voz de Isabel es suave pero firme cuando cuenta su historia. Se hace  escuchar sobre  el ruido del chompipe, la gallina, las pericas y el esporádico canto de un gallo.

El patio de la casa de Isabel en Quetzaltenango, donde radica ahora. Fotografía María José Longo Bautista

Recuerda que ella y su familia estaban amenazados, su padre era catequista de la iglesia católica y su madre lo apoyaba. De él heredó el rostro cuadrado, de ella la tez  morena y el pelo liso y negro. Cuando Isabel nació su padre estaba enfermo, no pudo reconocerla y por eso solo lleva el apellido materno.

Entre  1980 y 1983, aumentaron los casos de ejecución arbitraria de sacerdotes, catequistas y miembros de las organizaciones sociales de la Iglesia Católica, sobre todo en el área rural. Quedó registrado en el informe de la CEH. 

“La guerrilla amenazaba para que se unieran a ellos, pero al ejército no le gustaba eso, nos amenazaba a nosotros. Queríamos salvar la vida de mi papá, pero no se pudo, el ejército los mató”, dice Isabel.  

Como en el caso de la familia de Isabel,  el Ejército de Guatemala participó en un 97 por ciento de las masacres durante el conflicto armado interno, según el informe Guatemala memoria del silencio.

El padre y los hermanos de Isabel eran agricultores, sembraban maíz, cebolla y tomate. Su madre era una mujer alta, ama de casa, no sabía leer ni escribir. La noche que la mataron tenía un huipil rojo y un corte negro con ranta multicolor. Estaba descalza. 

Isabel recuerda con claridad los detalles de la ropa que vestían sus padres y hermanos el último día que los vio. 

Isabel se enteró de la jornada de recolección de muestras por su hija, quien conoce la historia y, como ella, espera encontrar a su familia. Fotografía: María José Longo Bautista

También tiene presente que su papá padecía de calambres en las piernas y brazos, que solo su hermano Juan era gordo. Isabel es la menor de 14 hermanos, tiene cuatro hermanas vivas, una hermana y tres hermanos asesinados durante la guerra y cinco hermanos que murieron al nacer o días después.

El otro hermano desaparecido  

Un mes antes de la muerte de tres de sus hermanos y de sus padres, el ejército detuvo a su hermano Francisco Tum de León y lo encerró junto a otras personas en un convento de Parraxtut. Estuvo ahí dos días. Durante la noche lo sacaron y se lo llevaron. Isabel  no lo volvió a ver. 

Francisco, el hermano de Isabel,  tenía 53 años cuando desapareció, cuatro hijos y tres hijas. Algunos viven en Guatemala y otros migraron a Estados Unidos. El último día que Isabel lo vio tenía un pantalón de lona azul, una playera celeste y una camisa encima, zapatos cafés y un cincho negro.  Era agricultor, no sabía leer y escribir, le gustaba beber licor y, según Isabel, no se involucró en la guerrilla, aunque el ejército creía que sí.   

Una jornada en Quetzaltenango  

La FAFG regresó a Quetzaltenango doce años después que hicieran ahí la última jornada para recolección de ADN.

 Andrés llegó el sábado a la casa de Isabel porque ella no pudo asistir al Centro Intercultural de Quetzaltenango. Por una semana el personal de la fundación estuvo en Coatepeque, San Juan Ostuncalco, Concepción Chiquirichapa, Zunil y la cabecera departamental.  

La toma de la muestra no es invasiva. Se recolecta sangre luego de un  pequeño pinchazo en el dedo. Entre más muestras de personas cercanas, se recolectan para la identificación de una persona más probabilidades hay de lograrlo. 

 “La muestra de ADN debe ser de un familiar nuclear, es decir de padres, hijos o hermanos porque el ADN aún se conserva en el primer grado sanguíneo. Cuando son primos, sobrinos o nietos el ADN se degrada”, explica Andrés,  

Durante la semana en Quetzaltenango, en mayo los investigadores de la FAFG atendieron 25 casos. Cada uno de ellos  representa a un núcleo familiar que puede tener uno o varios familiares desaparecidos.   Y aunque las familias se acercan a la fundación, aún expresan temor  a ser perseguidos, a tener repercusiones por buscar a sus familiares. 

“Queremos exhortar a que se pierda el miedo, que se aboquen a nosotros, es un proceso seguro, gratuito y confidencial. Lo hacemos por la dignificación de las familias y de las personas  desaparecidas”, comenta Andrés 

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Uno de los afiches para la enseñanza de la historia contemporánea de Guatemala realizado por el Instituto Internacional de Aprendizaje para la Reconciliación Social (IIARS)

“Al  tener estos casos podemos ver hasta donde llegó el conflicto armado interno en destruir el tejido social de Guatemala. Queremos que ese tejido no siga destruido, que la sociedad vuelva a confiar entre distintos pueblos.”, señala Andrés. 

Además de personas desaparecidas y muertas, el conflicto armado interno en Guatemala dejó una sociedad fragmentada, pobreza, niños y niñas sin hogar, mayor desigualdad, entre otras secuelas.

La historia de búsqueda de Isabel se repite en otras familias, la CEH estima que de los 200 mil víctimas, 160 mil fueron muertos y 40 mil desapariciones. Como Isabel, muchos debieron huir para proteger su vida, pero no dejaron atrás el recuerdo y continúan con la búsqueda.

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