Nada aquí está a salvo La infancia, ese espacio primero de nuestra conciencia, es un territorio que hemos perdido, irremediablemente. Nos queda la imagen distorsionada de nuestros ojos abiertos en …
Nada aquí está a salvo
La infancia, ese espacio primero de nuestra conciencia, es un territorio que hemos perdido, irremediablemente. Nos queda la imagen distorsionada de nuestros ojos abiertos en la noche. Somos lo que hemos rescatado de los escombros abandonados a lo largo del camino.
A pesar de todo, nos decimos mentiras para intentar salvarnos, para multiplicar los puentes que nos sujetan a la vida, pero es inútil: el asombro que alguna vez sentimos frente a la luz desnuda es hoy la mirada ansiosa con que atravesamos los días, los castillos que construimos entre el aire se han disipado mientras aguardábamos la lluvia, en nuestros ojos se concentran, sin que lo sepamos, la sed y la duda.

Nada aquí está a salvo
Un día de tantos nos encontramos a un individuo al que llamamos Sánchez, pero no a él exactamente sino a sus espejos que combaten el mundo, y de los cuales extrae sin piedad los símbolos de nuestras pérdidas y de nuestro deseo.
Acá un rostro velado que nos recuerda una caída, allá el delicado delirio que acontece en las fotos abandonadas, de pronto se revela en la sombra la arquitectura de un grito.
Descubrimos con sorpresa que en los cuadros de Sánchez estamos todos y no está nadie. Sus imágenes provienen del deliberado ejercicio de cifrar el mundo. Así, hecho ya de símbolos, de composiciones aéreas, de acrobacias visuales, de contrapuntos audaces, quizás el espejo nos devuelva la insolente hermosura de nuestra propia inconsistencia.

Nada aquí está a salvo
A pesar de su potencia visual, de su descarnada ternura, de su intensa armonía, los cuadros de Sanchez son otra cosa. Porque, Sánchez lo sabe bien, el arte no es una cuestión de belleza sino de verdad.
Sus artefactos visuales no son para combinar con los colores del sillón de una sala, ni para expresar lo linda que es la tarde en una ciudad llena de muertos. No implican respuestas baratas sino preguntas incontestables.
Son las imágenes de un tiempo tan convulso como espléndido o siniestro. Su estética, que abreva tanto del punk, como del art brut, como de la generación beat, como de la oscurísima noche chapina, se construye con nuestros lenguajes más ocultos.
Quien conserve una obra de Sánchez preserva la memoria de nuestros sueños de cara al futuro.

Nada aquí está a salvo
Sabemos de Sánchez que nació en diciembre de 1975, en esta tierra en la que hoy le hacemos un mínimo, pero sentido homenaje y en la que desde entonces ha bregado para hacerse escuchar.
Su voz es un aullido que nos contiene, que nos expresa, que nos cuenta y que ha llegado tan lejos como a Macedonia o Madrid. De pronto se exhibe su obra en San Francisco y meses después en Lima o en Varsovia.
Lo vemos en la calle, es uno de nosotros que también se moja cuando llueve y paga las cuentas y tiene sueños.
Lo vemos alejarse en la noche, para llegar a su estudio donde tiende sobre una mesa los incendios que ha recolectado. Los observa, los despedaza y los introduce en una increíble máquina de formas.
El resultado es siempre un alfabeto alucinante. El lenguaje de Sánchez es el código oculto de un pantógrafo estelar.

Puedes visitar la exposición de Álvaro Sánchez, «Nadie aquí está a salvo», en Casa Ocote: 12 calle 6-16 zona 1, ciudad de Guatemala.




