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Cartografías de la masculinidad trans

La masculinidad, como toda construcción identitaria, es una complejidad que toma forma a lo largo de muchas experiencias, enseñanzas, aprendizajes, y tiempo. Esto suele suceder en una especie de cotidianidad que nos mantiene lejos de la conciencia de cómo sucede. Tristán López es escritor, es activista y es un hombre trans que desde 2017 ha venido recorriendo esa transición que le ha permitido ser un testigo oportuno de esa construcción identitaria, acá su voz como un potente registro de la construcción de la identidad.

Como para un migrante, el éxito del viaje de la transición depende de la generosidad con la que otros te acogen y te sujetan Paul Preciado   Cuando Paul Preciado …

Como para un migrante, el éxito del viaje de la transición depende de la generosidad con la que otros te acogen y te sujetan

Paul Preciado

 

Cuando Paul Preciado describió el proceso de transición en su artículo Llámame por mi (otro) nombre establece que es una proceso radicalmente colectivo pues el género —el de todas las personas— es una ficción sostenida por procesos de construcción y deconstrucción social. A menudo esas construcciones —y deconstrucciones— sociales son pautas de conducta entre las personas, otras veces son procesos institucionales que sostienen materialidades: ¿Qué sería de nosotras si nos fuera retirado nuestro DPI y quisiéramos retirar del banco nuestros ahorros de toda la vida o convencer a alguien que nuestra hermana es nuestra hermana?

La metáfora de Preciado me parece fantástica porque describe el proceso global y político de buscar la vida en otra parte y permite reflexionar sobre las condiciones de posibilidad que generan las personas —e instituciones— que te acogen o no. Más adelante en el texto el filósofo señala:

Como un migrante, una persona en transición elabora poco a poco una cartografía de supervivencia que distingue espacios transitables o intransitables, lugares en los que puede existir o en los que su existencia se ve constantemente contestada, hasta constituirse con éxito (no siempre) una red de sujeción que permita dar existencia material a la ficción política de su género. (Preciado, 2018)

Entonces quiero hacer una cartografía de mi masculinidad trans, quiero describir los mapas políticos, afectivos, institucionales, etcétera, donde he podido habitar como hombre trans en Guatemala. También describir los espacios que están en disputa o los que no he podido habitar. Busco difuminar la línea entre hablar de transición y hablar de masculinidad. Es que creo 1) que la masculinidad, como la transición, es un constante devenir, siempre una potencia —más macho, más fuerte— y rara vez un acto; y 2) que todas las personas constantemente actualizamos nuestro género con rituales sociales y tecnologías corporales y que las personas trans sólo hemos encontrado nuevas palabras para describir esa actualización —a menudo como respuesta a un desafío de legitimidad—.

He trazado mi cartografía personal desde el 2017, año en el que coincide mi transición con mi participación en espacios de activismo político anticorrupción. Por eso está orientada a una identidad política también y una crítica a la masculinidad desde espacios de encuentro como el feminismo y la reflexión sobre orientación sexual e identidad de género. Pretendo aquí hablar de esos espacios y a dónde me llevaron partiendo desde el espacio político más inmediato, mi cuerpo, hacia las posibilidades colectivas sobre lo trans.

  

Punto de partida de la masculinidad

De la nada nos damos cuenta que estamos vivos y aquí. Que estamos en un mundo lleno de otras personas quienes nos dijeron que éramos hombres y mujeres desde antes de nacer. Esa designación es poderosísima porque forma parte de un entramado biopolítico que nos constituye y sobre el cual tenemos un margen para ser nosotros y nosotras mismas. Resultado de este proceso es que hay un olvido de que el género es eso, una ficción: ¿Cómo no olvidar que está ahí si nos acompaña desde antes de nacer? ¿Cómo hacer memoria de lo eterno?

El treinta de octubre de 2017, empecé en un régimen de testosterona artificial en mi cuerpo. El cinco de diciembre del 2018 me hice una mastectomía con masculinización de pecho. Tengo memoria de estos acontecimientos en mi historia como posibilitadores de una parte de lo que me hizo hombre. ¿Qué cosas suceden en nuestra vida que nos hacen ser hombres y ser mujeres? Yo puedo recordar cuándo fue que me hice hombre, recuerdo un proceso de acogida social, modificaciones corporales y subjetividad difusa que se va perdiendo en los recuerdos de la infancia. Recuerdo la designación ajena, la que no me quedaba y la otra, la que, finalmente, me posibilitó ser.

Yo quiero retar la idea del género como algo natural y eterno porque busco contar la historia del género, así como las historiadoras feministas como Joan Scott teorizaron: la historia no puede ser contada sin las mujeres y estas no pueden ser contadas y contarse si son un eterno femenino. Toda memoria es posible una vez purgamos nuestra vida de lo eterno.

Por eso creo que más bien somos seres en transición, sociedades en transición. Tenemos rituales que nos convierten de niños a hombres, tenemos institucionalidad que legitima al hombre-ciudadano después de los dieciocho años. Existen rituales sobre la virilidad y la virginidad; rituales como el matrimonio que nos hacen sentir hombres completos —porque tenemos una mujer— en la monogamia heterosexual. Finalmente, tenemos escalones institucionales como la edad que se requiere para ser presidentes.

Y es que, como la transición, la masculinidad está profundamente ligada al tiempo: se deviene constantemente hombre, no hay un solo punto de partida —si es que hay—. Pretendo responder la pregunta sobre el “qué” de la masculinidad a partir del “cuándo”: ningún hombre nace sino que se ha hecho por procesos políticos, sociales e institucionales marcados en su tiempo de vida. Por supuesto esos sucesos rara vez son exactos, no hay fecha y hora para describir desde cuándo somos hombres. Lo que hay son estructuras normativas que describen cómo son los hombres y las mujeres las cuales posibilitan cierta exactitud en algunas cosas. Esas estructuras normativas permean desde lo más evidente como el DPI y la mayoría de edad, hasta lo más oculto como las formas del cuerpo y la sexualidad.

Antes que describir las estructuras normativas, —lo cual sería básicamente enumerar las cualidades de la masculinidad hegemónica y la manera en la que se someten los cuerpos a ese régimen: heterosexual, etnocéntrico, clasista— me gustaría insinuar las alternativas llenas de contradicciones, si es que existen, y cómo se han encarnado en mi proceso. Tal vez, describir un poco lo que decía Burke cuando describe dónde es que estaba la historia de los otros —de los pobres, de los negros, las personas gays y lesbianas, las mujeres, etcétera—, fuera de las normas del poder hegemónico:

[esta historia busca] la libertad de elección de la gente corriente, sus estrategias, su capacidad para sacar partido de las inconsecuencias e incoherencias de los sistemas sociales y políticos, para descubrir rendijas por donde introducirse o intersticios donde sobrevivir. (Burke, 1996, p.72)

La comunidad trans gira en torno a las redes sociales. Ahí se comparten relatos, videos, recomendaciones, productos, espacios seguros, entre otras cosas. Cuando empecé mi transición también documenté los cambios en mi voz y después de mi cirugía fui fotografiando el proceso de sanar. Es celebrar el cuerpo y lo lejos que uno ha llegado porque usualmente empezar las hormonas requiere fuertes procesos médicos y personales. Yo me recuerdo con este afán de historizar. Es darle sentido a lo que soy ahora porque implica reconocerme en cada etapa de mi vida y encontrar que somos este cambio constante, esta transición constante, este devenir.

Creo que narrarnos es contar esta otra historia que se niega a caer en la categoría de cisgénero por default. Documentar la transición es constatar la existencia, es retar la idea de que tenemos que escondernos o avergonzarnos, es resistir a la no-representación, ser testigos de estos intersticios que son donde vivimos. También creo que toda identidad es colectiva, toda comunidad se organiza a partir de relatos: relatos personales, relatos políticos o históricos. Contar nuestra historia es hacer comunidad y resistir.

Y es que estoy convencido que es desde estos intersticios a la norma, a buscar la vida en otra parte, que la ternura y las transformaciones políticas a estos sistemas son posibles. Regresando al treinta de octubre del 2017: mi primera dosis de testosterona artificial. Buscaba materializar o actualizar una subjetividad profunda y, aunque no necesitamos nada más que una cálida acogida para ser trans —ni cirugías, ni hormonas—, vivía este conflicto con mi cuerpo que era el de no ser comprendido. En el fondo estaba viviendo la resistencia al sistema normativo a la vez que lo reafirmaba, pero en esa pugna está la vida misma. Creo que Miquel Missé, sociólogo y activista trans, puede explicarlo mejor:

Yo tengo una relación con mi cuerpo problemática y lo vivo con conflicto, pero creo que esta idea está basada en un conjunto de creencias que en algún momento aprendí. No creo que yo estuviera determinado a no estar a gusto con mi cuerpo, sino que tiene que ver con una cultura que nos lanza una serie de mensajes para interpretar ese malestar, en mi caso el de no encajar en la categoría mujer. (Missé, 2019)

En el año 2017 y a la actualidad, este profundo malestar de género —el cual creo que todas y todos hemos sentido más de alguna vez y en diferente medida— se interpreta y alivia con la ciencia médica o con las categorías de la transexualidad. Por mi parte aprendí mucho a que no toda contradicción tiene que tener síntesis o, por lo menos, a que esa síntesis se va dilucidando con el tiempo. No tenemos que tener todas las respuestas y eso aplica también para la práctica política, el feminismo o entender a las personas trans.

Me parece que la transición sigue una lógica del suplemento: desorganiza oposiciones binarias sin proponer una síntesis realmente. Yo viví ese suplemento y tenía que ver con que yo sabía que no me hacía falta nada para ser yo mismo y a la vez sentía esta profunda necesidad de alterar mi cuerpo. Por ejemplo, ¿por qué utilizaba fajas para masculinizar mi pecho si eran muy incómodas? De esta reflexión sospecho que podemos aprender algo de la masculinidad porque estar en paz con esta tiene que ver con lograr exteriorizar que nada te quita quién sos. Y, a la vez, es reconocernos vulnerables ante las miradas ajenas y aprender a conciliarlas cuando sea necesario.

Mi masculinidad era frágil porque mi voz, mi pecho, mi cuerpo, reflejaban algo que no estaba asociado con la masculinidad. Creo que por eso algunas personas trans también deciden performar más exageradamente su género, porque tienen este reto de legitimidad. De la misma manera, los hombres constantemente tenemos que probar que somos hombres haciendo cosas “de hombres”. Somos frágiles porque la sociedad que habitamos no se la piensa dos veces para quitarnos nuestro título de hombres o machos.

En fin, el régimen de testosterona ha sido un viaje hermoso de redescubrir la masculinidad a nivel corporal, redescubrirse uno mismo (aunque la masculinidad está lejos de ser la testosterona). Cuando empecé sentí otra pubertad, una pubertad quizá más a tiempo, más calmada, amena, tranquila, deseada. Como esos cuentos sobre que personas mayores vuelven a tener 17 años, pero real y tampoco tan mayor (tenía 21 años).

 

Coordenadas: corporalidad y masculinidad trans

Sobre los cuerpos hay tantos mecanismos normativos de poder, representaciones y áreas grises. Creo que no hay nada como el cuerpo —que es nuestra vida misma— que esté más en disputa o que cohabite más con el sistema normativo a la vez que con los intersticios de otra materialidad posible. Creo que mi cuerpo, como los cuerpos trans, han sido ocultos de la historia y que habitan a la vez la norma y la disidencia.

Hay tantas cosas asociadas a la corporalidad que en realidad son significaciones culturales. La testosterona me masculiniza pero no me hace hombre porque yo ya era un hombre. Sin embargo mi cuerpo cambió, el primer cambio que sentí fue un aumento brutal de mi deseo sexual. No podemos homogeneizar los cuerpos y dar explicaciones a priori sobre el deseo sexual masculino porque esto no explica la construcción social que permite la violencia sexual masculina, por ejemplo. Mi deseo sexual aumentó pero no me volví un violador, a los violadores los hace un sistema de impunidad y una concepción falocéntrica del sexo y los cuerpos femeninos, no la testosterona.

Muchas cosas cambiaron, mi barbilla, mis pómulos, mi espalda se ensancharon. Mi sensibilidad cambió pero no sé qué tanto, lloraba más antes, eso sí. Mi corporalidad pasó a ser leída en masculino —básicamente lo que buscaba: expresar una subjetividad, ponerla en mi piel—. Me cuesta determinar la línea de cómo nuestros cuerpos son moldeados por nuestra sociedad y cultura, por ejemplo, cuando les enseñamos a los niños a manejar y a las niñas a cocinar. También me cuesta determinar cómo la testosterona cambió mi cuerpo. Lo que quizá tengo claro es que sobre fenómenos corporales se construyen valoraciones culturales que traen consigo desigualdades.

Sobre la fortaleza corporal se construyen intrincados códigos sobre que los hombres tienen que ser fuertes o por lo menos más fuertes que las mujeres. Sobre eso se construye un valor: la debilidad corporal como justificación para cierta desigualdad social. Lo más sorprendente de esta significación es que lo que entendemos por sexo biológico, está constituido socialmente. El sistema normativo es una prescripción más que una descripción y, como tal, deja afuera la diversidad de corporalidades como los cuerpos masculinos débiles, los cuerpos femeninos con pene, los cuerpos intersexuales, etc. Por eso creo que la realidad está afuera de la norma, nadie realmente la alcanza y encarna.

Y es que romper el sistema normativo no es un acto performativo, diría Gabriel Álvarez, amigo y psicólogo trans de Guatemala, sino “es poner en tela de juicio las brechas que nos coloca el género y ponerlas desde las experiencias que nos atraviesan la piel” (2019). Romper el sistema normativo es cuando nos decidimos por la ternura en vez de la toxicidad, cuando nos resistimos a ejercer violencia, a cederle nuestros cuerpos a un sistema que los ocupa violentamente. Haciendo eco de las palabras de Miquel Missé: “siento la extraña sensación de que me han robado el cuerpo”. Recuperarlo un poco.

Creo que debemos ejercer la masculinidad sobre la resistencia a ser hombres desde la norma. Me parece que haber vivido ambos géneros me otorga una perspectiva especial sobre el asunto de los privilegios y opresiones. Yo sé lo que es ser mujer urbana, disidente sexual, con privilegios de clase. Y sé que hay cosas bien concretas que cambiaron como la seguridad que siento al caminar en la calle o la manera horizontal con la que me abordan otros hombres. Trazar los mapas de la masculinidad trans debe tomar en cuenta los privilegios que gana un cuerpo masculinizado.

Los privilegios quizá se resuman a un pacto social sobre ser lo uno y no lo otro. Sin embargo, el precio a pagar por estos es muy difícil. Tal como dije anteriormente, la masculinidad es siempre una potencia: ser más rico, más potente, más macho, más mujeriego, más agresivo, etc. Nunca somos solo varones, la masculinidad es frágil porque abajo solo están las mujeres, los gays, lo femenino. La masculinidad es la cárcel perfecta porque otorga privilegios deseables sin explicitar cuál es el precio a pagar por ellos. El precio a pagar es el respeto, la horizontalidad, la ternura, la debilidad. También supongo que hay cosas buenas en la masculinidad pero no me atrevería aún a hablar de ello.

En mi caso decido liberarme poco a poco de esa cárcel. Cuando accedí a espacios masculinos me di cuenta de lo absurdo que se sentía tratar de alcanzar la masculinidad, por eso decidí pensarme desde la masculinidad gay, dejarme interpelar por esta otra designación donde es posible expresar emociones, aceptar debilidad o cuestionar la heterosexualidad como espacio de dominación hacia cuerpos femeninos. Mucha de la construcción de la masculinidad hegemónica está orientada al consumo y posesión de cuerpos femeninos.

Cuestionar la sexualidad no necesariamente pasa por alterar las prácticas sexuales sino es cuestionarla como significante de las relaciones entre las personas. Desde mi vivencia propia al entender que el género no es monolítico entendí lo poco que tenía de sentido reducir la sexualidad a la genitalidad o el sexo de las personas —de la misma manera en la que insisto que las personas no debemos estar definidas por nuestro sexo y que el sexo mismo no es un significante neutro o dado naturalmente—. Esto me hizo reconciliarme con la bisexualidad como posibilidad y moverme hacia formas más armoniosas en mis relaciones afectivas. En concreto, se traduce a dejar de fingir formas de uso corporal y dejar fluir amaneramiento si es que tengo. O utilizar ropa “femenina” si me gusta, como ir al súper con una chalina de flores bien bonita. Esto fue posible también porque estaba cómodo en una corporalidad masculinizada donde nadie iba a dudar de que era hombre “por más que” utilizara cosas de mujer.

Sin embargo, aún tengo todas estas dudas sobre las representaciones de la sexualidad trans. Y es que creo que la pornografía tiene demasiada influencia en la manera en la que representamos —y ejercemos sin satisfacer esa norma— nuestra sexualidad. Y como tal, la pornografía no representa correctamente nada pero destaco que no representa a los hombres trans. Aparte de la comunicación y el profundo respeto hacia los cuerpos, aún busco formas de erotizar y representar la sexualidad trans masculina. Creo que esa representación debe disputarse desde enfoques de respeto, ahora dentro de mi cartografía la sexualidad trans es un no-lugar o una insinuación que debe seguirse midiendo.

 

Leyenda: espacios políticos y feminismo

“Eso es lo que hacen los términos reclamados —retienen, insisten en retener un sentido de lo fugitivo”.

Maggie Nelson

La sexualidad es un campo profundamente político, no solo porque las disidencias cuestionan de raíz el sistema, también porque es ahí, donde la mirada inquisitiva de la norma no alcanza, donde se gestan procesos de transformación política. Nombrarse desde la disidencia es reclamar sentidos abyectos. Lo que transitar a la masculinidad —la parte privilegiada de la ecuación binarista de los sexos— me ha enseñado es que hay sentidos de la disidencia en lo aparentemente normativo.

Creo y siento que es un deber moral afirmar que las masculinidades en resistencia —de la misma masculinidad— son posibles. Desde antes de hacer mi transición me he pensado y sentido desde el feminismo. La teoría feminista es impresionante porque ha llevado hasta los ámbitos más “privados” y profundos las miradas críticas y, de esa cuenta, ha llamado a la coherencia. Este aparato crítico me ha aportado las herramientas para entenderme y entender el mundo. Sin embargo, cuando hice mi transición sentí que me quedé sin espacio donde pensar, que fui desterrado de este espacio político.

Existen concepciones esencialistas sobre los hombres —muchas veces bastante justificadas pero no por eso menos infértiles— que imposibilitan la transformación social: los hombres solo son abusadores misóginos y violentos. Aunque insisto a que estas generalizaciones son justificadas y comprensibles, creo que hay que ser críticos de la homogeneización y la contraposición binaria “hombres versus mujeres”. ¿Cómo todas mis experiencias sobre opresión, violencia y desigualdad quedaron anuladas por mi nueva designación? ¿Por qué fui desterrado del feminismo si nada había cambiado a la vez que todo cambiaba?

Sé que a mí me hizo hombre la mirada, la designación, el pacto involuntario, la seguridad al caminar en la calle, la seguridad subsidiada en los espacios públicos. También la sospecha sobre mi cuerpo me hizo hombre, la traición al descubrir que era “mujer”, la delatora voz de niña, los ojos dulces, la violencia. Mis vivencias también han sido atravesadas por la violencia. Con esto no quiero aprovechar para decir que el sujeto teórico-político del feminismo tiene que ampliarse y admitir los transfeminismos. Dicho sea de paso, las grandes victorias de cada ola del feminismo son la ampliación del sujeto del feminismo. Pero no, no quiero hablar del feminismo. Quiero ser testigo de que en la disidencia también hay resistencias.

Mi transición también volvió heterosexuales —a falta de un mejor término— mis relaciones con mujeres. Entendí dos cosas: el privilegio heterosexual y el privilegio masculino. Y dentro de todo eso, entendí que seguía siendo yo mismo, ese disidente, transgresor y normativo en tantas cosas a la vez. Maggie Nelson escribe en The Argonauts una relación con alguien trans masculino o que habita la no-binariedad —utilizando la metáfora del Argo como este barco que constantemente cambiaba de piezas pero seguía siendo el Argo por algún extraño sustrato ontológico—. En algún momento explica que tenían un hijo y que su retrato familiar era como cualquier retrato de una familia tradicional.

¿Cómo podía ser tan tradicional y normativo a la vez que totalmente disidente? La autora reflexiona sobre cómo la reproducción, la concepción, el embarazo, están ligadas a la norma cuando, en realidad, pueden ser espacios fugitivos. Me toca reivindicar aquí la corporalidad transmasculina como cuerpos gestantes, pero ese es otro tema. Estoy buscando lo abyecto dentro de la norma porque sé que ese espacio al margen —aunque fuera en la norma misma— es lo que permitiría la ternura y la transformación política.

Me parece que el único error del movimiento #MeToo es ese, no resuelve ni entiende la masculinidad como un espacio que puede conciliarse. Aunque a mí me parece que esta vez nos toca a los hombres construir esa alternativa, el #MeToo fue poderoso para evidenciar una estructura de la cual los hombres nos estamos beneficiando. Yo empezaría trayendo aquí esta canción de The 1975 que se llama Sincerity is Scary.

Creo que la canción toda habla de un conflicto sobre cómo enmascaramos nuestras inseguridades y dolor y cometemos errores a partir de ese enmascaramiento pero no encontramos ambientes amables para recuperarnos. El escritor, Matty Healy aboga por espacios más humanos para expresar esas inseguridades —la masculinidad es una gran inseguridad—.

 

Irony is okay, I suppose

Culture is to blame

You try and mask your pain in the most postmodern way

[…]

Why can’t we be friends, when we are lovers?

Because it always ends with us hating each other

Instead of calling me out, you should be pulling me in

I’ve just got one more thing to say

 

La construcción de espacios políticos donde se cuestione y resista a la masculinidad debe pasar por el reconocimiento mutuo entre personas. La penúltima línea me parece poderosa por eso, porque aboga por acercamiento antes que por evidenciar los errores de alguien. Por supuesto, en casos extremos como violencia sexual no se discute que hay que poner distancia. Pero creo que esta canción, por más que le encontremos errores, está poniendo la sinceridad como este primer paso para el reconocimiento mutuo y me parece que las masculinidades deben empezar por ahí porque vamos como doscientos años atrás que las mujeres feministas.

Por otro lado, creo que homogeneizar impide reconocer los propios errores de las mujeres porque las reduce a víctimas. Hace unos días un axolotl que sigo en twitter tuiteó esta cita de Žižek que a saber de dónde sacó:

Nunca te enamores de tu sufrimiento, nunca presumas que tu sufrimiento es la fuente de tu autenticidad.

 

Para alguien que hace activismo político desde su identidad trans esto fue muy duro de leer. Me hizo reflexionar: ¿qué tanto me estoy reduciendo a las opresiones que vivo? ¿Cómo estoy construyendo relatos empoderadores y liberadores si estoy encadenándome a mis opresiones? Me parece que hay que sanar las opresiones, nunca utilizarlas para ganar algo del mundo porque el poder que resulte de eso será subsidiado e impedirá el diálogo: ustedes no pueden hablarme de género porque yo soy trans y soy la autoridad. Creo que es un mal que padecemos los sectores progresistas. En fin.

Por último, quisiera retomar mi trabajo como activista para nombrar otro espacio en la cartografía: las instituciones. Mi trabajo ha consistido en básicamente, repensar las instituciones como el sistema de salud para que admita cuerpos que rompen el sistema sexo/género, hombre/mujer. Por supuesto el ruido sobre esta labor es la transfobia y el profundo rechazo y desconocimiento que existe. Seguimos viviendo en un Estado que busca exterminar de cualquier modo la diferencia y creo que ha sido de los espacios más duros para disputar la posibilidad misma de existir.

Que el Estado no reconozca mi identidad de género se traduce a que aún no tengo un DPI que refleje mi identidad. Esto dificulta cualquier interacción con el sistema financiero o la burocracia. De ahí, hay días que tengo ganas de explicarle a todo mundo que soy trans y hay días que me las arreglo para no utilizar mi identificación. Sobre esto remito a lo que decía Paul Preciado y es que la institucionalidad funciona también para posibilitar materializar nuestros cuerpos, validarlos, curarlos, educarlos.

Es importante para mí terminar este texto con el tema de la política porque los mapas, más que buscar mera información y descripciones estáticas, buscan sentidos. Busco el sentido de dónde estaba yo antes y después de hacer la transición, busco sentidos de la disidencia, de la masculinidad, sentidos para hacer de este un mundo más justo.

Yo quería escribir de todas las cosas donde no está la masculinidad ni el género, ni ningún espacio donde nos constriñen las sumatorias de privilegios y opresiones. Quería escribir sobre mi vida y esos intersticios de silencio donde resisto a la norma. Quería describir los estruendos de las vuvuzuelas, los delirios de medianoche, las siestas de domingo. Ahí donde la designación no me alcanza, donde mi vivencia ya no es performativa y complace a la norma, sino que es cotidiana y pura.

Hay tantas formas de ser hombre, casualmente soy uno con vagina, pero esas formas que se disuelven en el silencio de la vida y las infinitas formas de resistencia. Mi invitación sobre la masculinidad es que le demos forma política a esas resistencias y que las unifiquemos para finalmente permitirnos la ternura colectiva. Constantemente busco también acercar la experiencia trans a la experiencia humana porque sé que soy un ser en transición y sé que todas y todos lo somos: deviniendo constantemente entre lo que queremos ser, lo que somos y lo que deberíamos ser.

Espero que esta cartografía sea un punto de partida desde donde se pueda seguir buscando sentidos a la masculinidad ya que admite ampliaciones y correcciones. Solo espero dejar suficiente material como para que la conclusión sea siempre buscar la ternura.

Tristán López Aguilar

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