En el centro de Totonicapán hay un mural que recuerda a las seis víctimas de la Masacre de Alaska, cuando el Ejército disparó contra un grupo de personas indígenas durante …
En el centro de Totonicapán hay un mural que recuerda a las seis víctimas de la Masacre de Alaska, cuando el Ejército disparó contra un grupo de personas indígenas durante una protesta en 2012. Fue durante el Gobierno de Otto Pérez Molina y ya pasaron 14 años.

Inevitablemente me acordé de este suceso cuando la semana pasada se registró un hecho violento en Huite, Zacapa, en el que murieron ocho personas, entre ellas tres mujeres y un menor de edad.
Aún hay mucho por saber de este segundo evento y, ante los cuestionamientos de la prensa, Bernardo Arévalo ya anunció que ordenó una investigación. Pero lo que sí confirmó es que el Ejército participó.
Nueve días antes, el 21 de septiembre, Guatemala recibió el primer lote del armamento que le compró a Estados Unidos por Q38.5 millones. Justificaron la compra en un asunto de seguridad: el combate al narcotráfico y el crimen organizado.
¿Por qué te menciono esto último? Porque la narrativa de que un Ejército más armado implica mayor seguridad para la población no está basada en datos. Y de hecho, como vemos en casos como el de Alaska o de Huité, o en los decomisos de armas del Ejército al crimen organizado; si estas compras no van acompañadas de otros elementos clave, pueden implicar un riesgo grave.
Martin Luther King, activista estadounidense, dijo: «Una nación que continúa año tras año gastando más dinero en defensa militar que en programas sociales, se está acercando a la perdición espiritual».
Si igual que a mí, esta frase también te hace cuestionar si el militarismo es el único camino, te invito a leer este texto que publicamos hace unos días en Agencia Ocote; sobre la falsa sensación de seguridad y la narrativa del miedo.




