Diego Vásquez Monterroso señala cómo las conmemoraciones de supuestas fundaciones de pueblos son un discurso político actual que niega el pasado prehispánico de las comunidades indígenas
Desde 2024, el año 500 de la invasión europea (y sus aliados centromexicanos) de lo que hoy es Guatemala, comenzó el proceso de conmemoración de «fundación» de varios pueblos en todo el país. Bajo el argumento de que a partir de ese momento se «fundaron» esas poblaciones por parte de los españoles, se le celebra como punto de origen de las comunidades actuales.
El historiador británico Eric Hobsbawm denominó «invención de la tradición» a aquellos relatos políticos y culturales que, imbuidos de un supuesto trasfondo histórico, reafirmaron determinadas tradiciones y rituales modernos.
Este tipo de prácticas, impregnadas de anacronismos y estereotipos de todo tipo, pero sobre todo de una intencionalidad muy clara en el presente, pretendían validar y legitimar ideas específicas de sociedad.
Eso es precisamente lo que ha sucedido desde hace dos años en Guatemala. El fenómeno no es nuevo —ni en el país ni en ninguna parte—. Comenzando con los supuestos cinco siglos de «fundación» de Quetzaltenango en 2024; ahora en 2026 también se conmemoraron los supuestos 500 años de Mixco, en la vecindad occidental de la Ciudad de Guatemala.

En ambos casos, como en muchos otros que seguramente surgirán en los próximos meses y años, hay mucho de retórica política actual y poco de asidero histórico robusto.
Precisamente es por ello que entrecomillo el término «fundación». En primer lugar porque muchos de los pueblos actuales de Guatemala no fueron «fundados» en el siglo XVI, sino reducidos a pueblos, un término español de entonces que hacía referencia a la reorganización territorial de las poblaciones invadidas y conquistadas, para adaptarlas a vivir en policía (es decir según los modos culturales y legales hispánicos). Pero sobre todo, para poder controlar a la población local y organizar de mejor manera el diezmo y el tributo. Otro término similar era el de congregación, que hacía referencia al establecimiento de la doctrina cristiana, aunque no necesariamente equivalía a reorganización socioterritorial.
La invasión a lo que hoy es Guatemala fue relativamente sencilla, pero sostener lo capturado tomó décadas. Esto significó que la mayoría de pueblos se redujeron a partir de la década de 1530 pero sobre todo, durante la de 1540. Es decir, que en realidad ahora estarían cumpliendo alrededor de 480 años de reducción, pero —en muchos casos— muchísimos más de haber sido fundados.
Muchos de los asentamientos coloniales fueron fusiones parciales de los prehispánicos, es decir que incluían habitantes de dos o más entidades políticas, demostrando el desconocimiento y la falta de interés, sobre la política territorial Maya, Xinka y Pipil por parte de los españoles.
Esto significa que muchos de los pueblos actuales no tienen cinco siglos, ni tampoco menos: tienen más. En el caso de Quetzaltenango, el K’ulaja’-Xelajuj dual Mam y K’iche’ tiene al menos unos 800 o 1000 años. Esto si tomamos en cuenta la población urbanizada Mam en el área y la llegada y toma por parte de los K’iche’. Un evento que debió haber sucedido entre los siglos XII y XIV de nuestra era. Es probable que tenga muchos años más. Además la reducción, como bien indica Carlos Fredy Ochoa García, en su último libro sobre el Xelajuj colonial temprano, debió haber sido en su fecha más temprana, hacia 1532, no antes. Y aún esta fecha es problemática.
Otro poblado como Tecpán Guatemala, la reducción de una parte de los Kaqchikel de Chi Iximche’, la capital de uno de los dos Estados (winäq) Kaqchikel.
Chi Iximche’ fue fundada entre 1470 y 1480, lo que significa que en realidad el poblado actual tendría unos 550 años aproximadamente. En las afueras de Chi Iximche’ se fundó —este sí sin comillas— Santiago de Guatemala en 1524 (fundación que solo sucedió en papel en ese momento).
Esta es la ciudad española, diferente al pueblo Kaqchikel de Tecpán. La reducción de Tecpán fue realizada, como muchas otras, en la década de 1540. En ese momento la mitad de su población fue enviada a Asunción Sololá (el antiguo Tz’olojya’ o Tecpán Atitlán prehispánico) pueblo que fue reducido en 1547, según lo documenta su propia memoria colectiva: el Memorial de Sololá.
El caso de los 500 años de Mixco en este 2026, es incluso más difícil de sostener. En agosto de 1526 Pedro de Alvarado y sus aliados estaban inmersos en la lab’äl (“guerra” en Kaqchikel) contra el winäq de Chi Iximche’ y sus aliados, un proceso que tomó, en su primera etapa unos 6 años, pero que se prolongó hasta 1540 (es decir 16 años desde la llegada de los europeos en 1524).
Según el Memorial de Sololá, en esas fechas Alvarado estaba quemando en un día 4 Kamey, la ciudad de Chi Iximche’, que por entonces estaba deshabitada.
En medio de una guerra muy intensa no había tiempo para reducciones a pueblos, aunque sí para aprovecharse del trabajo semi-esclavo de las entidades políticas sometidas.

No reconocer la antigüedad real de los pueblos indígenas actuales es también un acto, consciente o inconsciente, de racismo. Anula la antigüedad histórica de las poblaciones actuales y con ello las desconecta del pasado prehispánico, en el mismo modo en que los liberales del siglo XIX construyeron un discurso nacionalista que separaba a los «grandiosos mayas prehispánicos» de los «indios degradados» del presente, tal y como ya señaló hace varios años Arturo Taracena.
Cuestionar las conmemoraciones actuales quizás es problemático para buena parte del discurso político actual que dice que Alvarado «fundó» pueblos –con el paternalista y racista trasfondo «civilizatorio» incluido– por toda la región. Pero el reconocer la antigüedad de siglos, más de cinco por supuesto, y la continuidad histórica de los pueblos indígenas actuales con los prehispánicos es también reconocer la profundidad temporal, cultural, sociopolítica y territorial de las sociedades que hoy habitan Guatemala.




