En Guatemala, todos los días se pierde un artista

Ricardo Andrade falleció en 2002, víctima de un ataque con arma de fuego. Era un artista guatemalteco, cantante y compositor. En su columna, Edgar Zamora reflexiona sobre la ausencia de su amigo y el impacto de la violencia a nivel nacional.

Era lunes, 14 de octubre de 2002. Sonó mi teléfono celular. Contesté y, al otro lado, la voz conocida de un amigo me habló en un tono apagado y seco: …

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Era lunes, 14 de octubre de 2002. Sonó mi teléfono celular. Contesté y, al otro lado, la voz conocida de un amigo me habló en un tono apagado y seco: «Tengo que decirte algo, pero sentáte por favor». 

—Decime —le dije, y él volvió a insistir:

—¿Estás sentado?

—Sí, decime ya —mentí.

Lo que me dijo cambió mi vida, mi percepción de la muerte, me rompió el corazón y le rompió el corazón a miles de personas en Guatemala. De una forma muy extraña cambió para siempre el terreno de la música alternativa en el país. 

—Les dispararon a Ricardo y a Gabriel en Sanarate. A Gabriel lo mataron. No se sabe muy bien qué pasa con Ricardo, pero lo están trayendo a la capital. 

Las rodillas se me doblaron y caí al piso. Imposible de creer. Imposible de procesar. No tengo un recuerdo claro de lo que me dijo después o de cómo terminó esa llamada. Tampoco tengo claro qué pasó en las siguientes horas, solo que Ricardo llegó vivo al hospital. 

En la radio y en la televisión nacional, los reportes eran inexactos, confusos y, algunos, hasta malintencionados, llenos de especulaciones sobre por qué les habían disparado a aquellos músicos… a mis amigos.

Al día siguiente fui al Hospital General San Juan de Dios a dejarle mi teléfono celular a quien entonces era la pareja de Ricardo, porque en ese momento necesitaba uno. 

Durante esa semana, uno podía recorrer el dial de la radio y escuchar la música de mi amigo en todas las estaciones, sin importar el formato, estilo o temática. Su sueño hecho realidad —pensé—, le va a dar mucho ánimo para recuperarse.

En los días siguientes, estuve en comunicación constante con su pareja. Cerca del fin de semana me dijo que Ricardo había despertado y tratado de sentarse, pero lo sedaron de nuevo.

—Es muy fuerte —me dijo.

Sentí alivio; pensé que de ahí en adelante solo podía mejorar.

El domingo 20 de octubre llegó la noticia. Mi amigo no volvería más. Tengo recuerdos confusos sobre lo que vino después. 

Por varios meses no pude escuchar la música de Ricardo y me resentí mucho con Guatemala. Me parecía enormemente contradictorio que un artista que fomentaba la identidad nacional, la paz y la hermandad, hubiera sido devorado por la cultura de violencia del país, una que, por cierto, es respaldada y hasta promovida por políticos y otras personas o entidades con poder. 

Claro, no fue el primero y no fue el último. Aquí todos los días alguien pierde un familiar, un vecino, un amigo o un artista por la violencia.

De Ricardo recuerdo desde los conciertos con banda completa, como en La Galera, zona 10, (ahora Avia) a lleno total; hasta los que daba él solito con su guitarra en algún barcito pequeño en algún departamento. 

Las trasnochadas en su casa mientras nos enseñaba sus nuevas canciones. Los viajes a algún departamento solo porque sí.  Las idas a Tapachula (México) solo por los tacos. Los partidos en Futeca Roosevelth. Las salidas a repartir volantes, o de noche, a pegar afiches de los próximos conciertos en los postes. Las eternas caminatas por la avenida Santander en Panajachel, donde todo el mundo lo saludaba con cariño. Las risas. Los apodos. El día que nos sacaron del cine porque se puso a cantar. La amistad. Y la música. Siempre la música.

Varias semanas después, me junté con su pareja y me devolvió el teléfono que le había prestado.

—Tenés un mensaje de voz de Ricardo sacándote toda la madre porque ya no le hablaste para ir con él —me dijo.

Nunca lo pude escuchar.

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Edgar Zamora Orpinel

Soy un buscador nato de tesoros musicales, un impaciente coleccionista de discos y un oído siempre dispuesto a escuchar música chilera. A veces hago el podcast Superorganismo y casi siempre soy comunicador social.

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