La muestra podrá visitarse del 10 de octubre de 2026 al 14 de febrero de 2027 y estará acompañada por una serie de podcasts realizados en colaboración con Agencia Ocote, …
Volver no significa recorrer hacia atrás el camino de la partida. Para cuando imaginamos el regreso, algo ha cambiado a ambos lados de la distancia. Lo ha hecho el lugar, pero mucho más quien lo recuerda. Algunos regresos comienzan antes de emprender un camino: en las cosas que conservamos; en las imágenes a las que volvemos; en las historias que seguimos contando; en las canciones que seguimos cantando; e incluso en todo lo que hacemos con nuestras propias manos. Antes de ser un destino, volver puede ser una posibilidad que se practica.
Entendí algo de esto cuando Marilyn Boror regresó de un viaje a Richmond (Virginia, Estados Unidos). Había pasado los días anteriores haciendo visitas de estudio con algunos artistas, conversando con ellos y adentrándose en sus obras y los vínculos que mantenían con Centroamérica. Lo vi clarísimo en su mirada. Había una emoción imposible de separar de la urgencia, como si mientras me contaba lo que había visto y las historias que había escuchado, estuviera ya imaginando cómo acortar distancias.
O quizá fue al revés, y fueron las obras, las historias y las preguntas las que encontraron en ella una primera posibilidad de volver. Haya sido como haya sido, me queda claro que mientras Marilyn regresaba de aquel viaje, otros regresos comenzaban a ensayarse. De esa inquietud nació la exposición Un lugar para existir.
Hay regresos que el cuerpo no puede hacer. Para Häsler Gómez, volver a Guatemala, el lugar donde nació, no depende solo de su deseo, sino de sistemas que se escapan de sus manos. Pero lo que no se le escapa de las manos es la materia y lo que es capaz de construir con ella.
Häsler conoce los materiales con el cuerpo; creció entre lugares de construcción, rodeado por el oficio de su padre y de otros hombres de su familia, un oficio que años después también se volvería parte de su propia historia. A esos materiales regresa una y otra vez para hacer sus esculturas. En ellos, volver adquiere otra posibilidad.

Para Lorena Molina, el regreso también se cultiva. La artista salvadoreña piensa en quienes han dejado su país y en la posibilidad de volver desde un gesto tan antiguo como sembrar. En For the Return, la milpa seca habla también del tiempo que pasa entre la semilla y la cosecha. «Cuando el sueño es la semilla y la cosecha es el regreso», escribe Lorena en su obra. Quizá volver comienza ahí, al sembrar sin saber con exactitud cuándo llegará el momento de cosechar.

Solemos pensar la tierra como un punto fijo, el lugar del que se parte o aquel al que se vuelve. En Huellas que germinan, Jackie Amézquita altera esa relación. Sobre una superficie hecha con tierra guatemalteca, masa de maíz, sal y agua, aparecen las imágenes de una caminata desde la frontera de Tijuana (México) hasta Los Ángeles (Estados Unidos).
Los cuerpos avanzan, atraviesan una geografía marcada por el control y las fronteras, mientras esa tierra recibe cada uno de sus pasos. El lugar de origen deja entonces de estar solamente atrás, en la distancia. Puede moverse con los cuerpos, acompañarlos, contenerlos.

Y, hablando de distancias, algunas son tan largas que no alcanzamos a reconocer de qué forma marcaron nuestras vidas hasta que las vemos entrar en casa. En me tengo que ir, Eddy Leonel Aldana, acerca acontecimientos que han marcado la historia de Guatemala a la historia de su propia familia. La United Fruit Company y la guerra civil aparecen junto a la migración de sus padres, la deportación de su madre y los esfuerzos por mantener los vínculos a través de miles de kilómetros.
Las consecuencias de esa historia se extienden por generaciones. En el video, sin embargo, la comida funciona como un atajo directo a casa: un sabor o un olor pueden traer de vuelta algo de lo que creímos perdido en el camino. ¡Y vaya forma de regresar que es esa!

La historia importa, pero sobre todo importa cómo ha sido contada y por quién. Para Eddy A. López, Nicaragua está hecha también de las páginas de Ernesto Cardenal y Sergio Ramírez, de los murales que alguna vez ocuparon sus paredes y de las imágenes que todo ello fue dejando en él. En esos relatos, Eddy ha encontrado una manera de acercarse nuevamente a Nicaragua y de conocerla más allá de sus propios recuerdos.
En las obras de La Niebla, una serie cuyo nombre evoca tanto la dificultad de enfocar el pasado como la niebla que desciende sobre las montañas de Matagalpa, Eddy superpone todas las páginas de esos libros en una misma imagen. Ninguna ha sido descartada y, sin embargo, ya no pueden leerse por separado. Las historias que lo acompañaron durante años adquieren así una nueva forma en sus manos. Volver a ellas es también una manera de volver al país.

Para algunas personas, regresar está íntimamente ligado a aquello que se llevaron consigo. Es inevitable que la nostalgia nos conduzca, de una forma u otra, hacia el lugar de nuestro deseo. Por eso considero preciso nombrar que las cosas también tienen biografías; cruzan fronteras, cambian de lugar, de manos, de significado; y con ellas, cambia nuestra manera de mirar el mundo y de sentirlo, sobre todo estando lejos. Para Häsler, incluso, las cosas pueden tener derechos que a las personas les son negados.
En el estudio de Martín Wannam hay pequeñas botellas de Quezalteca (un aguardiente popular). En Guatemala son objetos tan familiares que apenas nos detenemos a mirarlos, pero lejos de allí adquieren una presencia distinta. Martín las conserva entre sus cosas y vuelve a sus formas en Hecho en Guatemala, donde reaparecen convertidas en velas de distintos tonos de color café. La botella ya no es solamente un recuerdo del lugar del que viene. Al cambiar de materia, también cambia lo que tiene para contarnos. Y en esa nueva vida aparecen otras historias de Guatemala, algunas menos cómodas que preferimos no mirar de frente.

¿Cuántos yos cruzamos antes de cruzar una frontera? Confiamos en las huellas dactilares como si fueran una firma que llevamos inscrita en el cuerpo y que nunca cambia. Pero en Huellas III (fragmento), Paulina Velázquez Solís nos muestra que incluso esa marca puede transformarse. Durante dos años, la artista registra las variaciones de su propia huella, haciendo visible algo que los sistemas de identificación difícilmente admiten: que un cuerpo no es una imagen fija de sí mismo.

En Un lugar para existir, la curaduría también puede entenderse como una forma de imaginar rutas para el regreso. Una manera de hacer posible que las obras entren nuevamente en relación con sus lugares de origen, que encuentren otras miradas y despierten nuevas conversaciones.
Como todo ensayo, este ejercicio supone intentos, aproximaciones e incluso errores. No supone que todas las personas quieran o necesiten volver, ni que el regreso llegue a suceder. Pero abre una posibilidad: la de encontrarse de nuevo con aquello que la distancia ha transformado, sin exigir que ese encuentro sea una repetición del pasado.
Encontrar un lugar donde podamos estar, ser y construir una vida también nos permite imaginar otras posibilidades para nuestro futuro. Esa es también una de las invitaciones de Un lugar para existir, exposición curada por Marilyn Boror Bor, Lily Cox-Richard y Jimena Pons Ganddini, con la colaboración de Ana Lucía Montufar e Ilaria Conti desde La Nueva Fábrica.
La muestra podrá visitarse del 10 de octubre de 2026 al 14 de febrero de 2027 y estará acompañada por una serie de podcasts realizados en colaboración con Agencia Ocote, que nos acercan a las voces de lxs artistas y a las experiencias que atraviesan sus trabajos.




