Cuando hablamos de «lo ladino» como una identidad dada, hablamos también de los privilegios que vienen acompañados de esta y por lo tanto, de conciencias y ausencias asumidas.
Ante la pregunta: ¿qué significa ser una persona ladina en Guatemala?, las respuestas vienen muchas veces cargadas de silencios, de negaciones, de reivindicaciones mestizas y otras reflexiones que buscan explorar una identidad porosa que, aunque establecida desde el Estado, es poco reconocida por las personas que cargan con la misma.
Las respuestas también abarcan «lo ladino» como una identidad dada, pocas veces sentida o apropiada. «Lo ladino» como una ausencia, una contradicción o una reivindicación; una categoría identitaria, una política o un poco de ambas.
El «ladino» como categoría identitaria se origina en la época colonial y en la diferenciación de grupos étnicos como estrategia para el control del poder español. Una imposición colonial que permitió mediar diferencias con otras poblaciones y con el Estado.
La idea de «lo ladino» como referente nacional y como la categoría identitaria hegemónica que sostiene el poder en el país y decide sobre nuestra vida colectiva —tal cual la conocemos hoy– se estableció en el s. XVII con el Estado liberal, la expropiación de tierras y la función mediadora que el ladino tuvo en las fincas de café.
Cuando hablamos de «lo ladino» como una identidad dada, hablamos también de los privilegios que vienen acompañados de esta y por lo tanto, de conciencias y ausencias asumidas.
La semana pasada estuvimos conversando sobre esto y muchos otros temas en Genealogías de lo Ladino, un espacio académico impulsado por la Cátedra Joaquín Noval, de la Escuela de Historia de la Universidad de San Carlos de Guatemala y co-organizado por otras escuelas y organizaciones que buscamos contribuir, aportar a la conversación y a las reflexiones políticas sobre lo identitario.
Merece ser estudiado y discutido «lo ladino» como categoría que asume desde el Estado-nación su identidad, una que impone y no cuestiona, que no necesita ser nombrada, porque siempre ha estado del lado del opresor y del privilegio, y cómo esto configura la manera de relacionarse y organizarse en el territorio.
Especialmente, si buscamos la utopía de luchas colectivas y transformadoras para este país; reconocer las violencias heredadas y las contradicciones que habitan las subjetividades puede ser una primera fisura y grieta de exploración identitaria.
Reconocer, como diría Sergio Palencia, la posibilidad anarquista de rebelarse contra las categorías estatales. Y ojalá, discutir, reconfigurar o construir las propias.




