«Los rezagados de los clubes nocturnos de la ciudad de Guatemala se sorprendieron cuando vieron a civiles armados pasar rugiendo en jeeps y sidecars de motocicletas [en la madrugada del 20 de …
Hoy, pocas serán las personas vivas que hayan presenciado aquel viernes 20 de octubre de 1944 en Guatemala. Menos aún, aquellas que formaron parte de lo que en ese momento ya se conocia como «revolución». Y ese nombre, a pesar de la regresión autoritaria a partir de 1954, quedó para siempre. Porque, en muchos sentidos, sí fue una revolución.
Todos hemos escuchado una y mil veces el relato sobre aquella gesta «cívico-militar», como se le ha llamado: pueblo y ejército unidos para expulsar al último intento de dictador liberal. Y las fotografías –muchas de ellas posadas posteriormente–, muestran a jóvenes estudiantes (algunos casi niños), obreros, maestros y militares con fusiles o subidos en tanques y camiones militares, sonriendo.

Dr. Jorge Antonio Ortega Gaytán
Esa memoria visual parece haber impuesto la idea de una revolución casi pacífica; como si en un descampado, el pueblo tomó el poder estatal aquel 20 de octubre. Esta recreación memorística, sin embargo, está lejos del contexto violento y también épico que existió entonces, pero que quedó olvidado por los logros, decepciones y violencias posteriores.
Guatemala era una sociedad militarizada (educada así desde la escuela), mayoritariamente rural y analfabeta. Con décadas de yugo violento liderado por élites finqueras y militares. En algunos casos, como sucedía en la figura de Jorge Ubico, lo finquero y lo militar se fusionaban. Como mencionó Sergio Tischler en su tesis doctoral, Ubico fue el epítome del liberalismo: hombre, ladino, miembro de la élite, finquero y militar de alta graduación. También era represor, desconfiado y adulador de imperios extranjeros, como señala Piero Gleijeses en «La aldea de Ubico». Ese mundo, donde la movilidad social era básicamente nula, contaba con dos tercios de la población como de origen indígena, y con un octavo de la población actual.
Pocos y dispersos son los testimonios acerca de los hechos armados específicos de aquel viernes de octubre; más allá de las referencias al incendio del fuerte de San José (hoy Museo del Ejército y Centro Cultural «Miguel Ángel Asturias»), el bombardeo desde la Guardia de Honor hacia el fuerte de Matamoros, o los tanques colocadas frente al Palacio Nacional. De nuevo, todo aquello recuerda a tantos golpes o intentos de golpes posteriores, donde se colocaban metralletas y tanques en las calles, pero no se utilizaron.
El 20 de octubre de 1944 sí se utilizaron, y de forma masiva.
La revista Time, en su número del 29 de octubre de 1944, menciona que hubo unos 1,800 muertos, y un número indeterminado de heridos. Solo en los primeros combates murieron cerca de 100 personas. Gleijeses señala, citando varias fuentes, que entre 2,000 y 3,000 civiles fueron armados por el ejército para combatir a la dictadura. Las acciones militares duraron cerca de 16 horas, y a finales de la tarde la situación ya estaba controlada por los revolucionarios.
Héctor Gaitán, en el Tomo II de La calle donde tú vives cita un relato, recopilado en 1972, donde un combatiente de la revolución (José Buenaventura Sánchez, tipógrafo), menciona que se convenció de salir a pelear al ver a cuatro mujeres, bajando por La Barranquilla (actual 10a. Avenida, entrada al estadio Doroteo Guamuch Flores) «con su fusil en mano y cananas cruzadas en la espalda», acompañadas de obreros y estudiantes.

Explosión en fuerte de San José durante los combates.
(vista desde la 6a Av y 13 calle zona 1). Foto tomada de Fotos y relatos Guatelinda
Un relato similar, pero en el Tomo V, menciona a una mujer combatiente pero en la Semana Trágica de 1920 (cuando se derrocó al dictador Manuel Estrada Cabrera).
Gaitán es una buena fuente, sobre todo el Tomo V, para comprender la realidad capitalina de la década de 1940. Y en sus memorias dedica varias referencias a la Revolución. En un relato comenta cómo, de unos 5 años de edad, presenció desde su casa el incendio del fuerte de San José, y al acercarse con su padre (que junto al tío de Gaitán habían peleado en la Semana Trágica de 1920), vieron soldados y policías muertos en la calle, civiles gritando «¡Únanse!» con fusiles en las manos, y ruidos de balas y explosiones en todos lados.
Pero, como detalle importante, menciona que mucha gente comentaba que en el humo y llamas del fuerte se podían ver los rostros de los fusilados por la dictadura «sonrientes por la caída del tirano». Toda revolución es también un saldar deudas con los muertos que pelearon por un mundo mejor.
El número de Time que ya mencioné, también habla de militares y policías muertos en diversos puntos, incluyendo la entrada del Palacio. Sánchez, el informante de Gaitán, señala cómo perdió a un gran amigo aquel día, y que vio su cadáver en un patio del Hospital San Juan de Dios, donde los apilaban para irlos a enterrar a fosas comunes. El hecho de que fueran enterrados de esa manera habla de la magnitud de la matanza y de los combates durante ese día.
Ningún monumento conmemora el lugar de sepultura de aquellos que murieron ese 20 de octubre de 1944, menos aún sus nombres.
La capital tenía unos 300 mil habitantes, según el censo de 1950. Si murieron unas 1500 personas (un número un poco menor al dado por Time), esto significa que, en nuestro presente, ello equivaldría a unos 4,500-5,000 muertos en un solo día en la capital (considerando una población actual de poco más de 900 mil personas en el municipio, según el censo de 2018). Una cifra impresionante, quizás equivalente –en cantidad, pero no en origen– al terremoto del 4 de febrero de 1976.
Gaitán también menciona, en el testimonio de Sánchez pero también en su relato sobre Changayano (un personaje popular de su barrio), la participación el 20 de octubre de muchas personas que también combatieron en la Semana Trágica de 1920. Silverio Ortíz, gran líder obrero guatemalteco, también combatió (y dirigió) en ambos momentos. Se trata de personas que estuvieron en dos revoluciones en un período de un cuarto de siglo, y donde quizás algunos de ellos incluso vivieron el inicio de la guerra civil a partir de 1960.
La violencia era el camino para resolver grandes conflictos. En 1944 se libraba la II Guerra Mundial además, un detalle que no hay que olvidar al hablar de la Revolución. Otro elemento clave es la gran división cultural que dividía (y divide al país), y que estuvo detrás de las muertes ese 20 de octubre (la mayoría de soldados muertos eran indígenas, mientras los policías eran ladinos), pero también de la matanza de Kaqchikel de Patzicía dos días después, llevada a cabo por ladinos de Chimaltenango en represalia por el asesinato de otros ladinos en ese pueblo el día 21.
Sobre eso, y sobre cómo el discurso étnico de la Revolución del 20 de Octubre fue una forma quizás más humanista pero no menos racista que la previa, ya escribí un texto hace algunos años en Plaza Pública.
Esa dinámica, como sabemos, continuó más allá del final del período revolucionario.
La generación que peleó en 1944 fue una que creció y vivió acostumbrada a tomar las armas para hacer avanzar los cambios políticos generales, en una época donde las protestas pacíficas solo existían como punto de partida, porque eran prontamente reprimidas por las fuerzas estatales.
Hoy es normal pensar que protestar pacíficamente es la forma «correcta» (mientras la violenta es la «incorrecta»), pero se olvida que en 1944, y antes, se peleó de forma violenta para garantizar un futuro donde manifestar no incluyera muertos, heridos, ni represión.
Esa forma de vivir y pensar los cambios puede parecernos extraña. Y lo es, en realidad, precisamente porque no nacimos hace un siglo, y vivimos en un mundo que, para bien y para mal, es producto de aquellas acciones y decisiones. Sin embargo la memoria de quienes murieron, tanto en 1920 como en 1944, ha quedado olvidada y sus nombres, así como sus lugares de sepultura, deben ser recuperados.
También deben ser recuperados los lugares donde se desarrollaron aquellas luchas. Lugares por los que caminamos a diario, pero que ignoramos lo que se definió allí.
Las conmemoraciones de los sitios de memoria, como las que se hacen por varios grupos y organizaciones, entre ellos Aquí pasó algo de Agencia Ocote, son importantes porque rescatan la visita a lugares asociados a memoria histórica sobre el Conflicto Armado Interno. Sería interesante ampliar esos recorridos por esos sitios de las grandes revoluciones, incluyendo las del siglo XIX.
Es decir, no solo recuperar la memoria del horror de la violencia represiva, sino también de la violencia épica revolucionaria que transformó para siempre el país. Aunque no sepamos sus nombres, les debemos el presente.




