Antonela Huinac recuerda las historias que su papá narraba sobre la vida en Tacajalve, una aldea de San Francisco El Alto, municipio del departamento de Totonicapán. “Él nos contaba que, …
Antonela Huinac recuerda las historias que su papá narraba sobre la vida en Tacajalve, una aldea de San Francisco El Alto, municipio del departamento de Totonicapán. “Él nos contaba que, entre 1985 y 1995, la comunidad no sufría mucho calor. No había plagas, todo era muy ‘natural’”, dice.
Pensar en calor parecía una utopía en Totonicapán pues se ubica en el altiplano, en el occidente de Guatemala, e históricamente los informes del Instituto Nacional de Sismología, Vulcanología, Meteorología e Hidrología (Insivumeh) lo identifican como la región con las temperaturas más bajas del país, donde su población, en su mayoría indígena k’iche’, vive de la agricultura, especialmente de granos como el maíz y el frijol.
Sus habitantes aseguran que cosechaban bastante durante el invierno, tanto que podían almacenar una porción para consumir en verano, cuando no había cosechas porque éstas dependían del ciclo de la lluvia.
Pero todo eso cambió. Desde hace unos diez años, estima la gente en Tacajalve, el clima ya no es el mismo. “Dicen que esta es tierra fría, pero ya no”, lamenta la joven lideresa comunitaria, Antonela Huinac. “A estas alturas de mayo [hace diez años] ya estaba lloviendo, pero vemos que el clima hoy en día es de mucho calor”, agrega. En tiempos de crisis climática no solo el calor se vuelve extremo, el frío también.
La aparición más frecuente e incierta de otros fenómenos como las heladas es una grave amenaza cuando la subsistencia está basada en la agricultura. Cuando la temperatura desciende tanto y de manera imprevista, puede acabar con cultivos enteros en las comunidades.
Es por eso que un grupo de 25 jóvenes, entre ellos 18 mujeres, se han convertido en promotores climáticos que comparten la información que se obtiene en las estaciones meteorológicas de la Asociación de Cooperación para el Desarrollo Rural de Occidente (CDRO). Los jóvenes interpretan los datos y generan boletines para las comunidades de Tacajalve, Chivarreto, Chuicruz, Chuipachec, Xejuyup, Juchanep y Paxtocá. Equipados con anemómetros y veletas, estos jóvenes interpretan información climática y la convierten en mensajes que ya han salvado cultivos de las heladas.

Monitorear un clima cambiante
A unos treinta kilómetros de Tacajalve se encuentra el Sendero Ecológico El Aprisco, un parque natural privado ubicado en las montañas de Totonicapán y manejado por CDRO —organización de base comunitaria que, desde hace 40 años, ha coordinado proyectos que buscan mejorar las condiciones de vida de más de 132 comunidades en el occidente de Guatemala—. Este refugio natural se utiliza como un espacio de sensibilización y educación ambiental para quienes lo visitan, especialmente niños y niñas.
El Aprisco es un bosque de 13 hectáreas conformado principalmente por pinos y cedros. La presencia de esta vegetación brinda una sensación de frescura, muy distinta a la de San Francisco El Alto y la cabecera municipal de Totonicapán. Durante el invierno, los trabajadores deben utilizar chaquetas que los protejan del frío, que ha alcanzado los -5 °C.
El parque está conformado por una serie de senderos. Al final de uno de ellos, y a un lado de la carretera, se encuentra una especie de jaula que protege un artefacto metálico con varios elementos que sobresalen, entre los cuales está un tubo de unos tres metros de alto y apenas unos 20 centímetros de diámetro. Se encuentra en un área libre y lejos de los árboles.
“Conozca de meteorología: las estaciones meteorológicas permiten predecir y analizar las condiciones meteorológicas y de los fenómenos atmosféricos como ciclones, huracanes, tormentas y sequía”, se lee en un cártel ubicado en la entrada.

Los objetos que sobresalen son un anemómetro, un objeto con tres medias esferas que giran y miden la velocidad del viento, y una veleta, una especie de flecha metálica que indica su dirección. No puede verse desde la superficie, pero debajo de la tierra hay un pluviómetro que registra la cantidad de lluvia que cae y permite determinar cuánta agua y humedad hay debajo de la tierra.
CDRO instaló esta estación meteorológica en 2018 como una herramienta para que los productores agrícolas puedan conocer los futuros eventos climáticos y prepararse para responder ante ellos. Es una de las cuatro que la organización tiene en el departamento de Totonicapán, a las que recientemente sumó otras cuatro en el área entre Cunén y Santa Cruz del Quiché, en el departamento de Quiché.
Alan Pérez, técnico de CDRO encargado del monitoreo climático, detalla que la estación del Sendero Ecológico El Aprisco “recolecta datos del ambiente para tener información más clara sobre los sucesos meteorológicos que pueden ocurrir en esa área”.
Luego, CDRO entrega estos datos a los promotores climáticos que han sido formados para interpretarlos. Con base en los hallazgos, ellos generan boletines con recomendaciones agrícolas y forestales.

El principal objetivo es que la información llegue a la mayor cantidad de personas. Algunos boletines se publican en redes sociales, como grupos de Facebook, se envían por mensajes de Whatsapp e incluso por mensajes de texto. Otros, con el permiso de los líderes comunitarios, se pegan en lugares clave de las comunidades como los centros de salud. Con apoyo de profesionales de radio, también se han realizado 33 spots en lenguas Ki’che’ y Kaqchikel. Todo esto ha permitido que la población tome decisiones informadas.
En una ocasión, los promotores climáticos lograron informar a una vecina de Santa María Chiquimula —otro municipio de Totonicapán— de la llegada de una helada la mañana siguiente. Que la información llegara a la mujer, productora de hortalizas, representó toda una hazaña, pero demostró que el esfuerzo por divulgar la información valía la pena.
La mujer no tenía un teléfono inteligente y era analfabeta, así que no tenía manera de leer la información en redes sociales o por WhatsApp. Los monitores tuvieron que recurrir al envío a través de SMS a la hija de la agricultora para que le leyera el mensaje y le diera las indicaciones: debía regar la plantación en la noche o en la madrugada y utilizar tapescos (tejidos planos hechos con caña) para cubrirla.
Y así lo hicieron. El brócoli y la coliflor sobrevivieron mientras las mismas hortalizas de su vecina —que no se enteró de la helada— se perdieron. “Esta es una experiencia que nos ha motivado a seguir trabajando porque sí es de utilidad. Es una cosa tan sencilla, pero que le cambia la vida a una familia”, asegura Antonia Xuyup, directora del Sistema Ambiental Comunitario de CDRO.
Entre certezas e incertidumbres
Aunque el monitoreo climático no puede predecir con certeza la llegada de una helada con muchos días de anticipación, sí permitió que los jóvenes identificaran la prevalencia de condiciones que podían favorecerlas. Monitorearon las temperaturas mínimas diarias, la entrada de masas de aire frío (generalmente del norte), la humedad, la nubosidad y el viento.
“Las noches despejadas y con poco o ningún viento favorecen una mayor pérdida de calor del suelo, por lo que, si además se esperan temperaturas cercanas o por debajo de 0 °C, aumenta el riesgo de helada durante la madrugada o al amanecer del día siguiente”, explica Xuyup.
Durante el último invierno —entre noviembre de 2025 y enero de 2026—, la aldea de Tacajalve enfrentó no solo una sino varias heladas fuertes. En las noches, la temperatura disminuyó y osciló entre los 4 y 6 °C.
Las mujeres del grupo de jóvenes promotores establecieron una rutina para responder a este fenómeno. Cada noche colocaban cobijas y chamarras para proteger las semillas de aliso que apenas germinaban. La hora en la que lo hacían dependía de su propia percepción de la temperatura del ambiente. En los días muy fríos lo hacían desde las seis de la tarde y, en los días que eran un poco más frescos, las cubrían después de la medianoche.
Las jóvenes volvían al invernadero a las 5 o 6 de la mañana del siguiente día y debían retirar las chamarras para que los rayos de sol alcanzaran a las semillas. De esta manera, garantizaron que las plantas experimentaran un desarrollo normal.

“Las comunidades pueden tirar rastrojo para cubrir las raíces de las plantas para que no mueran ni se pierda el cultivo”, resume Pérez.
Por su parte, Antonela Huinac reconoce que las heladas de hace unos meses fueron un gran reto para ellos, “pero las plantas se cuidaron de la mejor manera porque nos adaptamos”, celebra.
Aún con todos los logros que han tenido, los jóvenes promotores y los profesionales de CDRO tienen algo claro: el monitoreo climático no reemplaza los saberes ni el conocimiento ancestral de la población k’iche’. Más bien, se complementan. Es por eso que los boletines también incluyen datos relacionados a la fase lunar en la que se encuentran. Según una tesis de la Universidad del Valle de Guatemala (UVG), se observó que al cosechar durante la luna llena los granos presentan menos humedad y por lo tanto menor número de insectos y menor daño durante el almacenamiento.
“Esto es fundamental porque los abuelos y abuelas saben que no en cualquier momento se puede sembrar un árbol”, explica Xuyup.
Reforestación: una herramienta para enfrentar el cambio del clima
La historia del grupo de promotores climáticos empezó en 2024 con el verde de los árboles. Al notar que la temperatura y la sensación térmica aumentaban en Tacajalve, Antonela Huinac, junto a la pastoral juvenil de la iglesia católica a la que asiste, decidió unirse a una jornada de reforestación en San Antonio Sija, otra aldea de San Francisco El Alto.
El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés), en su informe global de 2022, ya indicaba que la protección y restauración de bosques puede moderar el calor local mediante sombra y evapotranspiración. En ciudades, la evidencia sintetizada por el IPCC señala que aumentar la vegetación reduce el calor y los extremos térmicos, mientras que en áreas rurales también hay beneficios microclimáticos, pero se intersectan con otras variables como el tipo de paisaje y el agua disponible.
Aunque la ciencia ya había hablado de esto, en Tacajalve se dieron cuenta que los árboles jugaban un papel central en la ecuación climática acudiendo al dato empírico. En la zona donde la carretera atraviesa la comunidad, el sol pega con fuerza y “se siente la diferencia porque allí no hay árboles que refresquen”, dice Huinac. Ella y sus jóvenes compañeros empezaron a preguntarse: “¿Cómo podemos ayudar a nuestra madre tierra, a nuestra naturaleza?”.

Decidieron pasar de las palabras a la acción, buscaron posibles donantes de árboles y fue así como dieron con CDRO.
En mayo de 2024, la organización les dio 150 cipreses (Cupressus) y 150 árboles de pino blanco (Pinus chiapensis), especies nativas en Guatemala. Realizaron la jornada de siembra el día 24 de ese mes. CDRO también les impartió talleres sobre reforestación y el cuidado de ciertas especies de plantas.
Al finalizar el proceso y luego de ver el interés de los jóvenes, CDRO les ofreció instalar un vivero en su aldea. Ellos aceptaron y consiguieron un terreno —que la familia de Antonela Huinac prestó— donde construyeron esa “sala cuna de árboles”. En especial las mujeres del grupo se encargaron, con palas y picos, de nivelar el suelo que se ubicaba en una pendiente y, actualmente, son quienes garantizan el cuidado de las semillas y plántulas que posteriormente se convierten en árboles para reforestar.
En 2026, ellas y grupos organizados de la comunidad, como los comités de agua potable, ya han sembrado 500 plántulas de aliso (Alnus acuminata) que fueron cuidadas en el vivero. Además, junto con las autoridades comunitarias, han planificado plantar 2000 más a partir de septiembre, cuando esperan que llegue la lluvia.
Huinac ha asumido el liderazgo de la iniciativa de reforestación y motiva a sus compañeras a seguir en el proceso, al tiempo que trabaja desde su casa en el oficio de corte y confección de ropa.

La información climática no debería ser un lujo
Raquel Sigüenza, representante de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) en Guatemala, considera que el monitoreo climático reduce la vulnerabilidad de las comunidades al sustituir la incertidumbre por información climática local y oportuna. Esto permite, según la experta, que las inversiones sean sostenibles a los efectos extremos del cambio climático. Es por eso que la organización internacional, a través de su proyecto Altiplano Resiliente, apoya la labor de CDRO con sus estaciones de monitoreo meteorológico.
“El enfoque de la UICN no se centra sólo en establecer sistemas de monitoreo que arrojen datos técnicos, también se enfoca en asegurar que esa información llegue a actores locales para quienes históricamente la información climática no es accesible, ayudando de esta manera a reducir la brecha de acceso a la información climática. Es una forma de justicia climática”, explica Sigüenza. “La información climática ya no es un lujo al alcance de pocos”.
La UICN no solo apoya en Guatemala a la iniciativa de monitoreo climático de CDRO y los jóvenes promotores. También acompaña otros proyectos relacionados con la adaptación de prácticas agroforestales con las que han llegado a 132 000 personas pertenecientes a los pueblos indígenas k’iche’, Kaqchikel y Mam. Especialmente a mujeres, jóvenes y hogares monoparentales femeninos.
En medio de los esfuerzos, Sigüenza reconoce que el monitoreo climático ha enfrentado dificultades en la región. Las principales están relacionadas con capacidades técnicas y operativas limitadas en los municipios y organizaciones comunitarias, barreras culturales reflejadas en resistencia a nuevas prácticas de restauración y brechas de género.
Las dificultades mencionadas por Sigüenza se viven también a escala mundial. Actualmente, la gran mayoría de las redes comunitarias operan gracias a asignaciones temporales de fondos de la cooperación internacional o proyectos de ONG que, al expirar, dejan a las comunidades sin presupuesto para reponer equipos dañados, comprar sensores o mantener activas las plataformas de comunicación.
Además, en cuanto a brecha de género, según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés), si las mujeres agricultoras tuvieran el mismo acceso que los hombres a recursos productivos, sus rendimientos podrían aumentar entre 20 % y 30 %.
Aún así, tanto UICN como CDRO y los jóvenes promotores consideran que el monitoreo climático es una iniciativa que debe continuar porque sí ha tenido un impacto positivo en reducir la pérdida de cosechas. “Vale la pena porque con este tipo de pérdidas las familias quedan muy dañadas, no solo en la parte productiva, sino emocional y psicológica”, finaliza Xuyup.
*Este reportaje es una alianza periodística entre Mongabay Latamy Agencia Ocote, de Guatemala.




